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Columnistas

Primero el postre antes del almuerzo

Juan José Sayago en sus primeros Juegos Olímpicos en China, año 2008.
En Beijing 2008 / Juan José Sayago

Leyes de la física aseguran que el orden de los factores no altera el producto. Yo creo que sí, tratándose de coberturas olímpicas.

La primera vez que me bajé de un avión después de 10 horas seguidas de vuelo, no sabía que la vida me iba a cambiar. Estaba al frente del gigante asiático para cubrir mis primeros Juegos Olímpicos en el verano en 2008. La majestuosidad de lo presentado por China era algo que te arropaba; la calina por la contaminación del aire quedaba de un lado frente lo que estábamos viviendo. Era fantástica la promoción en cada esquina y el ambiente de Juegos que la capital del país con más habitantes en la tierra había preparado después de haberse quedado a las puertas de organizar los Juegos de 2004.

Y aquí cabe una anécdota: en China la representación de los números es muy importante. El número ocho representa la suerte y la bonanza. Pero el número cuatro es todo lo contrario. Si usted va a comprar una línea de celular en China, el costo será más económico si esta trae números cuatro consigo. En cambio, si tienen muchos ocho le saldrá más costoso. Esto aplica también para vehículos (por su número de placa) apartamentos y pare usted de contar cuantas cosas traigan números. ¿Será por eso que la inauguración de Beijing 2008 se realizó el 8 de agosto (mes ocho) del 2008 a las ocho de la noche? Tiene lógica, ¿verdad?

En la Muralla China / Juan José Sayago

Desde la salida del aeropuerto en China hasta la llegada al hotel todo era increíble, ni hablar de los escenarios de competencia. El nido de pájaro era un espectáculo, el cubo de agua algo inigualable y todo el boulevard olímpico estaba diseñado con una visión futurística que pocos habrían imaginado. Todo esto frente al Pangú Plaza Seven Stars, uno de los pocos hoteles siete estrellas que funcionaban aquella época. Un sueño hecho realidad.

Para quien cubre eventos del Ciclo Olímpico llegar a los Juegos es sencillamente algo extraordinario. Es como volver a graduarse en la universidad, hablar con esa primera novia o el nacimiento de un hijo. Sí, es repetitivo y cliché, pero tratándose de algo que sólo ocurre cada cuatro años y que reúne a los mejores de todos los deportes no tiene comparación alguna. Sólo por nombrar algunos, en los Juegos de Beijing 2008 vi en un mismo día a Lionel Messi, Roger Federer, Novak Djokovic, Turinesh Dibaba, Manny Pacquiao, Dikembe Mutombo, Kobe Bryant, LeBron James, George Bush hijo y al hoy Rey Juan Carlos de España. ¿Ahora entienden por qué es tan avasallante este evento?

¿Qué pensarían ahora después de deslumbrarse con tanta luminaria deportiva, si les digo que el sueño de ir por el mundo cubriendo eventos de esta categoría inició al revés y no me lo perdono?

Beijing 2008 / Juan José Sayago

Pues sí, fui a la cúspide sin haber empezado a escalar la montaña y es que por más loco que parezca no cumplí con el ciclo verdadero de ascenso en el trabajo periodístico del alto rendimiento. Antes de ir a Beijing 2008 nunca había realizado cobertura alguna en los Juegos Nacionales de Venezuela. Los últimos se habían disputado en los Llanos 2007, estos son recordados por las medallas de Albert Subirats y la pelea para que Rubén Limardo pudiera competir.

Los Juegos Nacionales representan el semillero real de la cantera deportiva de cualquier país del mundo. Ese evento que desde 2011 no se disputa en ninguna categoría adulto en Venezuela le hace falta principalmente a los deportistas que hoy no tienen ninguna competencia en el país; pero también a la formación del periodismo, que en mi caso no tuvo la oportunidad de ver crecer a ningún atleta de manera lógica.

Sin embargo, el 2 de diciembre de 2011 mi regalo de cumpleaños se convirtió en la ceremonia inaugural de aquellos inolvidables juegos. No había el impacto que causaba la cultura china, ni los edificios, ni muchos menos los venues los cuales estaban repartidos por todo el país como a la “rebatiña”.

Esta vez estuve acompañado por más de 20 días en el Máximo Viloria de Barquisimeto, alojado en una villa, conviviendo con las carencias naturales del deporte venezolano; pero rodeado de luminarias que en lo personal me emocionaron tanto como Kobe, Kenenisa Bekele o Valentina Vezzali.

Estaba al frente de la última camada de atletas adultos de Venezuela quienes tuvieron la oportunidad de competir dentro del país. Las piscinas bolivarianas de Barquisimeto vibraron con la ruda competencia entre Carabobo y Miranda. Albert Subirats recuerdo que miraba desde la tribuna como queriendo estar en el agua, pero una lesión no lo dejó. Mientras tanto Arlene Semeco (Campeona panamericana y olímpica en Beijing) se disfrutaba las pruebas de velocidad como si estuviera en Londres o en el María Lenk de Brasil. Todo esto mientras que Manuel Marín (QEPD) se quejaba de los protocolos poco convencionales que según su memoria merecía una competencia de este tipo.

Salías de las piscinas y en el atletismo te deleitabas con las competencias entre José Acevedo y Alberto Aguilar o una disputa entre Marvin Blanco y José Peña. No vestían la camiseta de la selección nacional. Algunos azules de Apure, rojo de Distrito Capital o el amarillo mirandino. De ahí al judo, donde Javier Guédez hacía gala de su infinito talento, además era local. José Camacho imponía su autoridad y una delgada muchacha de 17 años se erigió dentro del poderoso equipo de Bolívar para tallar su nombre. Era Anriquelis Barrios quien se llevó el oro aquella vez.

Saltemos a la esgrima y veamos a Jesús Limardo abanderado y en plena pubertad; dos años más tarde se iba a convertir en medallista de bronce del campeonato mundial. Hoy es categóricamente el segundo al mando del equipo de espada masculino que todavía comanda su hermano mayor. Al que por cierto expulsaron de esos juegos sin haber competido (pero esa es otra historia).

La distancia entre Beijing y Caracas es de catorce mil kilómetros aproximadamente; la misma cantidad de espacio que hoy nos separa entre el desarrollo verdadero del deporte, su potencialidad y competir a punta de corazón. La realidad nos golpea de frente y si creen que antes era más fácil ir a unos Juegos Olímpicos que a unos Juegos Nacionales, hoy es una cruda verdad.

Nuestra olimpiada no volvió más. En 2013 se realizaron sólo juveniles, por lo que el ciclo que terminó en 2012 nunca volvió a tener una lógica razonable en el desarrollo del talento venezolano que realmente es abundante; pero que no escapa de un sistema caduco y carente de organización. De ahí parte del declive natural que ha tenido el deporte venezolano en la última década.

No me arrepiento de haber ido primero a unos Juegos Olímpicos que a una justa nacional. Pero si queda la deuda conmigo mismo de no haberme preparado de forma progresiva con el atleta; que es, al final, quien pone la piel donde va a representar a su colores, sea de su estado o del país.

Acerca del autor

Juan José Sayago

Periodista deportivo especializado en eventos del Ciclo Olímpico. He cubierto cuatro Juegos Panamericanos y tres Juegos Olímpicos. Soy comentarista de diferentes disciplinas y asesor de comunicaciones de atletas de alto rendimiento.

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