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Cambia, todo cambia

LPB baloncesto
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Está sentado, esperando que llegue alguien con un balón, tiene las ganas y condiciones, tiene el ímpetu, a pesar de su corta edad, ha hecho historia dentro y fuera de casa, de muchas maneras, pero a veces, como hoy, pareciera que no tiene recursos, para ir a su lugar favorito, la cancha del barrio, ahí donde se reúne con todos, ahí donde despliega sus sueños.

Hace unos días llamé a un jugador profesional de basquet, le pedí que me describiera como sería el baloncesto venezolano si fuese una persona, el primer párrafo de mi columna de hoy, fueron sus palabras.

Los inicios

Cuando era un chamo aprendí en la calle a jugar baloncesto, aunque el doble paso y demás fundamentos, los adquirí en el Parque Naciones Unidas. Ahí me tuvieron que marcar con una tiza en el piso, donde poner cada paso para luego saltar al aro y colocar una bandeja. Eso era allá en El Paraíso, Complejo Naciones Unidas, de ahí salía y esperaba el autobús que me llevaba a la avenida Baralt junto a la plaza Miranda, para luego caminar hasta El Silencio, donde me esperaba mi casa y una cancha rudimentaria. Varias veces salía de práctica y me iba a esa cancha con un viejo balón Mikasa que me compró mi papá en Chacaíto. Estaba enamorado de ese deporte, al igual que el béisbol.

Y encendía la televisión para ver los partidos, a “Pepe” Delgado Rivero, a Leonardo Rodríguez escuchaba a Nelson Jiménez narrar los juegos de Trotamundos de Carabobo. Me iba de mi colegio en Chapellín al Parque Miranda para tratar de ver a Ronnie Thompkins y Antoine Joubert con sus triples y escuchar aquel particular grito de la afición felina: “UHHHHH”

¿Qué se hizo eso, que se hizo ese mundo, que sucedió?

Más allá de crecer y que todo cambia como dice la letra del chileno Julio Numhauser y en la voz de Mercedes Sosa:

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

¿En que cambió el baloncesto venezolano?

En una paradoja, con una selección sacándonos sonrisas y haciéndonos levantar del asiento, para buscar nuestra bandera, porque nuestra liga se fue partiendo en pedazos y se fue alejando, por las razones que quieras, por las razones más objetivas y científicas.

Una liga en cualquier país de América Latina, sobre todo de baloncesto es apadrinada en gran parte por el Estado. En Venezuela es fundamentalmente así, llega el aporte del estado y se activa el baloncesto.

Aquella liga desapareció. La Liga Profesional de Baloncesto, fue succionada por problemas sociales, económicos, los que tú quieras colocar aquí. Pero lo más grave de todo, es que nunca se formó hacia adentro, nunca hizo base. Nunca armó una estructura independiente para encarar lo que fuese. El baloncesto, en medio del béisbol, supo ganar su espacio dentro del país, cuando iba a Margarita. Muchas señoras con aquel sabroso acento oriental, doñas de 50, 60 años se me acercaban para hablarme con orgullo de La Tribu y sus años de gloria, ni hablar de Puerto La Cruz, de Caracas, Maracaibo, Barquisimeto, hoy, eso es incertidumbre.

A pesar de que hemos escuchado de una Superliga, me reservo mi opinión al respecto, y puede resultarte paradójico que me la guarde. Precisamente en el propio espacio que me da Triangulo Deportivo para poder expresarme, pero me la guardo por respeto a personas que aun trabajan dentro. Pero ese joven con ganas de levantarse a jugar hoy carece de guía, está en medio de su crisis más grande.

Escribo esta columna con pesimismo en lo que pueda ocurrir alrededor del baloncesto de Venezuela. Y más aún con vecinos como Colombia donde se están organizando para su propia liga y figuras como Luis Sojo van a marcar presencia. 

Acerca del autor

Miguel Bastidas

Todavía estoy por descubrir quien soy. Si escribo tendré más propiedad. Si no escribo, perderé mi identidad. Ojalá Cortázar se vea con su Maga y yo me vea con el infinito tamaño de tus ojos. Creo que sigo en Argentina. Bailo salsa erótica. Juégate el 55...Chance!.
- Eres venezolano?
- Todo el tiempo
Sali de una universidad como Periodista. Soy imperfecto, ejerciendo la profesión perfecta, en un mundo imperfecto.

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