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Columnistas

Un partido que se vive en soledad

Ya de por sí un partido de fútbol genera cierta ansiedad y cierto estrés. Imagínense esa situación, sumándole el hecho de que estás lesionado.
Ricardo Andreutti / CFC

A veces me pregunto qué es lo que me hace amar tanto esta actividad que genera tanto estrés. Tantos pensamientos que oprimen y que generan desequilibrio, tantas dudas y tantas frustraciones que llevamos internamente. Emociones que vivimos de manera solitaria, porque son muy pocos los que pueden empatizar con ellas. La respuesta es: no lo sé. Pero lo que sí sé, es que amo hacerlo. Hay una energía superior que, una vez que todas esas emociones saboteadoras y desestabilizadoras se diluyen, te da otro impulso para el próximo reto.

Ya de por sí un partido de fútbol genera cierta ansiedad y cierto estrés, precisamente por el hecho de querer hacer las cosas bien; además de las poco amigables expectativas que uno mismo se pone. Imagínense esa situación, sumándole el hecho de que estás lesionado, no has entrenado a la par del grupo, y el equipo te necesita. El estrés se multiplica. Desde que nace la posibilidad de jugar el partido, así estés a un 50% de tus capacidades, la ansiedad nace y no te suelta más. 

Es hermoso que te tengan tanta confianza como para esperar a que te recuperes bien y ponerte a jugar en seguida, así no hayas podido entrenar a la par del equipo. Eso da una sensación de enorme satisfacción. Es muy agradable por el compromiso y la responsabilidad que te entrega el entrenador, y por la confianza que te generan tus compañeros al hacerte saber que te necesitan en cancha, ellos mismos, tus hermanos.


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Esa sensación es única y no hay otra forma de agradecerla sino ocupándose de estar lo mejor posible para el partido. Así tengas que infiltrarte y anestesiar el lugar donde está la lesión. Que tengas que ponerte seis inyecciones que arden como si te estuvieran quemando el hueso. Así tengas que quitarle la plantilla al zapato para poder calzártelo, porque el líquido de la inyección te hinchó enormemente el pie. Y, por último, así sepas que al día siguiente, probablemente el dolor no te deje caminar.

Cinco minutos antes del calentamiento es hora de la inyección para la anestesia. Mientras que calientas para el partido, primero es necesario adaptarte a esa sensación extraña en el pie. En lo único que piensas es en eso. No tanto es el dolor lo que te inquieta, es la muy incómoda sensación de algo que no está como debería estar, que no responde como suele responder. Comienza el partido y las dudas siguen hasta que entras en ritmo de juego. Sabes que no estás al tope de tus condiciones físicas y no quieres fallarle a tus compañeros. Pero ante esas vicisitudes, desarrollas un sentido de concentración superlativo porque tus decisiones tienen que ser las mejores. Sabes que no serás protagonista, pero entiendes que cada decisión que tomes hará mejor a tu compañero que sí lo será, es lo único que debe importarte. 

Cuando termina el primer tiempo, es necesario salir corriendo a la camilla para volverte a inyectar porque la anestesia solo dura una hora. Ahora es más difícil calzarse el zapato, el pie está más grande todavía. Comienzan a aparecer dolores en otras partes del cuerpo, porque no estás corriendo como normalmente lo haces y otras zonas hacen un mayor esfuerzo. Qué dilema, ser violento con tu propio cuerpo, pero serle fiel a tu corazón y al compromiso que tienes con los tuyos.

Luego viene el cambio, te sustituyen. Sientes una sensación de alivio recorre por tu cuerpo. Cumpliste, aunque sin sobresalir, estás tranquilo porque hiciste lo que tenías que hacer. Y lo mejor de todo, tus compañeros terminan de dar la estocada y ganan el partido. Qué sensación de liberación tan grande.

Desafortunadamente en el partido siguiente el resultado no era el que esperabas. Pero te quedas con la tranquilidad de que exprimiste hasta la última gota de resistencia que puede tener un ser humano ante el dolor, para lograr estar a disposición y cumplirle a tus compañeros.

Mientras escribo esto puedo sentir esa angustia, esa incertidumbre y esa incerteza en lo más visceral de mi ser. Aún no entiendo por qué lo hacemos, por qué nos sometemos a todo ese torbellino de emociones y dolores físicos. Pero la realidad es que volvemos y nos encanta. No sé si será una adrenalina escondida que aparece en nuestro organismo que nos llevan a otra dimensión del placer, cuando entramos en ese estado de concentración puro del que demanda un partido de fútbol. Estos son partidos individuales apartes y créanme, son los más duros, porque sólo nosotros los vivimos y en solitario los disputamos.

Acerca del autor

Ricardo Andreutti

Del Andreutti al Ricky, como Benjamin Button. Supongo que soy futbolista, pero mi mayor suposición es que puedo escribir. Caraqueño que vive en el sueño que diseñó de niño. Agradecido, bibliófilo, emprendedor, yogui, servicial y movido por la inspiración. El universo me regaló conectar con Triángulo Deportivo, donde nos co-creamos y robamos métricas para regalar vivencias, así como Robin Hood. Prometo dar lo mejor, como cuando afronto mis partidos, no obsesionado por el resultado sino por el disfrute.

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