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Columnistas

La falacia del beisbol como opio del venezolano

El beisbol opera como un somnífero para las masas en Venezuela, el equivalente a la teoría marxista de la religión como opio de los pueblos.
Leonardo Ferrini de Leones del Caracas / Federico Parra/AFP.

En lógica, la falacia es una conclusión falsa a partir de premisas posiblemente verdaderas. La definición de la Real Academia es más esclarecedora: “engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien”. Encaja perfectamente con el argumento –definitivamente falaz- de que el beisbol opera como un somnífero para las masas en Venezuela, el equivalente a la teoría marxista de la religión como opio de los pueblos.

Quienes han ejercido el poder durante los últimos veinte años están convencidos de poder anestesiar a la población durante tres meses inyectando una solución de bolas y strikes. Creen que la realización de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional ayuda a fabricar una sensación de normalidad que disocia a la gente de sus padecimientos. Por eso desde arriba se mueve cielo y tierra para que haya acción en los diamantes, como lo evidenciaron las palabras del presidente Nicolás Maduro sobre la final antepasada.     

No es la cúpula al mando la única que sostiene esa peregrina idea. En el otro extremo del espectro político hay quienes han desarrollado animadversión a la LVBP porque la consideran herramienta de sumisión y adormecimiento que usa el Gobierno a su conveniencia. Ellos también sienten que, si no hubiera pelota, el país se volcaría indetenible a la búsqueda de su liberación.

En ambas trincheras parecen desconocer eventos políticos de gran significación que han ocurrido aquí mientras discurría el campeonato de beisbol. Quien propugne esa tesis debería ir a la hemeroteca (si ya la abrieron en la semana de flexibilización) para recordar qué pasó el 23 de enero de 2019 mientras en Barquisimeto se disputaba la final entre Leones del Caracas y Cardenales de Lara (y cómo Maduro admitió haber intervenido ese día en un espectáculo deportivo que escapaba de sus competencias). O cómo estaba la Nación durante diciembre de 2002, con el torneo de la LVBP en ebullición. Venezuela cambió en diciembre de 1998, y no fue en los graderíos.  En los libros quedó registrada la caída de presidentes y dictadores en el transcurso de la temporada.

“La noche del miércoles 24 de noviembre de 1948 (fecha cuando las Fuerzas Armadas derrocaron a Rómulo Gallegos, primer presidente de Venezuela electo por voto universal, directo y secreto) hubo juego de beisbol”, refiere el historiador Javier González. “Luego vino toque de queda y se suspendieron algunos encuentros. Jugadores extranjeros decidieron irse por temor a la situación política. El Vargas fue el equipo más perjudicado en ese aspecto, por lo que no continuó en el campeonato, ganado por Cervecería Caracas”.


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La caída del déspota Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 fue precedida por una intensa movilización popular en las calles de Caracas, la cual coincidió con la LVBP. La realización de la liga para nada adormiló a un gentilicio devoto del beisbol, ya por entonces entronizado como santo patrón de los deportes en Venezuela.   

Aquí, desde hace décadas, se ve beisbol y simultáneamente se ejerce ciudadanía durante el último mes del año, cuando suelen coincidir pelota y elecciones. Son dos ámbitos de la existencia que no se anulan entre sí. El país sigue su curso afuera de las rayas de cal. Es falso que todos nos encerramos en una torre de marfil al darse la voz de playball.  Más bien es el fervor político el que ha invadido las tribunas (¿se acuerdan de “Chávez no, Endy sí?”). 

No conozco a la primera persona a la que uno le diga: “no hay gasolina” y responda: “pana, pero relájate, que anoche ganó el Caracas”. No sé de nadie al que uno le comente la angustia por el precio de las medicinas y te salga con un ¿Y? Anoche la botó Ronny Cedeño con las bases llenas” ¿Usted se ha topado con alguien así, que le dé cuatro malas a su circunstancia solo por un juego? Recomiéndele que se siente en el diván. Pero no es del beisbol la culpa. 

A fin de cuentas, el beisbol es un “escapismo” de nueve innings, mientras que el venezolano sufre las 24 horas. Sí, las 24. Porque se va la luz, se apaga el aire acondicionado y el calor no  deja dormir. Nadie se aliena por pagar una entrada y tomarse unas cervezas en el estadio. El ser humano no es así. El venezolano no es así. Sufre a la vez que goza, echa chistes en la funeraria, intenta vivir, porque la vida es una sola. Y lucha. Lucha porque en este país hasta lo más cotidiano es Waterloo. Y eso lo sabemos todos. Solo diferimos en a quién culpar.   

Claro que el beisbol tiene propiedades analgésicas para decenas de miles de venezolanos. Ayuda a muchos en esta tierra a sobrellevar las penurias. Mas no es una anestesia general, que paralice todos los músculos. Es anestesia local. ¿Es pecado buscar un sedante para que duela menos? ¿Celebrar un hit extirpa el espíritu ciudadano? Imagínense sin luz, sin gas, sin gasolina y también sin beisbol, sin música, sin televisión, sin entretenimiento ni distracción alguna. En el sitio de Stalingrado, acaso una de las experiencias más atroces que registre la historia reciente, las personas jugaban cartas, charlaban, hacían el amor. Y luego, al combate por la Madre Rusia. Eso es ser Homo Sapiens.  

Acerca del autor

Carlos Valmore Rodríguez

Periodista deportivo, especializado en la fuente de beisbol. Graduado en la UCAB en 1999. He trabajado en El Nacional, Líder, Meridiano, Unión Radio, IVC, Beisbolplay.

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