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Columnistas

El Dios que sangró

Diego Maradona
/ Miguel Bastidas

Preparaba algo para almorzar cuando mi amigo Armando Fuentes – un veterano ex jugador de futbol que debutó en primera por 1971 con Gimnasia y Esgrima, también jugó en News Old Boys y en Venezuela, donde nacieron sus dos hijos – se acercó a la cocina sigilosamente, “murió El Diego” me dijo, se dio media vuelta, su rostro estaba largo y se dirigió al televisor, yo me asomé a la sala y regresé para tratar de acelerar el pollo con papas y arroz que estaba en la cocina.

Enciendo la radio, todo era conmoción, pases informativos que terminaban en llantos. Lloraban los colegas, lloraban los aficionados, lloraba un país, horas más tarde me di cuenta, que lloraba el mundo.

Empiezo a trazarme un plan, ir a el Obelisco, lugar donde seguramente se acercaría la gente para rendir tributo a Diego Maradona, quien aproximadamente a las 2:00 de la tarde había fallecido tras un paro respiratorio.

Termino de comer y salgo, no tenía mucha batería en el celular y no podía hacer otra cosa que irme con lo que tenía a la mano, era preferible tener poco a nada. 

El periodismo llama

El destino me puso en Buenos Aires, desde hace dos años, aquí viví dos episodios culturales que jamás olvidaré. Una final de una Copa Libertadores entre Boca Juniors y River Plate y el fallecimiento de Diego Armando Maradona. Dos eventos que para entenderlos pasarán años, que para comprenderlos pasará mucho tiempo, eso, o quizá como yo, prefiero no entenderlos, prefiero no comprenderlos, solo disfrutar del peso histórico en una batalla que estoy seguro, le ganará al tiempo, pues Maradona no morirá.

El periodismo me llamó, necesitaba sacar fotografías, necesitaba ver los rostros. Tenía siete años cuando viví en aquel balcón del piso 20 en el edificio Centro Caracas, la final de la Copa del Mundo entre Argentina y Alemania, esa Copa del Mundo que levantó Diego Maradona. Siempre existió esta conexión con Argentina, que la alimentaba con Les Luthiers, Los Cafres, Soda Stereo, con un poco de Spinetta, Vicentico, Cortázar, Fito, con Mercedes Sosa, y más recientemente con El Indio Solari, el choripán con criolla, el asado.

El Obelisco, primer lugar de concentración

La muerte de Diego me puso la piel de gallina. Bueno, no su muerte, la reacción de los suyos, la del prójimo. Al morir mi celular, mis ojos me regresaron al viejo periodismo, retener en la memoria y describir. Llegar a El Obelisco fue acertado, era ahí, con Evita al fondo, el lugar para llorar, el lugar para que propios y extraños se abrazaran.

Cántico uno: “Brasilero, brasilero, que amargado se te ve, Maradona es más grandeeee, es más grande que Pelé”.

Un padre coloca a su hijo, de unos seis años al frente de un par de trapos. En uno la palabra Diego con un corazón rojo, otro más allá con los colores de Boca, ese xeneize que Diego defendió. Le saca un par de fotos y lo carga, empieza a llorar y el niño le pregunta que le pasa, pero el padre solo lo abraza. En unos años entenderá la respuesta que en ese momento le dio su viejo y les dirá a sus amigos, mi viejo me llevó a despedir a Diego.

Llegan poco a poco, uno con un parlante a todo volumen donde se escucha Rodrigo o El Potro, con ese tema legendario “La mano de Dios”. Entiendo ahora que esa conexión con este país se manifestaba dentro de la profesión que amo. “Y todo el pueblo cantó, Maradó…Maradó, llegó la mano de Dios…”.

Se les notaba el nudo en la garganta, el corazón latiendo más de prisa como cuando Diego dejó atrás a tanto inglés, porque todos vieron un equipo, Argentina además veía a un ejército armado que irrumpía en Las Malvinas, este día, 25 de noviembre del año que pocos olvidarán, Argentina se quedaba vacía, no les voy a decir que perdía, porque todavía lo estoy averiguando.

En una hora centenares rodeaban El Obelisco, más trapos decoraban la base del monumento de la avenida 9 de julio. Cornetazos, brazos aplicando “el aguante” me sentía argentino; tenía que despojarme un poco de mi venezolanidad para entender, pero llegaron dos senegaleses, vendedores de réplicas de camisetas de fútbol, uno de ellos lloraba, entonces entendí que lo de Diego era del mundo, que el mundo perdía, que el fútbol global, era en ese momento albiceleste y tenía la 10 puesta.

Cántico dos: “Míralo eeeeeh, míralo eeeeeh…El que no salta es un ingléeeees”

Un hombre con su nenita, salta mientras canta contra los ingleses, le explica a su muchachita, de unos 8 años, que siempre que escuche eso, debe saltar. Se lo dice como esperando que no lo olvide toda la vida, quiere que no lo olvide toda la vida, estoy seguro que la niña no lo olvidará toda su vida.

Son las seis de la tarde, calculo unas mil personas en El Obelisco, las autoridades deciden cercar los alrededores para tratar de mantener el orden. Hay euforia, hay sentimientos encontrados, hay vendedores ambulantes ofreciéndote una remera o franela en 700 pesos, alrededor de cuatro dólares, hay sandwichs de fiambre, y más allá un puesto de choripán. 

El día después

Me marcho. Al otro día la jornada fue más apoteósica, eran las últimas horas del cuerpo de Armando sobre tierra. Mucha gente, mucho amor, mucho dolor. Chequeo las redes sociales y ya no me sorprenden las distintas formas de homenajear al Diego. Desde Plaza de Mayo hasta la 9 de julio había una larga multitud.

Creo que no deseaba estar en otro lugar del mundo, salvo que en los brazos de mis hijos, que en Buenos Aires. Vinieron a despedir a su amigo invisible, al que era parte de su casa porque sentían que los visitaba, el que siempre era motivo de charlas largas, porque en este país, siempre se habla de fútbol y se habla de él.

Aquí no había cabida para el Diego de las Drogas, o para el Diego de la política, saque con ese Diego, la conclusión que usted desee.

El D10s

Aquí en medio de esta manifestación, no percibí sino la construcción de un Dios; moldeado con todo lo que a los mortales nos corre por las venas y por la mente. Un Dios nacido en un barrio que recorrió el mundo con el deporte más famoso de la tierra, desafiando lo malo, a los poderosos de la tierra que ahondan en las desigualdades, a la injusticia en distintas expresiones.

Este era un Dios que pecó y que sangraba.

Cántico 3 “Oeeeee, oe, oe oeeeeeeee…Diegooooooo…Diegooooooooo” es el canto que más escuché en estos dos días, es el canto más enérgico, el más fuerte. Diego va saliendo de la Casa Rosada, en su último paseo, rumbo al cementerio Bella Vista en las afueras de Buenos Aires.

Y pensando ya en retirarme y en un café con par de facturas (pasteles de hojaldre), me di cuenta que:

Diego fue poeta.

Diego fue pintor.

Diego fue rebeldía.

Diego fue antisistema.

Diego fue obra y arte.

Diego fue soldado.

Diego fue Villa o barrio, fue ciudad, fue país, fue latinoamericano, fue el mundo en un momento.

Al llegar a un café por la avenida Corrientes, me siento y le busco conversa al mozo, para aumentar los caracteres a esta columna:

—Hola, ¿cómo estás?

—Gracias a Diego bien.

—¿Abrirán mañana?

—Si Diego quiere.

“La pelota es el juguete más lindo que tuve en mi vida” Diego Maradona

Acerca del autor

Miguel Bastidas

Todavía estoy por descubrir quien soy. Si escribo tendré más propiedad. Si no escribo, perderé mi identidad. Ojalá Cortázar se vea con su Maga y yo me vea con el infinito tamaño de tus ojos. Creo que sigo en Argentina. Bailo salsa erótica. Juégate el 55...Chance!.
- Eres venezolano?
- Todo el tiempo
Sali de una universidad como Periodista. Soy imperfecto, ejerciendo la profesión perfecta, en un mundo imperfecto.

1 Comentario

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  • buenos dias mi pana tremendo trabajo te felicito de pana diego fue el mejor hizo cosas muy arrechas en el futbol yo lo admiro bueno espero q estes bien saludos un fuerte abrazo LEONEL RUIZ JUDO LARA