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Columnistas

De la flojera de la cama a la cima del mundo: hiking en Caracas

Lo que comenzó con subir hasta "No te apures", terminó en una mágica aventura por todo El Ávila, hasta llegar al hotel Humboldt.
Desde el Pico Occidental / Ricardo Andreutti

Como típica mañana de un domingo cualquiera, en la que no me toca disputar un partido, me levanto como cualquier mortal común, con la pesadez de ese día que se dispuso como para no levantarse de la cama. Mucho menos cuando la noche del sábado cerró con una rica cena y un par de copas de vino. Generalmente, mis domingos libres suelen ser muy activos. Siempre hago algo de ejercicio: trotar por la Cota Mil, subir a Sabas Nieves, pasear bicicleta o hacer yoga. Pero este domingo en particular, no tenía ganas de hacer absolutamente nada.

Pero había un problema: ya me había comprometido días atrás en subir hasta “No te Apures”, un lugarcito grandioso de los muchos que te regala el cerro El Ávila. Una de las conclusiones de ese día fue, que, en general, cuando ofrezco resistencia a hacer algo que sé que es genial, solo por flojera, cuando lo termino realizando, termina siendo una experiencia asombrosa. Pero así somos los seres humanos, tenemos que repetir el aprendizaje hasta que quede totalmente claro. Bueno, esa fue una de esas veces en que al final del día me dije: “¡Wow!, sí que valió la pena”. Porque este recuerdo quedará para toda la vida.

En fin, vencida la flojera de levantarme de la cama de ese domingo en particular, me vestí con mi mejor actitud y salí directo a Sabas Nieves. Como si fuera poco, sumado a esa predisposición, está el hecho del gentío que sube todos los domingos al cerro, pero lo logré. Me estacioné y ahí estuve yo, parado en la entrada de la subida de Sabas Nieves. Frente a ese túnel adornado de un mosaico verde, con olor a papelón con limón y a torta casera, que da la bienvenida a esa dimensión paralela. Donde vamos los caraqueños para desconectarnos del caos hacia una fuerza superior. Donde los “buenos días” y las “gracias” se multiplican en el boca a boca de los visitantes, producto de esa fuerza sobrenatural.

Vamos pa’ arriba pues

Éramos un grupo de cuatro personas con las mismas intenciones: subir hasta “No te Apures”. Emprenderíamos nuestro viaje por esa dimensión sublime de la naturaleza, por ese arcilloso e inconfundible terreno que soporta tus pasos hasta llegar al gimnasio de Sabas Nieves. Charlas, chistes, risas, infinitas pulsaciones que poco a poco se iban acelerando, fueron los cómplices de este grupo de personas que planearon un domingo muy caraqueño.

No se puede dejar pasar la oportunidad de tomar agua en cada chorrito que se atraviesa por el camino. No solo por el hecho de estar sedientos por el esfuerzo, sino también por el sentido romántico de tomar agua de manantial. Como si encontráramos cada respuesta de nuestra existencia en alguno de esos sorbos de agua. Por ende, primera parada: el bebedero de Sabas Nieves.

Para llegar a “No te Apures”, primero hay que pasar por “El Banquito”. Más que un lugar para contemplar la vista, que de hecho es una de las mejores vistas de ese camino; parecía un club social donde se conglomeraron un montón de personas. Haciendo de un lugar asombroso, un momento incómodo sin ningún tipo de ese encanto que podría ofrecer la naturaleza, así que tuvimos que seguir adelante.

Con varias futas en el estómago, una barrita de cereal y unas cuantas mentadas de madre producto de un chiste, de un esfuerzo o de un resbalón en el camino, porque así somos los venezolanos, tenemos esa capacidad de darle diferentes emocionalidades a una misma frase, y más si esa frase es vulgar; por fin llegamos a “No te Apures”. Un lugar, antes estratégico para guardaparques o para compartir entre los visitantes, pero ya no está más el techo así que se convirtió en un falso plano para descansar y tomar aire.

El plan comenzó a cambiar

En “No te Apures” me encontré con un amigo que se certificó conmigo como profesor de Yoga, el gran Gabo. Uno de los tipos más ocurrentes que conozco. Tanto así, que no me sorprendió verlo subir descalzo y en franelilla. Entre esas charlas de descanso salió el tema de llegar hasta “Pico Occidental”, ya que no quedaba tan lejos. Quizás hora y media para llegar. Al final, sin mediar palabras, nos vimos a los ojos todos con una mirada cómplice entendida como: “¿Por qué no?”.

Gabo arrancó hacia arriba y alguno de los cuatro de nosotros oficializó con un grito lo que nadie se atrevió a decir: “Nos vemos arriba”. Al cabo de unos minutos dejamos atrás a “No te apures” y nos dispusimos a seguir subiendo sin tener la ropa adecuada, ni las previsiones para el caso. Pero que carrizo, todos pa’ arriba.

Llegamos a la intersección que te desvía hacia el “Pico Oriental” y el “Pico Occidental”, nos sentamos a descansar mientras nos encontramos a un par de señores que se conocían el Ávila como la palma de su mano. Uno de ellos biólogo, que muy simpáticamente nos ilustró con su conocimiento sobre la flora y la fauna del lugar. Nos dijo que faltaban unos quince minutos para llegar al “Pico Occidental”, pero nos recomendó seguir hasta el Humboldt para bajar por el teleférico ya que estábamos ahí.

La intersección / Ricardo Andreutti

No sé en qué momento ocurrió todo eso, pero era una fuerza sobre humana que nos empujaba a seguir adelante. Otra vez se hizo presente esa mirada de duda, pero cómplice entre nosotros. Ya no se tenía que decir nada, al Humboldt vamos. Me pareció totalmente razonable, desde el entusiasmo por hacer esa ruta por primera vez en mi vida, hasta el hecho de no tener que bajar caminando para que mis rodillas no sufrieran. Además, si ya habíamos tardado dos horas y media hasta allá, solo nos quedaban dos horas de camino hasta el hotel.

33 años y medio después

La cima del mundo para cualquier caraqueño es el imponente cerro. Por fin conozco el “Pico Occidental”. Experimentar esa fuerza de la naturaleza, estar por encima de las nubes, contemplar in situ esa neblina que viaja al ras de la montaña, subiendo desde Caracas para caer como una cascada en cámara lenta hacia La Guaira es una sensación indescriptible. Pararme en la punta de una enorme roca para ver de un lado una ciudad cosmopolita, caótica y hermosa; y del otro un mar Caribe imponente; es algo alucinante.

Pico Occidental / Ricardo Andreutti

Por cierto, apareció Gabo, y seguía descalzo, ¡desde “No te apures”! Les dije que era el tipo más ocurrente.

Una vez pasado el asombro y el estado de shock por semejante poder de la majestuosidad de la naturaleza, llegó el momento de almorzar. Como para completar la experiencia multisensorial, el almuerzo fue uno de los mejores ceviches que me he comido en mi vida, no podía ser todo tan perfecto. Creo que el mejor picnic que a uno se le puede ocurrir es en ese lugar, porque hasta los sabores se perciben mejor. Eso sí, mira que hay que esforzarse para sentarse a comer en ese lugar.

Después del ceviche, la batata, la conserva de plátano y una mandarina, más tres horas de montaña y treinta fotos después, es hora de seguir adelante.

Para tener en cuenta

Yo llevaba un bolsito de esos donde uno guarda los zapatos de fútbol, en él había puesto una marquesa de chocolate que se derramó por la mitad, así que el bolsito se convirtió en la papelera de basura del viaje. Los celulares y mi cartera tienen dos días oliendo a chocolate. En fin, fuera de chiste, no había ni un lugar para depositar la basura en el camino. Con los niveles de inconsciencia de las personas, pasé parte de mi travesía recogiendo desechos del piso.


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Otra a nota a corregir más grave aún, y que debería ser penada por la ley. Y fuera de cualquier prejuicio musical, son las personas que hacen su recorrido escuchando reguetón en el celular a todo volumen. Es absurdo el contraste, repito, no es por gustos musicales, ya el camino tiene incorporada su propia sinfonía. Realmente: ¿Es necesario? Disculpen, yo también tengo momentos de antipatía. No puedo ser indiferente ante esas circunstancias que generan fricción con la naturaleza.

El sendero

En la cima, el camino no tiene tantas modificaciones. Gabo seguía descalzo y yo cada vez más angustiado por sus cayos. A medida que uno va ascendiendo la montaña la humedad, la temperatura y la vegetación va cambiando. Pero una vez que uno comienza a bordear la azotea de Caracas, el camino se vuelve un ejercicio meditativo y contemplativo sin tantos altibajos como los que veníamos acostumbrados en el ascenso.

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El sendero / Ricardo Andreutti

Antes le había mencionado que nuestro plan era subir hasta “No te Apures”, por ende, nuestra vestimenta era más playera que montañista. Imagínense la pinta que teníamos en el contexto al que nos enfrentábamos. Pero la incandescencia de la experiencia y el poder del entorno nos acobijaba sin perder el espíritu infantil, por su naturaleza aventurera y de constante sorpresas.

Tengan presente, si desean hacer ese recorrido, que hay momentos del año que en ese sendero en la cima hay muchos enjambres de abejas, e insisto en el “muchos”. Bueno, a nosotros nos tocó y lo único que nos protegía era una toalla de nadador y una rama que traía en mis manos desde que comencé el ascenso. Como si fuera una varita mágica que me protegía de las picaduras de abejas. Fue un momento tenso y angustiante. Una de las personas del grupo era muy alérgica. La primera recomendación que nos dieron fue guardar silencio porque el ruido alborotaba esas enormes avispas, y adivinen… tal cual jajaja.

Pasado ese tramo comenzó el descenso porque estábamos por encima del Humboldt y mis rodillas comenzaban a chillar. Se podía ver el hotel cerca, solo quedaba pendiente llegar al “Lagunazo”, llenar nuestros termos con el último chorro mágico de agua y en veinte minutos llegaríamos.

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A un paso del Humboldt / Ricardo Andreutti

Sensación de logro indescriptible

Cuando pisas cemento por primera vez desde que saliste de la Cota Mil, calculo que unas ocho horas después sumando todas las paradas, y un poco más de 16 kilómetros de recorrido; solo te queda guardar silencio por unos segundos. Como si en ese tiempo se pueda digerir todo lo que acababas de vivir. El pasillo que lleva del teleférico al hotel Humboldt, lleno de puesticos de chocolate caliente y fresas con cremas estaba lleno de gente. Claro, era domingo en semana flexible. Pero el estado de absorción por la experiencia que acababa de vivir es tan fuerte que te sientes en un estado de flow y poder impactante.

Lo que empezó como un recorrido hasta “No te apures”, se convirtió en una experincia única e inolvidable.

Nos regalamos unos buenos cafés y chocolates calientes como ritual de triunfo y celebración. Luego bajamos por nuestro funicular hasta Maripérez de vuelta a la realidad.

Acerca del autor

Ricardo Andreutti

Del Andreutti al Ricky, como Benjamin Button. Supongo que soy futbolista, pero mi mayor suposición es que puedo escribir. Caraqueño que vive en el sueño que diseñó de niño. Agradecido, bibliófilo, emprendedor, yogui, servicial y movido por la inspiración. El universo me regaló conectar con Triángulo Deportivo, donde nos co-creamos y robamos métricas para regalar vivencias, así como Robin Hood. Prometo dar lo mejor, como cuando afronto mis partidos, no obsesionado por el resultado sino por el disfrute.

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