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Hace 15 años Café Martínez llegó al cielo

Ese 24 de enero de 2006, la bomba de oxigeno que lo ayudaba a vivir no fue suficiente. Carlos “Café” Martínez murió en su hogar materno.
Carlos "Café Martínez".

Pasó una década y media del último suspiro de Carlos “Café” Martínez. Ese 24 de enero de 2006, la bomba de oxigeno que lo ayudaba a vivir no fue suficiente. Murió en su hogar materno, justo antes del amanecer. Así lo quería, así lo predijo.

“Si me voy a morir que sea en mi casa, como mi mamá, no en esta vaina”, le replicó, días antes, a su hermana menor, Adriana, mientras yacía en una cama del Hospital Universitario de Caracas. Ese mismo día volvió a La Guaira, al humilde apartamento del Bloque Morocho de 10 de Marzo, donde Carlos Alberto creció junto a nueve de sus 12 hermanos.

Sí, todo terminó donde empezó.

El vigoroso pelotero de casi dos metros de estatura, imponente, de tez color café, llevaba nueve años enfermo. Ya no era ni la sombra de aquel “cuarto bate”. Sabía que la muerte lo acechaba. Estaba desconsolado, lo invadía la tristeza. Dejó de luchar.

Había muerto el orgullo de una familia. El que vio por todos y, por un largo tiempo, logró gozar de una vida diferente, con lujos, excentricidades, múltiples amores, vicios, fama. Todo gracias a un talento innato para los deportes. Café se dedicó al béisbol porque así lo decidió. Siendo adolescente lo buscaron profesionalmente en el baloncesto y el voleibol. Era un polideportivo como pocos.

Sin más, el cielo lloró lágrimas de “Café”

Ese día el estado Vargas se sentía diferente. Había tristeza en el ambiente. La Guaira Colonial colapsó. Hubo un velorio multitudinario, al que acudió hasta la Macuto Samba Show, la misma que desde hace más de 30 años armoniza con su música los juegos de los Tiburones de La Guaira. En medio de tanto desconsuelo, trataron de recordar con alegría a un ídolo.


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Conocidos y desconocidos acudieron al lugar. Pobres y ricos, católicos y santeros, apostadores y empresarios, atletas y periodistas, fanáticos y detractores, familiares y amigos. Todos aquellos que se alejaron de él en los últimos años de su vida. Al final, había muerto solo, apenas junto a los familiares más cercanos.

“Carlos murió de tristeza, porque todos sus amigos lo abandonaron. Se sentía solo. Si él hubiese visto todas las personas que estaban ahí lamentado su partida, que sí había gente que lo quería, hubiese luchado más”, contó su hermana Felicia, mientras conversamos, alguna vez, sobre aquel sentido sepelio.

Todas esas personas despedían a un insigne. El venezolano número 49 en debutar en Grandes Ligas (según baseball-reference). La estrella más emblemática de los golpeados Tiburones de los años 90. Uno de los peloteros más polémicos de la historia del béisbol venezolano, que sudó la camiseta de su equipo todos los años que se mantuvo sano.

Los altos y bajos de la pelota

“Ese muchacho tenía mucho talento. Contaba con las cinco herramientas del béisbol: consistencia, poder, velocidad, buen fildeo y un brazo potente. Cuando Ferd Ferreira vino a La Guaira y lo vio, me dijo ‘vamos a firmarlo que va a ser un grande’”, recordó en 2012, desde su centro de bateo, en Maiquetía, Carlos “Morocho” Moreno, el famoso lanzador de Tiburones de La Guaira de los 70 y quien en 1982 lo descubrió, mientras trabajaba de scuot para Pedro Padrón Panza. Ferreira, por su parte, lo firmó para los Yankees de Nueva York dos años después.

El 2 de septiembre de 1988 debutó en las Grandes Ligas con la camiseta de Chicago White Sox. Fue el noveno bateador y cubrió la tercera base del equipo del manager Jim Fregosi. Para ese entonces, en el béisbol de su país, ya empezaba a convertirse en una de las más grandes figuras de la historia de los Tiburones. 

Café Martínez perteneció a tres equipos en MLB (Chicago White Sox, Cleveland Indians y California Angels). Sin embargo, en Venezuela se dedicó en cuerpo y alma a uno solo: Tiburones de La Guaira. Un equipo con el que vivió las mieles del éxito y luego la dura etapa de la sequía. Así también fue su vida, con altos y bajos. Sin términos medios.

El ejemplo no siempre es tan ejemplar

Los últimos años de su vida, Café los pasó en medio de la reflexión, el arrepentimiento, pero, sobre todo, la reivindicación. Fue un atleta que salió de abajo y llegó a las Grandes Ligas. Sin embargo, luego de alcanzar la gloria, bajó en picada al abismo. No quería que nadie más repitiera su historia.

“Todo el mundo sabe lo que tengo. Que eso le sirva de ejemplo a los muchachos”, dijo Café en uno de los últimos programas de televisión que fue invitado, según escribió el periodista Salvador Fleján en una columna para el diario El Nacional, poco después de la muerte de Martínez en 2006.

Definitivamente, la vida lo llevó a darse cuenta que podía ser ejemplo para otros. Quería que las nuevas generaciones y, sobre todo sus hijos, aprendieran de sus errores, que valoraran la vida.

Un Café que dejó semillas

Hoy por hoy, tras 15 años de su muerte, el emblemático 40 de los Tiburones de La Guaira se mantiene más vivo que nunca. Podemos ver cómo José Alberto y Teodoro son su mejor versión, más que en el terreno de juego, en la vida misma.

Sin duda, Carlos “Café” Martínez descubrió que perdiéndolo todo también se gana y, al final de su camino, también ganó.

Ganó lucidez, aunque no parecía a simple vista. Ganó sabiduría, tras una vida complicada. Ganó el respeto de muchos, con su afán de ayudar hasta al que no se lo pedía. Pero, principalmente, para su fortuna, ganó el perdón de sus mayores afectos.

“Carlos está en el cielo, porque se arrepintió, pidió perdón y trató de ayudar a otros”, fueron las sentidas palabras, hace varios años, de Evelyn González, su esposa, la madre de José Alberto, Teodoro Ignacio y Carlos Daniel, tres de sus hijos. Una de las personas que quizás más padeció de sus imprudencias y que aún así, guarda con afecto, nostalgia y pasión los recuerdos de su primer amor.

Un guía celestial

Hace casi una década, por primera vez, me atreví a escribir sobre la vida pasión y muerte de este pelotero venezolano. No fue fácil. Durante más de un año entrevisté, investigué y leí todo lo relacionado a Carlos Alberto Martínez. Lo padecí y lo gocé. Curiosamente, hasta hablé con su tumba.

Aunque parezca increíble, puedo asegurar que aún después de su muerte, sigue cambiando vidas. Lo hizo conmigo. Me ayudó a crecer como persona y como profesional cuando apenas empezaba la segunda década de mi vida. En esa oportunidad concluí que, como dijo Evelyn, Café Martínez, estaba en el cielo. Hoy, sin duda alguna, me atrevo a ratificar esa premisa.

¡Hasta siempre, paisano!

Acerca del autor

María Isabel Moya

Editora Jefe en este Triángulo. Venezolana, guaireña. Apasionada del buen periodismo, aún más si es escrito. Licenciada en Comunicación Social de la UCAB y Locutora de la UCV. Una década en la fuente deportiva entre medios digitales, impresos, audiovisuales y el área institucional. Cautivada sobre todo por el béisbol.

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