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Eduardo Escobar: el falso peso mosca que se cotiza en las mayores

Eduardo Escobar
Eduardo Escobar / Cortesía

Año 2010. Una prístina mañana de marzo se despereza en Glendale, desierto de Arizona, y los Medias Blancas de Chicago ya ensayan su temporada. El Camelback Ranch, reluciente laboratorio primaveral compartido entre los White Sox y los Dodgers de Los Ángeles, es un turbión de beisbol. La pelota se respira, se huele, se toca, se saborea, se palpa, se ve, se escucha, flota en el aire. Es un parque temático para los amantes de este deporte.

Los periodistas venezolanos llegan con dos objetivos inaplazables: entrevistar a Oswaldo Guillén, mánager del equipo, y a Omar Vizquel, el shortstop con once Guantes de Oro en sus alforjas y pretensiones de inmortalidad. Vamos caminando por las veredas del complejo cuando advertimos algo que altera el orden natural. Un pelotero, demasiado pequeño para ser catcher, tiene puestos los aperos y se encuclilla para tomar los “lanzamientos” de una máquina. Un instructor lo evalúa. Nos acercamos para descubrir que el receptor de bolsillo es un criollo.

Aunque pocos conocen su nombre, Eduardo Escobar ya está en un Spring Training de Grandes Ligas. Está en la vitrina para mostrarse, inundar retinas y ser recordado cuando la casa matriz necesite un pelotero de reemplazo. “Practico esto porque si buscan un utility que sepa quechar, pues ahí estaré yo”, responde el joven de 21 años de edad, recién cumplidos.

Una década después se ha vuelto un exclusivo pelotero de alquiler.

Este miércoles 28 de julio de 2021, los Cascabeles de Arizona enviaron al infielder de 32 almanaques a los Cerveceros de Milwaukee. El cambio fue por dos efectivos de ligas menores: el también polivalente Cooper Hummel y el infielder Albert Ciprian. Los lupulosos lo rentaron para subirle la bilirrubina a su ofensiva, que pitcheo ya tienen bastante. Con Escobar consiguen un bate que ha descargado 22 jonrones (quinto en el escalafón de la Liga Nacional) y 65 carreras empujadas (sexto en el ranking del Viejo Circuito).  Por eso fueron a buscarlo, pese a que muy posiblemente deban dejarlo ir al término de la campaña, pues será agente libre.

Con esta van dos veces que un equipo de las mayores contrata a Eduardo Escobar para ponerse a valer en la recta final de una ronda eliminatoria. Ya lo habían hecho los Cascabeles el 27 de julio de 2018; cuando perseguían a los Dodgers de Los Ángeles para desalojarlos del tejado del Oeste de la Nacional. El aragüeño de La Pica sumaba 37 dobles y 15 vuelacercas con los Mellizos de Minnesota y los desérticos querían para sí ese despliegue de poder, combinado con la sólida defensiva itinerante que ofrecía el artillero ambidiestro nacido en Venezuela. Arizona no logró el objetivo, pero al menos se quedó por otras dos temporadas y media con un jugador que dejó .468 de slugging a su paso por Phoenix.


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Y es esa capacidad de generar extrabases el rasgo que más sorprende de este hombre menudo. Eduardo Escobar es un mosca con pegada de supermediano. Con menos de 1.80 de estatura y menos de 90 kilos de peso, el infielder atesora 370 extrabases en su caravana por la Gran Carpa. Pese a su apariencia inofensiva gusta de hacer swing de abajo hacia arriba. Y así causa estragos.  

Ese movimiento emergente del madero con el cual bota la bola sin esfuerzo aparente es el upper cut del torpedero de los Tigres de Aragua. Es lo que tira desde que era un adolescente. En el boxeo, el upper cut es ese golpe que asciende –violento- hasta estrellarse con estrépito contra la mandíbula del oponente. En el beisbol llaman upper cut a ese swing tipo golfista que busca gradas y se propone causar extensos daños con un solo impacto. “Y él lo tiene desde chamo”, apuntó en una entrevista Amador Arias, el scout que sugirió a los Medias Blancas de Chicago firmar a ese adolescente chiquito y flaquito, pero que le tiraba con odio a la pelota. Eso fue lo primero que vio Arias cuando se lo topó en el estadio Julio Bracho de Maracay.  

En aquel tiempo Eduardo Escobar era jardinero y llamaba la atención como lanzador. Según Arias arrojaba la esférica a 88 millas por hora sin haber alcanzado la mayoría de edad. “Pero yo le dije que, siendo tan flaco y chiquito, su carrera era más proyectable como infielder”, describe Arias. “Como tenía buen brazo podía funcionar como shortstop”. Ya mostraba la fuerza, y también la disposición a usarla. 

“Traté, sin éxito, de cambiarle la mecánica”, prosigue Arias. “El swing upper cut no es recomendable porque la ruta del bate suele no coincidir con la trayectoria de la pelota, a diferencia de lo que ocurre cuando el swing es recto. Pero a los bateadores naturales de upper cut es difícil cambiarlos, es algo que brota en ellos naturalmente”. 

Francisco Cartaya, reconocido scout venezolano y que también siguió la carrera de Eduardo Escobar, explica que al perfeccionar el swing upper cut, el de La Pica se adelantó a los tiempos que venían. Ahora casi todo el mundo batea así en las Grandes Ligas para generar jonrones, componente principal en la dieta de los toleteros a finales de la segunda década del siglo XXI.

“Como siempre tuvo buen swing upper cut desarrolló un mejor ángulo de salida del bate para castigar pitcheos del medio hacia abajo”, analiza Cartaya, actualmente residenciado en Estados Unidos y detector de talento en ejercicio. El ángulo de salida, que no es otra cosa que la inclinación del bate al momento de hacer contacto con la bola, es uno de los principales responsables de la ola de jonrones que registran las mayores en los últimos dos años y medio.  

Escobar, explica Cartaya, “solía ser un bateador de líneas. El poder que muestra ahora pudiera provenir de varios factores: 1) aprendió a batear con más extensión en su swing. 2) Está más fuerte. 3) Mejores bates y pelotas. 4) Un buen plan de bateo. 5)Todas las anteriores juntas”.  Es un diagnóstico con el cual coincide Arias. “Ahora están dadas todas las condiciones para propiciar jonrones: pelotas que salen más, estadios que favorecen los batazos, planes de entrenamiento. Todo está hecho para estimular los cuadrangulares”. 

Añadan a todo esto la velocidad en las manos de Escobar, un rasgo sobre el cual pone la lupa Jorge Urribarrí, aguzado ojeador y ejecutivo de los Tigres de Aragua. “Y además ha adquirido suficiente experiencia”. Esa es la razón por la cual se cotiza tan bien en la bolsa de MLB este lobo con piel de cordero que pertenece a la estirpe de los sluggers, Sansones del beisbol que con desaforada fuerza desintegran la pelota. Sin compartir con ellos su fenotipo de titanes, sin músculos acerados ni altura de rascacielos, este venezolano de 1,78 de estatura es un impostor que se disfraza de indefenso para luego dar el zarpazo.   

Acerca del autor

Carlos Valmore Rodríguez

Periodista deportivo, especializado en la fuente de beisbol. Graduado en la UCAB en 1999. He trabajado en El Nacional, Líder, Meridiano, Unión Radio, IVC, Beisbolplay.

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