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Derek Jeter jugó a su manera

Jeter
/ MLB

My Way  es la biografía musicalizada de Derek Jeter, letra de su autoría y melodía de Frank Sinatra. Nos habla de un hombre que, tras mucho recorrer, se acerca al final del camino, pero se marcha sin arrepentimientos porque vivió una vida plena e  hizo lo que tenía que hacer “sin deber nada a nadie”. El número 2 inspiró el tema antes de nacer. Parece que lo compusieron en su honor ese mágico viernes por la noche en Yankee Stadium, cuando con una línea  dejó tendidos  a los Orioles de Baltimore para despedirse victorioso de su aposento de El Bronx.

Sí, se fue a su manera.

En la aparición final frente a su feligresía, Jeter practicó dos de las grandes virtudes por las cuales el beisbol lo canonizará en 2020: responder en la hora cero y servirse de la banda opuesta, don que explotó con maestría desde novato. El cine habría convertido un podrido a la altura del séptimo inning en  pletórico misil disparado por el héroe para sentenciar la victoria postrera. No hubo que fabular nada. Jeter lo dispuso así en su testamento. Es que lo dice My Way: “planeé cada trazo de mi curso, cada paso cuidadoso a lo largo del camino. Pero, mucho más que eso, lo hice a mi manera”.  

Para coronar la epopeya que superó a la ficción, Jeter pegó hit en el último turno de su existencia y además en Fenway Park,  homenajeado por una salva de aplausos donde más lo odiaban en todo el mundo. Fue Aníbal aclamado en Roma, Jerjes cargado en hombros por las calles de Esparta.

El hombre de My Way tuvo “sus victorias y su cuota de derrotas”, como Jeter. Vaya si ganó. Pegó 3.465 hits para quedar sexto de todos los tiempos en las mayores. Conquistó cinco Series Mundiales, siete campeonatos de liga, 13 banderines divisionales. Atesora el premio al Más Valioso de la Serie Mundial de 2000, el Novato del Año, cinco Guantes de Oro, cinco Bates de Plata, 14 llamados al Juego de Estrellas, nueve de ellos como titular. Dejó promedio vitalicio de .310. Representó a su país en el Clásico Mundial. “Pensar que hice todo eso. Lo encuentro tan asombroso”, entonan a dúo el cantor  y el campocorto.

Y la inmensidad de Jeter no se construye solo con estadísticas. Fue capaz de derramar sangre por sus Yanquis, y es literal. ¿Recuerdan cuando se empotró en las tribunas y le pegó la cara a las sillas en su afán de atrapar un foul? Solo le importó hacer el out. Y de nuevo la analogía con My Way: “La historia muestra que recibí golpes, y lo hice a mi manera”. 


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Además, la naturaleza lo dotó de un sexto sentido para el juego, de la intuición de los peloteros únicos ¿O fue iluminación divina su asistencia providencial en la Serie Divisional de 2001 contra Oakland?  Y por si fuera poco tuvo la suerte de los campeones, como cuando un fly al right se volvió  jonrón por obra y gracia de un niño entrometido que con su guante de fanático le arrebató un out a Tony Tarasco en la Serie de Campeonato de 1996. Ese cuadrangular desvió el curso de la serie, condenó a Baltimore y empujó a Nueva York a su primer clásico de octubre en quince años.

Los Yanquis volvieron a ser los Yanquis con Jeter. Renacieron con Jeter y el resto del Core Four, del que era el último sobreviviente. De ahí el enorme significado de la presencia en su despedida de El Bronx de Mariano Rivera, Andy Pettitte y Jorge Posada. El retiro de Jeter, un Yanqui genésico, salido de las entrañas de la institución, representaba el fin de la última dinastía del club más ganador de las Grandes Ligas. Tal fue su envergadura que se llegó consigo “la voz de Dios”, la de Bob Sheppard, que tronó por última vez desde el más allá poco antes del teatral batazo del veterano de 40 almanaques.  

Tan glorioso y a la vez tan accesible. Recuerdo la única vez que lo entrevisté. Fue durante un spring training en el clubhouse del Legends Field, el predio primaveral de los Bombarderos en Tampa, Florida. Cuando me le acerqué temí que dijera que no tenía tiempo, o que lo tenía contado. En cambio respondió con un cordial ¡seguro!”. Pacientemente soportó mis balbuceos en inglés, que le dieron risa, al punto de decir: “Este chico necesita un traductor”.  Contestó, de buena gana, todo lo que le pregunté. Se tomó la licencia de gritarle a Bob Abreu, su compañero de equipo por entonces: “Hey, Bobby, aquí están preguntando por ti”.  

En una época en la cual el deporte es una industria y los atletas productos, Derek Sanderson Jeter, de Pequannock, Nueva Jersey,  es el héroe que le devuelve al juego  la fibra emocional que le da el ser. Y eso vale mucho. Porque a este negocio lo mueve la pasión de los fanáticos. Sin ilusión, sin corazón, no hay millones. Y Jeter llega al alma de la gente por su carisma y  entrega.

¿Derrotas? Tuvo algunas, pero pocas que mencionar, como cuenta un pasaje de My Way.  No fue Más Valioso, por ejemplo, ni campeón bate. Sufrió reveses duros, como perder la Serie de Campeonato de 2004 después de irle ganando 3-0 a los Medias Rojas.  Pero afrontó todo y se mantuvo de pie como dice la canción, su canción. Dentro de seis años, siempre como en My Way, Derek Jeter expondrá su caso, el cual, estoy seguro, lo llevará a Cooperstown en su primer intento. Y será inmortal, como siempre, a su manera.

Derek Jeter no era, nunca lo fue, el mejor pelotero de todos. Pero su aura, su aire mítico, su respetabilidad, su majestad, hacen de Derek Jeter un embajador del juego, un símbolo, un personaje  irremplazable en este momento.  Hoy no hay otro como él. Se fue Jeter y cada quien lo recordará… a su manera.  

PD

Y hablando de todo, como los locos, ¿Qué actor encarnará a Jeter cuando su vida llegue a la gran pantalla? Pueden dejar aquí sus nombres.    

Acerca del autor

Carlos Valmore Rodríguez

Periodista deportivo, especializado en la fuente de beisbol. Graduado en la UCAB en 1999. He trabajado en El Nacional, Líder, Meridiano, Unión Radio, IVC, Beisbolplay.

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