El 1 de agosto de 2012 yo también gané

Vivir de cerca el tercer oro olímpico en la historia de Venezuela trajo consigo algo más que una experiencia profesional.

Después de muchos tormentos, el día que supe que iría a cubrir los Juegos Olímpicos de 2012 tomé en cuenta que algo grande iba a suceder. Uno empieza a sacar sus cuentas por rankings, actuaciones en el año, marcas y posibles sorpresas de quienes en la delegación pueden dar la «campanada» en el evento más difícil de todos. 

Por ende, hace 8 años debía prepararme con un nivel de seriedad mayor y así lo hice. Sin embargo, siempre hubo una atmósfera especial, esa que por intuición te dice que debes estar en el lugar correcto, a la hora indicada. Por eso, el 1 de agosto de 2012 le dije a quien era mi productor las siguientes palabras: «Hoy se puede caer el mundo, pero nosotros no nos movemos de la esgrima». Fue como una especie de «plantón» especial, ya que lo que estaba en juego era un posible gran resultado, ya que Silvio Fernández y Rubén Limardo habían tenido unas temporadas de lujo, que les apuntaban como aspirantes al podio olímpico.

El día anterior, 31 de julio, en uno de los pasillos del London Excel (escenario de la esgrima en Londres) me encontré a Rubén Limardo. Al verme, como si se tratara de un presagio contundente, no vaciló en decirme «¡Epa, Juan! ¿Tú no me vas entrevistar? Estás al frente del próximo campeón olímpico». Yo por dentro moría de pena. Sí, ciertamente lo había visto cruzar un par de veces; pero respetando ese código no escrito en el periodismo del «día anterior a la competencia», no me atreví a irrumpir en la concentración del esgrimista nativo del estado Bolívar.

Archivo Sayago

Le tomé la palabra y le hice un par de preguntas y sus respuestas fueron contundentes. «Yo no vine a ganar experiencia, yo vine a ganar. Siento que voy a estar en ese podio escuchando el Himno de Venezuela», sentenció Limardo. Mientras tanto, yo no salía del asombro de percibir tanta seguridad en una persona quien en menos de 24 horas tenía que saltar muros para conseguir lo que en 100 años ningún latinoamericano había alcanzado. Un oro olímpico en la espada masculina.

El día de la gloria

Como si se tratara de una película, recuerdo haber tuiteado en mi cuenta: «Como diría Joan Manuel Serrat, hoy puede ser un gran día», mientras caminaba de la estación del metro a aquel encuentro con la historia. Había como un presagio diferente en medio de la lluvia, que siempre está presente en la capital de Inglaterra. 

Las horas pasaban tras cada combate, uno más emocionante que otro. Primero Ayman Fallez el egipcio subcampeón mundial juvenil, a quien Limardo le resolvió con marcador de 15 a 13. En el segundo combate, Rubén se midió frente al número uno del mundo en 2012, el suizo Marx Heizner a quien despachó por 15 a 11.

Pero, previo al enfrentamiento ante el italiano Paolo Pizzo, el ambiente se tornó dramático para mí. No sólo porque Rubén remontó 11 a 6 para terminar ganándole 15 a 12; sino que tuve que ir al departamento de objetos perdidos porque mi bolso con los viáticos, pasaporte y credencial habían desaparecido. Al llegar a ese lugar, una voluntaria italiana vio mi bandera colgada entre los hombros y me dijo: «Paolo es el campeón, lo siento por ti». A la italiana la volví a ver cuando toda la jornada terminó. Mi sonrisa frente a ella describió una especie de venganza intrínseca. 

En la semifinal no había puesto para los periodistas, así que como pude me fui hasta las gradas donde estaban los equipos nacionales. Ahí me tocó ver de nuevo muy de cerca a Weston Seath Kelsey. El espigado espadista que apenas un año atrás nos había dejado sin aliento en los Juegos Panamericanos de Guadalajara, cuando venció al mismo Rubén en la competencia individual y por equipos. Uno de los entrenadores gritaba: «Está muerto, está muerto». Mientras tanto, yo trataba de disimular, escondiéndome en la credencial de periodista, mis ganas de gritarle. Lo cierto es que ese 1 de agosto, como ya saben, el cuento tuvo un final muy distinto. 

Muchos hablarán del rival de la final, sin embargo Bartoz Piasecki era uno de los «outsiders» de la competencia. Su cupo fue el último de Europa y tras no hacer el equipo nacional de Polonia se nacionalizó noruego y representó a este país. Hoy, ya retirado, el profesor de matemáticas y árbitro de esgrima habla poco de su medalla de plata la cual tuvo una resonancia importante en este país.

¡Rubén ganó! Y ya sin voz lo esperé en la zona mixta donde hice una de las peores entrevistas de mi vida. La emoción me embargaba, sólo daba gracias a Dios por vivir ese momento, por permitirme estar apenas a metros de distancia de un logro sin precedentes. Limardo se convertía en campeón olímpico para Venezuela y apenas en el segundo de Latinoamérica, tras la victoria del cubano Ramón Fonts en 1924.

Archivo Sayago

Desde ese momento todo se convirtió en una celebración sin igual. Justo desde que sonó el Himno Nacional, hasta por la ya conocida historia en el metro y la posterior celebración en un hotel de Londres. 

Al salir de toda esta euforia me sucedió algo que jamás olvidaré. A las puertas de la estación del metro que me recibió en la mañana, le pregunté a Rubén que si podía ver su medalla, a lo que respondió: «Esto también es tuyo, póntela». Les juro que temblaba al ver esa joya en mi cuello, Venezuela sólo tenía tres en su historia y yo disfrutaba de una de ellas como recién salida del horno. De ahí hasta un lugar cercano en medio de la madrugada londinense tomamos un taxi (que no se quien pagó, por cierto) hasta el hotel donde las autoridades olímpicas esperaban al campeón. 

Trabajar con Rubén Limardo ha sido como ese 1 de agosto: una gran victoria, donde él ganó una medalla y yo a un hermano para toda la vida. Por eso digo que yo también gané.
Archivo Sayago

Un destino inesquivable

Ahí la euforia era total, todos querían una foto para el recuerdo. Mientras que Ana Carolina, su actual esposa, y yo acompañamos a la nueva personalidad del deporte, al más sonado. Recuerdo haberle prestado una tablet para ver los tuits y nos dimos cuenta que de mil seguidores aumentaba a doscientos mil y esto seguía en ascenso. Ahí me salió una frase del alma y le dije: «Necesitas a alguien quien te ayude a manejar estas cosas». Él respondió: «Tú mismo eres». Yo pude haberme dejado llevar por la emoción y aceptar el halago, sin embargo desde el fondo de la sinceridad le dije: «No estoy preparado para eso, siento que debes contar con alguien de mucha más experiencia. Gracias, pero yo no puedo». Incluso le llegué a recomendar a un colega a quien siempre he admirado por la trayectoria que tiene en este tipo de trabajo.

Esa conversación quedó hasta ahí. Pero, dos años después, llegó una propuesta formal por parte de quien es su guía deportivo, entrenador y gran maestro: Ruperto Gascón. Quería que empezáramos a trabajar juntos; así que llamó y me hizo la oferta de empleo más importante de todas. Me dio la responsabilidad de estar muy cerca de ellos, ha confiado en mí sin volver a tener que firmar un contrato o pagar una nómina. La confianza del maestro, no tiene precio. 

Trabajar con Rubén Limardo ha sido como ese 1 de agosto: una gran victoria, donde él ganó una medalla y yo a un hermano para toda la vida. Por eso digo que yo también gané.
Con Rubén y Ruperto / Archivo Sayago

Es así como me convertí no sólo en  el jefe de prensa o PR de uno de los atletas más importantes del continente; también asumí el compromiso de orientar con sinceridad a quien tiempo después se convertiría en parte de mi familia. Con Rubén y su tío Ruperto Gascón hemos sacado adelante proyectos. Con su fundación llevamos su mensaje más allá de la esgrima; hemos trabajado en la formación de los nuevos atletas de este deporte en Polonia y también aprendido mucho sobre deporte internacional.

Trabajando para Rubén Limardo hemos sorteado dulces momentos deportivos y personales. Así como otros en los que hemos tenido que enfrentar situaciones adversas, como el combate con Kelsey en Londres. Sin embargo, siempre ha salido la casta de un ser humano al que quizás pocos conocen en su esencia y a quien admiro por su sinceridad y deseos permanentes de aprender.  

Trabajar con él ha sido como ese 1 de agosto: una gran victoria, donde él ganó una medalla y yo a un hermano para toda la vida. Por eso digo que yo también gané. 

Trabajar con Rubén Limardo ha sido como ese 1 de agosto: una gran victoria, donde él ganó una medalla y yo a un hermano para toda la vida. Por eso digo que yo también gané.
Archivo Sayago

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