500 jonrones y 3.000 hits de Cabrera: ¿Dónde poner el acento?

En Grandes Ligas, 500 cuadrangulares y tres mil hits son títulos nobiliarios. Ya aristocráticos por separado, fusionados coronan emperadores. Entre más de 22 mil peloteros que han pasado por las mayores, únicamente siete portan ambos sellos reales. Uno de ellos es Miguel Cabrera, cacique del beisbol venezolano.

En menos de un año, Cabrera abrió ambas puertas del pasillo que conduce a la posteridad. En agosto de 2021 estalló por los lados de Toronto el jonrón 500. En abril de 2022 fluyó el incogible tres mil, un rolling al right field del Comerica Park de Detroit que iba saltando de alegría, preguntando por dónde se llega a Cooperstown. Ambos batazos fueron hacia la banda contraria, coto de caza de los faraones de este deporte. Son dos golpes de autoridad, si bien no valen lo mismo.

Aunque los firmantes de 500 vuelacercas son menos que los signatarios de tres millares de inatrapables, estos últimos tienen la sangre más azul ¿La razón? Los 500 para la calle se han “trivializado”, con el perdón del término. Entre 1920, cuando Babe Ruth inició la industrialización del jonrón tras casi medio siglo de bola muerta, y 2000, 16 jugadores alcanzaron la cifra. 16 en ocho decenios ¿Saben cuántos llegaron a esa meta en apenas 22 años que llevamos de siglo XXI?: 12, que pudieran ser 14 en 2025 si Nelson Cruz sigue ríspero y Giancarlo Stanton se expande.  


Lee también:


Mientras los jonrones florecen, los hits se marchitan. En 2022 no hubo un solo bateador de doscientos imparables. La zafra de 2004, por contraste, computó hasta ocho. Ese año se registraron 9.2 cohetes por desafío, tasa que bajó a 8.8 en 2010, a 8.7 en 2015, a 8,5 en 2018 y a 8,3 en 2021. De mantenerse esta tendencia declinante (en la cual las formaciones defensivas personalizadas y la demanda de tablazos largos por parte del mercado tienen incidencia directa) pasará mucho tiempo antes de que las compuertas que franquean el paso hacia el hemiciclo de los tres mil se abran de nuevo. Por eso, aunque la fracción de los tres millares sigue siendo más numerosa que la de los 500 (33 vs. 28), el comportamiento actual del juego nos conduce a afirmar que el botín de los tres mil incontenibles vale más que el cargamento de los 500.

Y pudiera uno atreverse a afirmar que también valen más para Cabrera. En más de una entrevista ha dicho el caudillo de los Tigres de Detroit que le gusta más ser un bateador de altos promedios que de muchos bambinazos. Los averages elevados están íntimamente vinculados con la abundancia y frecuencia de hits. Son su consecuencia. En este momento, Cabrera es el campeón bate de por vida entre los activos en el Big Show, con .310; y si el slugger diestro sigue enviando pelotas a terreno baldío con cierta regularidad, bien podría despedirse del beisbol entre los quince primeros de todos los tiempos en incogibles. Casi la totalidad de quienes aparecen en ese conglomerado han sido canonizados en el Salón de la Fama en su primer año de elegibilidad. Ese debería ser el destino de Miguel Cabrera, un enorme bateador quien ha logrado que dimensiones antitéticas como son el poder y el contacto dialoguen y confluyan en un gran río que desembocará en la eternidad   

Botón volver arriba