Cómo lo viví mi título en Pueblo Nuevo

Puedo recordar cada segundo de la escena en el camerino, luego de haber salido campeón en Pueblo Nuevo, en el Torneo Clausura del 2019. Prefiero guardarme ciertos detalles porque es un momento que está aún muy latente; pero todavía puedo sentir la emoción y nos merecemos exprimirla al máximo.

Quiero regalarle esa intimidad a mis compañeros porque lo merecen todo. Merecen cada alegría, merecen cada lágrima, merecen cada festejo. Lo que vivimos ese semestre fue visceral, no tengo otro adjetivo, las emociones salen desde lo más interno de nosotros.

Considero no ser una persona de picos altos y picos bajos con las emociones, trato de llevar una vida equilibrada. En las derrotas no soy de los que no habla y se obstina, ni de los que se encierra en la casa por la amargura del resultado. En las victorias tampoco soy eufórico, ni me atraganto de alegría, ni siquiera en esa final.

Me recuerdo en una esquina del camerino de Pueblo Nuevo, sentado en mi locker, con una cerveza en la mano que acompañaba mi sonrisa, que iba de oreja a oreja. Quería sellar ese momento en mi retina, quería experimentar mi atención en el momento presente al máximo. Reconocer la magnitud de lo que se había logrado, porque probablemente no viviré un momento como ese de nuevo.

Me recuerdo agradecido, viendo a los muchachos saltando con la Copa que iba de mano en mano vaciando sus emociones en ella. A lo mejor de eso se trata la madurez, de ser sereno en tus reacciones; suena aburrido, lo reconozco, pero ver como los demás se sienten plenos es lo que más me llenaba. El fútbol me enseña que hay algo más grande que simplemente patear una pelota y lo podemos encontrar tanto en las victorias como en las derrotas.

Era el tercer título seguido y merecía celebrarlo, pero sabía que teníamos un compromiso más grande por delante. Un compromiso que no te regalaba algún cupo internacional, ni tampoco un reconocimiento económico: era un compromiso con la historia, con la gloria misma. Reconocer esto me hacía poner los pies sobre la tierra.

El aprendizaje de esos quince días intensos es entender que el futbolista no es tan bueno como su último título. La realidad es que el futbolista es tan bueno como su último partido, esto aplica para todas las profesiones y en cualquier circunstancia de la vida.

Gracias fútbol.

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