Yo soy la decepción, Michael… mucho gusto

Tenía 28 años y tenía el trofeo Larry O´Brien entre sus brazos. Michael lloraba. Recordaba aquellos duelos uno contra uno ante su hermano. Sin embargo, por su mente también pasaba cuando le dijeron que no en su colegio. Tenía a su padre al lado, en aquel camerino del Coliseo de Los Ángeles. Atrás quedaban los odiosos Detroit Pistons y Los Ángeles Lakers. Chicago Bulls recibía menos aficionados que un equipo de fútbol sala en la ciudad de los vientos, daba un golpe de mesa en la historia de la mejor liga de baloncesto del planeta, cuando vencieron 4×1 en las finales al equipo de Ervin “Magic” Jhonson y compañía.

Michael Jordan nos entregaba el primer gran capítulo de su gloriosa vida dentro de las canchas. Plasmaba su gran sonrisa luego de siete años como profesional. Atrás quedaban los tiempos donde se iba a su cuarto con las manos vacías cuando le tocaba jugar contra su hermano Larry, uno contra uno en el patio de su casa. Luego de caer, Michael le decía a su hermano que jugaran otra… y otra partida, pero el resultado era el mismo.

También tenía presente otra decepción. Clifton ‘Pop’ Herring, coach del equipo de Laney High, donde estudiaba, hizo una convocatoria en noviembre de 1978: 50 muchachos para 15 cupos en dos categorías. Un tiro por debajo del promedio, buen manejo del balón, pero el problema más grande del joven Michael era el metro 77 centímetros que correspondía a su estatura.


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Jordan no hizo el equipo. Michael Jordan no hizo el equipo de baloncesto, léalo bien. Jordan no era lo suficientemente bueno para aquel proyecto de un deporte donde hoy es el ícono más grande. Es esto una prueba de lo volátil de la vida, de las vueltas de la misma. El dilema era cómo aquel hombrecito afrontaba todo lo que a su alrededor estaba sucediendo. Revisó dos veces el listado, nada, en la sección “J” no aparecía Jordan.

Era un entristecido muchacho, que recibía palizas en casa con su hermano. Recibía palizas fuera de ella en su entorno. Aún buscando, todo le era esquivo. Michael Jordan estaba en el inframundo. Luego de clases, cuando llegó a su cuarto, habitó en él. Espero a su madre para llorar, para drenar, para botarlo absolutamente todo, para dar el primer paso y entender cómo el corazón albergaba una negación, una derrota, más allá de la frustración.

»Fui a mi habitación y cerré la puerta y lloré’‘, dijo Michael Jordan. »Durante un tiempo no pude parar. A pesar de que no había nadie más en casa en ese momento, mantuve la puerta cerrada. Era importante para mí que nadie me escuchara ni me viera» le dijo a Bob Greene del Chicago Tribune a mediados de mayo de 1991.

Pero Michael forjaba en sus adentros una personalidad de hierro, aceptó ser quien llevaría los uniformes de sus compañeros. Jordan el “aguatero”, el utilero, todo esto con tal de ser parte de un equipo de baloncesto, con tal de estar ahí en la cancha. Hoy, el logo de su propia marca de ropa pudiera estar en los 30 equipos de la NBA.

Es su génesis, en el documental “El Último Baile” lo dijo. La bestia feroz lo pronuncia, te lo recalca, te lo deja claro. Es un maldito ganador. Si lo derrotas lo vas a ver buscando la forma de devolverte el golpe para siempre, de dejarte en claro cuál es su nombre y lo que hace y como lo hace. Michael Jordan te firma el último detalle, se fija su objetivo y va por él, una buena forma de nacer o de renacer es de las más duras escenas, circunstancias y capítulos de la vida. Nunca está demás el hombro y la palabra de la madre por supuesto, después de todo fue ella quien le dijo que firmara con Nike y no con Adidas como aquel novato de 1984 así quería.

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