Diez grandes estrellas de MLB que casi vinieron a la LVBP (pero no vinieron)

Parte uno

Quince miembros del Salón de la Fama de las Grandes Ligas prestigiaron el beisbol profesional venezolano, entre ellos Luis Aparicio, único connacional venerado en la basílica de Cooperstown. Pudieron ser dieciséis, si Tony Oliva hubiese honrado su “promesa”.

Por su estirpe inmortal, Oliva es la personalidad más conspicua en una ilustre comunidad desconocida, conformada por astros de las mayores que se aproximaron a la LVBP sin ingresar a su atmósfera. Es uno de diez casos que expondremos en este relato.

Primer caso: un olivar en Valencia

El cubano Oliva, exaltado hace siete meses al pabellón de los héroes de las mayores por el llamado Comité de la Era Dorada, ganó tres coronas de bateo en sus quince temporadas como bigleaguer. Se marchó a sus cuarteles de invierno con regio promedio vitalicio de .304 y suntuoso OPS ajustado de 131. En 1971 ganó la estadística de average en la Liga Americana con .337, pero 1972 lo vio participar en solo diez juegos para los Mellizos de Minnesota, su equipo de siempre. Fue cuando vino a Valencia y, para asombro de todos, anunció que se uniformaría con los Navegantes del Magallanes en noviembre, aunque no precisó año, siglo, ni milenio. A los 83 almanaques, Oliva ya no está en los planes de la Nave.

Juan José Ávila, expresidente de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional y jefe supremo en el Salón de la Fama del Beisbol Venezolano, guardó evidencia de aquel compromiso del toletero zurdo, cuya canonización se programó para este mes en Cooperstown. En su poder reposan recortes de prensa que sustentan el impactante ofrecimiento. También guarda una foto en la que se aprecia a Oliva, vestido de paisano, con un casco magallanero sobre la cabeza.

“Tony Oliva, el fenomenal pelotero cubano de los Twins de Minnesota….estuvo de visita en Valencia y aprovechó para posar para los fotógrafos con el casco del Magallanes. Tony manifestó que vendrá en noviembre para el Magallanes”, dice la reseña del diario El Carabobeño. Ha pasado medio siglo desde que Oliva dejó al galeón esperando en el muelle de San Blas.  

Segundo caso: el hombre de Alaska

En la temporada 1991-1992, John Carrillo era el gerente general de los Navegantes del Magallanes y pensaba sacarle punta al tratado de cooperación firmado con los Astros de Houston. En agosto de 1991 viajó a Texas para entrevistarse con Bob Watson, ejecutivo principal de los siderales.

“Watson me dio a elegir sobre una lista de prospectos disponibles para jugar en el Caribe. Eran peloteros que, a ojos de la organización, podían acelerar su desarrollo viniendo a la pelota invernal”, describe Carrillo. “El primero de esa lista era el pitcher derecho Curt Schilling (que acababa de llegar de los Orioles de Baltimore y ya tenía tres breves incursiones por el Big Show). Watson lo recomendaba especialmente y me dio el permiso para traerlo”.

Con la buena pro de los Astros, el siguiente paso era el más difícil: conversar con Schilling, “Hablé con él”, recuerda Carrillo. “Dijo que le gustaría, pero tenía asuntos familiares por atender que, a lo sumo, le permitirían venir dos o tres semanas. Al final no se dio la cosa y al año siguiente lo cambiaron a los Filis de Filadelfia. Schilling declaró luego en una entrevista que los Astros lo canjearon porque se había negado a jugar en el Caribe. Tiempo después lo abordé para recordarle el episodio y ratificó lo dicho”.



Con 3.116 ponches, Schilling ocupa el decimosexto escalón en el ranking vitalicio de abanicados en Grandes Ligas. En 2021, 71,1% de los votantes que eligen a los dignos de vida eterna incluyeron su nombre en la boleta, muy cerca del 75% que, como mínimo, se requiere para franquear las puertas de Cooperstown. Habría accedido de no ser por expresiones racistas y xenófobas que le restaron apoyo, pese a su efectividad ajustada de 127 tras veinte campañas arriba.  

Tercer caso: un zurdo con gran poder

En los años ochenta, Cardenales de Lara y Azulejos de Toronto fraguaron un convenio que facultó a los pájaros rojos para exhibir en Barquisimeto los pichones más vistosos del nido canadiense. A través de aquel pacto vinieron al Antonio Herrera Gutiérrez personajes como Jesse Barfield, Lloyd Moseby e incluso, años después, el imperecedero Roy Halladay. Otro producto premium de las bodegas de Ontario estuvo muy cerca de deleitar los paladares larenses, pero la operación quedó inconclusa.

“Teníamos todo listo para traer a Fred McGriff”, apunta Humberto Oropeza, patriarca de los Cardenales. “Pero a última hora prefirió ir a República Dominicana porque, si mal no recuerdo, tenía un amigo en Santo Domingo”. Una lástima. Entre 1986 y 2004, el inicialista y artillero siniestro despachó 493 jonrones, produjo 1.550 carreras y asentó en su hoja de vida un OPS ajustado de 134.  En su último año de elegibilidad para el Salón de la Fama, McGriff apareció en 39,8% de las tarjetas. Bastantes, pero insuficientes para envolverse en el aura de la posteridad.

Eso de que lo mejor es lo que pasa es un aforismo bastante discutible, pero en este caso se cumplió a plenitud. “En vista de que McGriff no aceptó tuvimos que buscar alternativas”, reseña Oropeza. El Plan B de Cardenales se llamó Cecil Fielder, Productor del Año, Jugador Más Valioso de la temporada 1986-1987 y todavía plusmarquista de cuadrangulares para importados en una campaña de este circuito (19), igualado con Bob Darwin y Delmon Young.     

Cuarto caso: un slugger bastante “jugoso”

En los prolegómenos de la temporada 2001-2002, John Carrillo llegó a la gerencia deportiva de Caribes de Oriente con la encomienda de fabricar el primer equipo campeón de la franquicia. Carrillo, como buen ingeniero civil, se dispuso a construirlo e hizo sus cálculos para erigir en Puerto La Cruz el edificio más alto de la LVBP. Audaz, empezó a tocar puertas aparentemente cerradas a cal y canto. Una de ellas se entreabrió y le pudo ver el rostro a un gigante.

José Canseco no tenía contrato en Grandes Ligas y me las ingenié para conseguir su teléfono”, precisa Carrillo. “Yo me lo imaginaba dando batazos como el que pegó en el Universitario durante la práctica de bateo de aquel juego de pretemporada entre los Rays de Tampa y los Bravos de Atlanta. El caso es que el hombre me atendió la llamada. No me dijo que sí, pero tampoco me dijo que no. Seguí hablando con su agente y al final me comentó que no quería arriesgarlo sin haberle conseguido trabajo allá”. Caribes no reinaría en Venezuela sino hasta casi una década después.

Aún en su decadencia, hubiera sido fascinante ver en la LVBP al primer pelotero capaz de golpear al menos 40 vuelacercas y robarse 40 bases en una misma campaña de Major League Baseball. Fueron 462 palazos a las gradas en 17 certámenes para el artillero derecho cubano. Ya fuera del sistema, Canseco se hizo delator y “escribió” un infame libro llamado “Juiced” (jugoso), dedicado a ventilar los pecados de varios de sus colegas. Ojo, que algunas de sus aseveraciones se comprobaron después.

Quinto caso:  un constante aspirante al Cy Young

Fred McGriff no fue el único gran pelotero de las mayores que pudo haberse puesto el uniforme de Cardenales de Lara y a última hora cambió de planes. Humberto Oropeza revisó sus archivos personales y se encontró otro caso.

“Estuvimos muy cerca de traer a Dave Stieb, pitcher derecho que aportó muy buenos números a Toronto”, desarrolla Oropeza. “Al final explicó que tenía algunos compromisos familiares pendientes y por eso prefería no venir. Stieb fue un tipo muy precoz, llegó a Grandes Ligas rápido luego de un breve paso por las menores. Tal vez pensó que no tenía nada que aprender en el Caribe y por eso cambió de parecer”.

Stieb tenía madera para ser Gengis Khan en este circuito. En sus 16 torneos como grandeliga tuvo cuatro nominaciones al Cy Young, siete convocatorias al Juego de Estrellas, puntuó tres veces en la escogencia del Más Valioso y su efectividad ajustada vitalicia quedó en 122, bastante por encima de la media, que es 100.

En la próxima entrega de Con Los Ganchos les contaremos los siguientes cinco casos, entre ellos una estrella caída en San Joaquín, un contenedor de 300 jonrones con destino a Maracaibo y un cargamento de oro con rumbo hacia Caracas.

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