Esperando que despierte de nuevo el gigante

El uso de razón en mi infancia cobró vida mientras uno de esos equipos de épocas marcaba una era. No solo por sus victorias, sino también porque era uno de esos equipos que revolucionaron el juego. Como el Ajax y el Barcelona de Cruyff, el Barcelona de Guardiola, el Madrid de Di Stefano, el Boca de Bianchi, la selección de España de Aragonés y Del Bosque… A mí me tocó tomar conciencia en el clímax de la época del AC Milan de los holandeses: Rijkaard, Gullit y Van Basten. El Milan de Baresi como capitán y Arrigo Sacchi y Fabio Capello como Míster.

 ¿Cómo no volverse tiffosi de este equipo? ¿Cómo no tenerle paciencia después de esos años de gloria?

En ningún momento hablé del día en que descubrí el fútbol, eso siento que siempre estuvo. Puede ser en mi carga genética, en karmas de vidas pasadas, en mensajes de Dios o en una semilla del Universo, o como lo quieran llamar; es un fenómeno que no podemos explicar los que amamos este modo de vida. Me refiero, al momento en que le di color a las investiduras de mis héroes: los colores rossonero.

Todo empezó con ese equipo de la región de la Lombardía de Italia conocido como el Milan de los holandeses, lo ganaban todo. En el transcurso de los años el equipo tuvo picos muy altos de rendimiento deportivo. Aparecieron ídolos como Baresi, George Weah, Boban, Roberto Baggio que, aunque estuvo por corto tiempo, fue uno de los mejores jugadores que vi en mi vida; Kaká, Seedorf, Pirlo, Nesta, Shevchenko… Todos acompañado de uno de los más grandes líderes referencia del fútbol mundial: Paolo Maldini. Que le dieron enormes alegrías a cada uno de los tiffosi rossoneri

Uno de los días mas emocionantes como fanático del fútbol fue en el año 2005. A la salida de la estación del metro Lotto Fiera, porque en aún no estaba lista la nueva línea del metro, y después de una larga caminata por la avenida Federico Caprilli, acompañado de una pared que bordea la acera y que obstruía mi visibilidad. Buscaba ver lo que desde niño siempre quise. Llegué a la esquina que doblaba y donde terminaba ese largo muro, ahí estaba: el gran estadio Giuseppe Meazza. Con sus grandes torres de caminerías en espiral, imponente, magnánimo, representativo. Tal cual lo imaginaba, pero con una presencia que solo la experiencia lo puede explicar. Lo que soñaba de niño el fútbol me lo permitió vivir, me lo regaló.

Fui dos veces al estadio ese año. El primer partido fue un Inter vs. Lecce con victoria interista por 3-0. Tan afortunado fue ese momento que pude ver a mi mayor jugador referente: Juan Sebastián Verón. Aparte, si todos sabemos que Luis Figo era un crack, ese día me dije: “este tipo es de otro planeta”, cuánta personalidad para jugar al futbol tenía.

El segundo partido fue el del Milan con el Fenerbache de Turquía por Champions League con victoria de 3-1. Fue un día inolvidable porque fui con mi viejo a la cancha después de haber comprado los boletos en la reventa. Fue el año en donde Kaká era una bestia, lo hacía todo, tenía una velocidad más que los demás, una aceleración como ninguna. Sin lugar a duda era el mejor jugador del mundo en ese momento. ¡Qué enorme experiencia la que viví!

Hoy el Milan está muy lejos de esos años. Cuando por fin pareciera que agarra un aire victorioso, cae de la misma manera que sube. Los motivos son muchos, pero el principal es en la parte de la dirigencia. Desde que cambia el alto mando dirigencial aun no adoptan una identidad, no se identifica un norte o un objetivo al que apuntar. Los tiffosis —como se le llama al fanático en Italia— se aferran a esos tiempos mozos, pacientes, esperanzados por vivir de nuevo esas noches de gloria. En donde la Piazza del Duomo se llenaba de fuegos artificiales rojos para celebrar unos de esos triunfos logrados, pero que hoy parecen cada vez más lejanos.

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