Los impala de San Lázaro

La segunda devoción más importante en Cuba, tras la Caridad del Cobre, se celebra cada 17 de diciembre. El Día San Lazaro, patrón de los enfermos. Por el que salen miles de cubanos en peregrinación a venerarlo o cumplir promesas. Un día como ese, pero de 1972, en medio de celebración y espiritualidad, nació en La Habana uno de los atletas más importantes de ese país.

Un hombre que fue capaz de hacer saltos imposibles, con una determinación infinita y una posta de roca ígnea en el carácter. Ese es Iván Pedroso, el hoy entrenador de dos de las mejores atletas de todo el orbe.

En los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 hizo explosión mediática lo que ya venía cosechando en medio de una temporada complicada post Covid-19. Dos de su equipo, a quienes ellos llaman el «Team Pedroso», alcanzaron la gloria olímpica. 

Ahí, en la grada, Iván Pedroso es el escultor de un podio casi perfecto en Tokio 2020. 

Es 1 de agosto de 2021. El oro y el bronce del triple salto femenino le pertenecen como entrenador. Por un lado la venezolana Yulimar Rojas, la deportista más importante en la historia de esta modalidad del atletismo, y por el otro Ana Peleteiro, toda una revelación de este deporte en España. Él es el orfebre, quien pone cada pieza de esa obra de arte moderno.

Ana Peleteiro y Yulimar Rojas.

Iván combina finamente el estilismo de Yulimar, quien pasa el metro noventa de estatura, y de Ana, quien está veinte centímetros por debajo de su compañera de equipo y rival.

«Lloré bastante ese día. Lloré mucho», recuerda un nostálgico Pedroso. «Se estaban riendo de mí las dos. ‘Está llorando, coach’, me decían. Me emocioné bastante, porque fue una competencia increíble. Ambas me tenían en mucha tensión. Lo planificamos así, primer intento sin nulo y bien largo, después buscamos el récord del mundo. Si se dan cuenta el primer salto de Yuli siempre es espectacular, después de ahí viene el récord olímpico. Yo ya sabía que no nos podíamos ir sin eso. Fue el mejor sitio, el mejor lugar, el mejor día, ¿dónde mejor que en unos Juegos Olímpicos?».

Iván Pedroso es un joven entrenador. En el próximo Día de San Lázaro celebrará apenas 48 años de edad. Físicamente, se conserva como en sus mejores días, cuando ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. Con ese ejemplo enseña a sus atletas. Cuando siente que no entienden una técnica, se pone los cortos y va a la fosa a decirles cómo se hace. 

«A veces salto, les demuestro a mis atletas que lo pueden hacer mejor y a veces no les gusta porque trato de hacerlo a la perfección. En ese momento se me quedan mirando y piensan, tenemos que hacerlo bien sí o sí. Hay atletas que tú les explicas y les cuesta trabajo entender lo que les estás diciendo, hay otros que les demuestras y lo pillan a la primera», dice Ivan Pedroso sin vacilar, pero sin pretender ser superior a su manada. De la que dice que también aprende.

Le consulta a su equipo sobre los trabajos de preparación en cada temporada, aunque su estampa es la de un frío coach que sólo dedica su tiempo a buscar la perfección. Asegura que les da la posibilidad a sus alumnos a que opinen dentro de sus planes de trabajo, lo que hace que las posibilidades de obtener más confianza se acrecienten. 

«Fui atleta y eso es importante como entrenador, porque sé en el momento que tengo que estar al máximo o en el que tengo que subir para llegar a un campeonato. Eso es lo que más me gusta, llegar a los eventos bien. Ese es mi fuerte, porque así aprendi con mi entrenador, que en paz descanse. Yo opinaba en las planificaciones, es algo que siempre me gustó. Mi entrenador me enseñó todo y lo que hice fue perfeccionarlo. La vida no se detiene y el desarrollo sigue», cuenta con orgullo.

Los impala como guía

Los buenos entrenadores obtienen datos casi que de cualquier situación en el entorno. Hay quienes escriben jugadas en servilletas, durante un almuerzo; otros pueden planificar un combate de esgrima con una foto. Sin embargo, Ivan Pedroso tiene una fijación, cuasi científica que le permite tomar desiciones a la hora de entrenar. 

«Me gusta mucho ver a los impala. Veo como desde pequeños hacen pliometría. Es increíble como lo hacen tan perfecto y acaban de nacer. Me pongo a analizarlos y a mirarlos. Me impresiona la dinámica de esos animales, lo hacen con una facilidad impresionante. Veo los documentales y me impresiono, paso mucho tiempo observando como casi ni apoyan en el suelo», revela curiosamente.

En el momento de su nacimiento, los impala, como mayoría de los cuadrúpedos, tuercen sus patas para poder caminar. Sin embargo, el instinto y la supervivencia, les hace reponerse fácilmente de esos defectos, producto de la inocencia e inexperiencia. De esta manera, se convierten pronto en seres muy rápidos y de saltos extraordinarios, que les permiten permanecer con vida en la cadena alimenticia. 

Lo mismo pasó con Yulimar Rojas cuando llegó a las manos de Iván Pedroso. La venezolana, en muchas oportunidades, lo ha descrito como un padre. El mismo que más allá de echarle la bendición, la corrige día a día para ser la mejor del mundo.

«Ella tenía los pies hacia afuera y para los triplistas no es bueno. Año tras año he ido cambiando el entrenamiento. Para mi ella es una hija, mi hija mayor. Tenemos compenetración, confianza y esa relación entre un entrenador y un atleta es lo más importante. Les digo a mis atletas desde el primer día que necesito confianza, ‘si confías en mí y yo en ti con eso tienes el 90%  ganado'», dice, sin vacilar, el cubano, mientras mira una y otra vez en su televisor, por YouTube, los saltos de su atleta más laureada. Es un ejercicio que, según él, hace todos los días. 

San Lázaro en la cabeza de la mejor del mundo

El éxito de Yulimar Rojas está ligado plenamente a Iván Pedroso. Después de aquel mensaje de Facebook que la llevo a entrenar a España, el cubano se convirtió en su guía, planificador, coach y algo más. La relación entre ambos es una sinergia notable, al borde de la pista o en un centro comercial de Guadalajara. Un gesto basta para que Yuli, a quien la fama y los récords le llegaron a muy temprana edad, lo entienda a la perfección. 

«Con Yuli, la parte psicológica la trabajo yo. Los primeros años ella vino con un colectivo de fisio, psicólogo, médico. Después ya no pudieron venir y comencé a ser su psicólogo. Yo hablo mucho con ella, si le preguntan te dirá que la regaño mucho. Siempre le digo que la vida es una sola, que hay que aprovecharla, que no debe salir de la línea. Trato de orientarla en todo lo que pueda», cuenta el San Lazaro de la venezolana.

Iván Pedroso junto a Yulimar Rojas.

¿Hasta dónde puede llegar Yulimar Rojas? Pregunté.

«Yuli tiene mucho camino por delante todavía. Está cerca de la perfección. Yo intentaré estar con ella al 100%, guiándola, observándola para que no se vaya de la línea, porque puede pasar. Somos humanos, no robots. Mientras yo esté voy hacer todos lo posible para que no se vaya de la línea. Si se da así, ella podrá lograr lo que quiera. Sin límites», resalta conmovido, sin vacilar, aquel hombre quien es de hablar poco y trabajar mucho, teniendo la disciplina como estandarte.

Indudablemente, detrás de esa pared de duro entrenador, se esconde un soñador eterno. Ese mismo que tiene como meta meter a tres triplistas en un podio mundial u olímpico. Iván y su «Team Pedroso» sueñan con lograr ese hito histórico que nadie ha logrado en el atletismo. 

«Soy fanático de lo que hago, ahora como entrenador más. De atleta era fanático de competir, de perfeccionar todo, la técnica, todo. Ahora soy fanático de perfeccionarme como entrenador. Mi sueño es tener a tres atletas en un podio de medallas. Ya tuve dos, me faltó una. Olímpico, Mundial y lo que venga. Eso no lo ha hecho nadie, son metas que quiero cumplir. Que se meta San Lázaro si es posible», afirma el cubano, dueño, además, de cinco medallas de oro en mundiales de atletismo.

Peleteiro, Pedroso y Rojas.

En las fotos del pasado reciente ha quedado para la historia aquella imagen de Peleteiro mientras abraza a Rojas en el estadio de Tokio. Fijada en las aspiraciones de un hombre que ha decido no poner limitaciones a sus aspiraciones como escultor de grandes resultados en el atletismo, específicamente en el triple salto. 

Hoy, en su manada de impalas, está de a ratos y por hobbie uno de los tesoros más grandes de Iván Pedroso: su hija menor. Desde ya está coqueteando con la disciplina.

Me atrevo, ahora, a preguntarle en el rol de padre, ¿qué opinaría si su hija tiene el sueño de ser bailarina y se comunica por Facebook con uno de los mejores coreógrafos del mundo? A lo que respondió: «Que cumpla sus sueños, solo eso. No debe dejar que se le escapen los sueños por nada, sea bailarina, ingeniera o doctora, nunca la voy a obligar a hacer algo que no le guste. Ahora está en atletismo, lo hace bien. Pero quiero que siempre haga lo que le guste», se despide de la conversación, un hulmide San Lázaro.

50 comentarios

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