La alegría que paralizó las grietas en Argentina

Buenos Aires está de fiesta. Argentina celebra después de 28 años de sequía, duelos futbolísticos y los efectos de una pandemia. Su selección les ha dado la alegría que tanto esperaban. Por fin pudieron gritar el título que cuatro veces se les fue de las manos

El sábado 10 de julio, en la capital porteña, la brisa soplaba con sutileza, el invierno parecía primavera. Las personas salían a la calle como un día más, con la alegría de ver un cielo despejado y el recuerdo de que a la noche jugaba la de Messi. Sí, porque aunque Argentina es una selección, muchos la asocian con el rosarino. 

Brasil era el gran rival a vencer, el mismo con el que perdieron en 2004 y 2007. Los favoritos por tener muchas figuras y estar en casa. Todos hablaban del partido. Las cábalas salieron a flote, y también los planes de hacer asados o pizza casera. Pocos buscaban cambiar de rutina, la idea era repetir los mismos que hicieron en los anteriores partidos. 

Sin embargo, los menos cabalísticos y algunos extranjeros se reunieron en los bares de la ciudad. El plan fijo era ir al Obelisco si la albiceleste ganaba. Poco se escuchaban las apuestas, sí se sentía la adrenalina y el morbo de volver a una final con los brasileños. 

La final empezó y el silencio se hizo dueño de la ciudad. La única bulla fue al minuto 22 cuando Ángel Di María sorprendió y anotó un gol de sombrerito. El grito fue uno, el de millones de argentinos, pero en un solo instante y volvieron al vacío de la tensión. 

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El tiempo pasaba y cada vez el juego aumentaba la adrenalina. Un fanático del fútbol subió el volumen de su televisor. Él quería estar pendiente de lo que ocurría en Río de Janeiro, mientras que la emoción también lo hacía girar su mirada hacia la ventana. Algo le decía que apenas terminara todo iba a estallar. 

El principal pitó el final. Lionel Messi se arrodilló y todos sus compañeros corrieron tras él. La copa que tanto se le había negado por fin era suya. En Balvanera, un barrio de Buenos Aires, los vecinos gritaban por las ventanas. El fanático sonreía al ver la premiación, como millones de argentinos e inmigrantes que sienten este país como su casa. Los gritos se mezclaron con el sonido de las cornetas y los cohetes que anunciaron el título. 

La albiceleste borró las grietas de Argentina

Lionel Messi nació con el sello de ser argentino y durante mucho lo compraron con Diego Armando Maradona. La figura que le regaló una Copa del Mundo a su país. El hombre que al morir provocó que toda una nación llorara por él. Solo él había hecho que la grieta entre River y Boca se olvidara por minutos, solo él hizo que izquierda y derecha hablaran del mismo tema. 

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Y sí, Argentina es ese país polarizado en el que blanco o negro parece la única opción. Sin embargo, el fútbol, la selección y Messi hicieron de las suyas. «Esta fue la única manera de unir al país», dice Leopoldo aún sorprendido por lo que ha vivido. 

Después de ver al rosarino alzar la copa, él decidió agarrar su cámara e ir al Obelisco. El lugar donde siempre se celebran los triunfos, y también las protestas. Esta vez, al igual que cuando falleció Maradona, no había una división por camisetas. Todos iban con un mismo sentimiento.

El transporte público estaba abarrotado. Inusual para las 11:30 de la noche, pero común para la ocasión.  Miles de personas querían llegar al Obelisco, la sede de la fiesta que no necesitaba invitación.  Por cosas de la vida, un autobús pasó vacío y ahí se fue el fanático junto a su novia. En Once, una zona en la que solo se transita en el día, pasaba un río de gente. El tráfico estaba paralizado. Solo veía un estacionamiento y tuvo que unirse a la multitud.

Al caminar miraba rostros de felicidad. Nunca había visto tantos. La alegría desbordaba por los ojos de quienes, hayan visto o no el último título de su selección, sentían que pasaron toda una vida para celebrar una copa. Y no cualquier copa, sino la de Messi, el ídolo de todos. 

La última vez que había escuchado gritos en los balcones fue en 2017. En Caracas, la capital de Venezuela, muchos madrugaban para ver a la Vinotinto sub 20 en el Mundial. De una u otra manera, él se sentía como en casa, aunque jamás había visto a tantas personas concentradas en un mismo lugar. 

Un desahogo de alegría 

La avenida Corrientes, conocida por sus teatros, se convirtió en la alfombra roja que conducía al icónico Obelisco. El fanático, que dejó su casa para ver cómo se festejaba en uno de los países más futbolero del mundo, pensó que no llegaría al monumento. Sin embargo, para su sorpresa, sin que ninguna autoridad lo organizara, las personas hicieron un circuito que le permitió acceder al lugar. 

La gente no buscaba concentrarse en el Obelisco, solo querían tener la foto para el recuerdo. Después cada uno retrocedía para seguir el festejo. En cualquier esquina donde hubiese un tambor, ahí había celebración. Todos cantaban, gritaban y hasta recordaban a Brasil o Inglaterra. De una u otra manera también deseaban que los ingleses cayeran en la final con Italia en la Eurocopa. Y se les dio. 

Desde jóvenes que jamás vieron una copa, hasta los abuelos que recordaban a Maradona se unieron al festejo. Perros con la 10 de Messi, bebés que no sabían dónde estaban, pero que sus padres en unos años se lo recordarán. Todos con alegría, con esa que contagiaba hasta el que menos ve fútbol en Argentina. 

Los argentinos necesitaban expresar ese amor que tenían ahogado en el corazón por su selección. Esos gritos que no pudieron hacer en la final de Brasil 2014 o las últimas dos finales de la Copa América con Chile. Algunos bailaban mientras otros dejaban que su arte hablara por ellos. Y es que el asfalto de las avenidas se convirtió en lienzo para pintar a los héroes de esta victoria ante Brasil. 

Pese a que algunos terminaron arriba de los semáforos, la mayoría solo quería un festejo sano. Se olvidaron del COVID-19, tanto que los tapabocas quedaron a un lado. Lo que también generó críticas de quienes no estuvieron de acuerdo con la aglomeración de personas. Porque si bien todos en Argentina están felices, no todos aplauden lo que ocurrió en el Obelisco. 

La albiceleste fue lo que más resaltó en el lugar, en las calles o en las ventanas. La alegría de celebrar la independencia el viernes 9 de julio se extendió un día más. La selección de fútbol les devolvió la felicidad y un grito que de una u otra manera los hizo sentir libres. 

Así de libre y emocionado se sentía Leopoldo Carrasquero, el fanático del fútbol que subió todo el volúmen de su televisor, el mismo que quedó anonadado por tanta alegría. El muchacho venezolano que sin ser argentino festejó porque siente la tierra del tango como propia. Porque si algo deja la inmigración es el cariño por quien te abre las puertas como si fuera tu casa. 

La alegría de Argentina era de sus ciudadanos que viven el país y los que están regados por el mundo. También era de los que hace años o pocos meses decidieron adoptarla como su segunda patria. Sin grietas, sin divisiones, solo con el amor de ver una alegría que une y contagia. 

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