Miguel Cabrera: así se gestó una carrera que terminará en la eternidad

Miguel Ángel García aún tiene los ojos amoratados por las cachetadas que le propinó Miguel Cabrera antes de firmarlo para los Marlins de Florida, 22 años atrás.

No fueron bofetadas en sentido literal. Es un método de scouteo que el exgrandeliga y afamado reclutador venezolano tomó prestado de un colega. “Ese compañero siempre dice que uno no debe fabricarse una percepción, sino esperar a que el beisbol te dé una cachetada, algo que te sorprenda. Y Miguel me dio muchas cachetadas cuando era un muchacho de 14 años de edad”.

Pasaron los años y aquel púber que sacudió a García terminó inflamándole el rostro también a los mejores pitchers del mundo en un recorrido que acabará sobre el altar mayor de las Grandes Ligas. Así estaba escrito. A nadie que haya visto a Cabrera en su periodo gestacional como pelotero le sorprendió que se transformara en el mejor beisbolista venezolano de todos los tiempos.

Cinco herramientas de Cabrera impresionaron a todos los cazatalentos que lo escanearon antes de convertirse en un profesional: tamaño, bateo, manos, brazo e instintos para jugar el beisbol. “Era un pelotero fácil de evaluar, tan especial que no podía fallar”, asegura Rolando Petit, ojeador que rastreó al slugger de los Tigres de Detroit desde que tenía 13 años de vida.

Comencemos con su bateo…

Un Bambino adolescente

A Miguel Ángel García, que lo vio por primera vez jugando para los Tigres de Aragua en el Programa de Desarrollo de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (la liga paralela, para que nos entendamos) le sorprendió, de entrada, la forma como el adolescente maracayero practicaba su swing. “Siendo diestro empezó a batear del medio a la derecha y eso no es normal a esa edad. A veces hay que recordárselo a los profesionales. Y él lo hacía a los 14”.  

“No solo era que bateaba hacia la derecha. Es que lo hacía con la fuerza de un slugger zurdo”, agrega Petit.  Según Enrique Brito, otro explorador, la presencia de aquel chico “paraba las prácticas a los 13 años de edad”.   

“Juegas como practicas”, se oye con frecuencia en los corrillos del beisbol. Y esa preparación previa al partido que asombró a Miguel Ángel García desembocaba en inauditas exhibiciones de poderío frente a pitcheos reales que dejaron boquiabierto a Germán Robles, el scout de área de los Marlins en la zona central de Venezuela. Él y Josman Robles le dieron el mensaje a García y lo alertaron sobre la existencia de un superdotado que crecía en el estado Aragua.    

“En una oportunidad, cuando tenía 15 años de edad, Miguel iba a jugar en el José Pérez Colmenares de Maracay y le dijo a Goya, su madre: ‘si vas a ir al baño ve de una vez porque en el segundo inning te voy a regalar de cumpleaños un jonrón. Y lo voy a dar con bate de madera’”, cuenta Germán Robles, quien fue testigo presencial del episodio. “Lamentablemente la mamá se distrajo en las tribunas hablando con un scout que la abordó, pero Miguel cumplió con un batazo como de 460 pies, a las torres de iluminación. Anunció un jonrón, a lo Babe Ruth”.

“Es que era especial”, insiste Petit. “Él una vez me dijo: ‘a veces veo venir la bola lento’. Le tirabas diez pelotas en una práctica y sacaba doce. Era un show”.

Como el Gato, pero con contacto

Los scouts, al proyectar a prospectos excepcionales, los cotejan con estrellas consagradas del beisbol a las cuales pueden llegar a parecerse. Es una manera de mostrar el tipo de jugador en el que pueden transformarse al alcanzar la adultez para que la organización vea con más claridad la calidad del atleta.

Los que hicieron el ejercicio comparativo con Cabrera tuvieron que calcar la Capilla Sixtina. A Miguel Ángel García le vino a la mente Andrés Galarraga en versión corregida y aumentada. “Un Galarraga, pero con contacto, con poder productivo, más que poder bruto”, recuerda García. Enrique Brito evocó a Alex Rodríguez. Y Enrique Finol a Adrián Beltré.

Brazo cual bazuca, manos de terciopelo

La referencia al dominicano Beltré, un muro de contención en la tercera almohadilla, nos conduce a otras dos cualidades extraordinarias que ya ornaban al futuro astro venezolano: sus manos y su brazo. “El brazo de Miguel era potente al punto de que pitcheaba a 90 millas por hora”, cuenta Germán Robles. “Dejó de lanzar porque escuchó a un scout decir que, si no bateaba, podían firmarlo como pitcher. Él lo que quería era batear”.

Cabrera cautivó a los observadores con la suavidad de sus manos, que envolvían la bola con prodigiosa fluidez. Por eso jugaba campocorto, aunque todos sabían que solo haría una escala en el fondo del abanico. Miguel Ángel García y Rolando Petit lo visualizaron ganándose el Guante de Oro en la antesala. “Yo hasta lo puse en el reporte”, admite García. “De vez en cuando lo releo y creo que eso fue lo único que no se cumplió”.

Una mente brillante

Una de las mayores cualidades de Miguel Cabrera es un intangible: el coeficiente intelectual beisbolero, los instintos, la agilidad mental para jugar a la pelota. Germán Robles no olvida lo que pasó un día en el estadio Esteban Kinsler de Cagua, a menos de veinte kilómetros de Maracay.

“Él tenía 14 años de edad y jugaba para la escuela de su tío, David Torres. Estaba cubriendo como shortstop y el equipo contrario tenía hombres en primera y segunda con dos outs. Dieron una línea entre center-left y el corredor que estaba en primera tuvo que frenarse para no alcanzar al otro. Miguel cortó el tiro y en vez de irse por home disparó a tercera. Le dijo al árbitro: ‘ompayita, out aquí y la carrera no entra porque no había llegado’. Es muy difícil encontrar una visión de juego así en alquien tan joven. Me hizo recordar a Omar Vizquel”. Sí, el mismo Omar Vizquel al que Cabrera acaba de superar como el criollo con más hits en las mayores.

  

“Todavía me sorprende cómo juega con la mente de los lanzadores de las Grandes Ligas”, coincide Miguel Ángel García. “A veces él le hace creer al pitcher que no puede con determinado lanzamiento para que se lo vuelva a tirar y ahí castigarlo. Es un don inusual. Pasó una vez con Danny Salazar, de los Indios de Cleveland. Le hizo ver que estaba atrás en el swing con la recta para que se la repitiera. Y cuando se la repitió, se la botó. El otro pelotero al que yo vi hacer algo similar fue Carlos “Café” Martínez”.   

Rodolfo Hernández, expelotero profesional y reconocido instructor, recuerda cuando buscó a Cabrera en el liceo Andrés Bello de Maracay, donde Miguel cursaba bachillerato, para llevarlo a la escuela de pelota que los Mellizos de Minnesota fundaron en Bejuma, Carabobo. “Hablamos con el director del plantel y nos dijo: ‘pueden llevárselo, porque con las notas que tiene ya aseguró aprobar el año’. Miguel es muy inteligente”, enfatiza Hernández. 

“Había un premio creado por la Gobernación de Aragua al estudiante óptimo y Cabrera se lo ganó”, interviene Brito. “Fue seleccionado para ir a Atlanta con gente de la Asociación Mundial de Boxeo a ver una pelea de Evander Holyfield”.

Esa inteligencia de Cabrera hizo que sus padres desearan mandarlo a la universidad. “Queríamos que estudiara ingeniería petrolera, porque iba a tener bastante oferta laboral”, contó una vez su padre. El destino le deparó otra cosa. El bate fue su balancín. El diamante, su yacimiento. Las líneas de cal, su oleoducto.   

Una lucha palmo a palmo

Nadie que supiera de pelota permanecía indiferente frente a la luminiscencia enceguecedora del gigantón de La Pedrera. “Era 1996, o 1997, y estaba en Hermosillo, México, scouteando un mundial”, relata Enrique Brito.

“Mike Brito (venerado scout de los Dodgers de Los Ángeles) me comentó que estuvo viendo en San Luis un torneo de niños de 12 y 13 años y me habló de un shortstop venezolano. ‘Ese va a ser el próximo fenómeno de allá’, me aseguró. Luego el doctor José María Pagés, presidente de los Tigres de Aragua, me comentó también, que le dijo el directivo principal de la Asociación de Beisbol del estado, que había un muchachito campocorto que valía la pena firmar. El muchachito del que hablaba Pagés y el chamo al cual se refería Mike Brito eran la misma persona: Miguel Cabrera. Ahí se procedió a buscar su firma con los Tigres de Aragua, en la cual fue importante Rodolfo Hernández», RECORDÓ.

«Una vez le dejé una deliciosa sopa servida a mi esposa para llegar a tiempo a verlo jugar. A los 13 años ya era impresionante verlo”, aún tiene presente aquel recuerdo, sobre Miguel Cabrera, Erique Brito.

Todos los scouts de Grandes Ligas acreditados en Venezuela perseguían a Miguel Cabrera como un enjambre de abejas africanizadas. Pero los zánganos no fertilizan. Solo las reinas tienen ese privilegio. En este panal había cuatro en capacidad de polinizar a Cabrera.   

Lo que el viento se llevó

Los Bravos de Atlanta estuvieron cerca de quedarse con él. La labor de inteligencia quedó a cargo de Rolando Petit. “Lo venía siguiendo desde los 13 años por recomendación de José León, quien era mánager de la selección infantil de Venezuela”, menciona Petit. “Recuerdo que a su papá lo invité a comer helado en el primer McDonalds que hubo en Maracay y como a Miguel le encantaba el pollo a la Broaster siempre nos reuníamos en un restaurant que está en la avenida Las Delicias de Maracay”.

“Desde el principio le dije a los jefes que a ese muchacho había que firmarlo”, prosigue Petit. “Ya sabíamos que tenía sobre la mesa una oferta de 1,8 millones de dólares y los Bravos habían aprobado pagar 1,5 millones. Planteé el caso y el director de Scouteo Internacional me llamó para decirme: mejora la oferta. Pero luego me preguntó: ‘¿de verdad crees que un muchacho latinoamericano de 15 años de edad vale más que lo que le estamos ofreciendo? Total que se aprobó ofrecerle 1,6 millones. Nos quedamos cortos. Eso me frustró mucho porque trabajé duro por su firma, desde que tenía 13 años de edad. Recuerdo haber tenido una amarga discusión con los jefes por Miguel”.

Parto de gemelos

En los mentideros del scouteo corría la especie de que los Mellizos de Minnesota se iban a apoderar del cofre del tesoro. El hecho de que Enrique Brito, scout de la organización, fuese, a su vez, gerente de los Tigres de Aragua, el equipo de Cabrera en el beisbol venezolano, le confería ventaja a los Twins. Además, Rodolfo Hernández, por entonces mánager en el escalafón de novatos de la organización, conocía a la familia Cabrera.

“Cuando se los mostramos a los jefes ellos mismos concluyeron que su firma iba a costar dinero porque su brazo, manos y fuerza al batear estaban muy por encima del promedio para su edad”, expone Hernández. “Por eso, a mitad de temporada en Estados Unidos, me mandaron a Venezuela a apoyar con el seguimiento. Fue cuando se produjo la firma con los Tigres de Aragua, un paso que dimos junto con Enrique Brito para ver si podíamos tener un poco más de control sobre la negociación”.  

“Al final no fue posible”, lamenta Hernández. “Ese mismo año la organización le dio seis millones de dólares a Joe Mauer luego de escogerlo en el draft de junio. Además, se firmó a otros dos jugadores por casi dos millones de dólares cada uno”. No alcanzó la plata para firmar a Miguel.  

“Él esperó por nosotros”, apunta Enrique Brito. “Hablé con Terry Ryan y me dijo que no teníamos el dinero para firmar. La familia fue fiel a nosotros y a otra organización que estaba negociando con él porque Camilo Pascual, de los Dodgers de Los Ángeles, estaba en el hotel Pipo de Maracay esperando para ofrecerle más de dos millones de dólares”.

Fue entonces cuando los Marlins pescaron al pez gordo.

Pesca de altura

Para muchos fue una sorpresa que los Marlins de Florida, una divisa que menos de dos años antes desmanteló el equipo que ganó la Serie Mundial de 1997 para reducir gastos, hicieran fuerza para alzarse con la joya aragüeña. Para eso se valieron de todo su personal desplegado sobre suelo venezolano.

Josman Robles, instructor de bateo dentro de la organización, lo seguía de cerca en el Programa de Desarrollo de la LVBP, pues lo veía como adversario en juegos contra la filial de los Leones del Caracas. Y Germán Robles, el scout de área, conocía desde niño a Miguel, pues tenía vínculos con su familia.

Cuando García lo vio por primera vez haciendo jugadas especiales en el campocorto, bateando con fuerza hacia el rightfield y disparando misiles Scud desde las paradas cortas, supo que estaba ante un prodigio. Ahora faltaba que le aprobaran el presupuesto para prevalecer sobre el resto de las franquicias de MLB.

“Nosotros no fuimos tomados en serio al principio como contendores por la firma de Miguel. Teníamos fuerte competencia de Atlanta, Dodgers y Mellizos”, asevera García. “Pero teníamos la orden de John Henry (quien acababa de adquirir el equipo) de ser agresivos en el mercado. En las reuniones invernales del año anterior a la firma de Miguel (que se protocolizó en 1999) el gerente general Dave Dombrowski nos reiteró la instrucción de conseguir al mejor pelotero internacional. Esa fue la parte fácil. La difícil fue convencerlos de que el mejor pelotero internacional sería un venezolano de 15 años de edad”.

Los Marlins enviaron a Suramérica a un peso pesado de la institución, Al Ávila, director de Scouteo Internacional, a verificar si en verdad sus exploradores habían descubierto El Dorado en Venezuela. “Lo llevamos a ver jugar a Miguel en el estadio de Cagua y allí Cabrera le abrió los ojos al señor Alberto Ávila”, rememora García. 

Pero estos procesos no son lineales. Hay meandros. Uno le hizo pasar un susto a Miguel Ángel García. “Me llevé a Cabrera al núcleo de la Universidad Central de Venezuela en Maracay para que lo viera uno de los jefes y ese día le fue muy mal en la primera ronda de bateo porque se lastimó una muñeca jugando volibol. Empezaron las dudas. Alguien me dijo que si algo salía mal podía perder mi trabajo, pero yo sabía lo que estábamos haciendo y que no me iban a botar. En las siguientes rondas Miguel se vio mucho mejor”.  

Una decisión ajena a los Marlins los ayudó a reclutar al deslumbrante prospecto venezolano. Cabrera estaba en la preselección para representar a Venezuela en un torneo mundial. “Pero no hizo el equipo porque no corría”, evoca García. “Eso nos convino a mantener nuestra negociación con perfil bajo. Si él hubiera ido a ese Mundial la competencia habría sido más feroz”.

Un as bajo la manga

Los Marlins ya se habían prendado de Cabrera, pero faltaba que Cabrera se rindiera ante los encantos de los Marlins. Le sobraban pretendendientes y estaba en posición de escoger. Entonces los Marlins apelaron a un arma secreta.

“Alex González nos ayudó a convencerlo”, asegura Miguel Ángel García. “En ese momento Alex era nuestro campocorto titular y ellos tenían afinidad porque sus mamás jugaron softbol. Llamó a Cabrera para explicarlo lo bueno que sería para él firmar con los Marlins”. García no sabe qué le dijo González. Lo cierto del caso es que Cabrera, que según los rumores recibió una oferta económica mejor que la de Florida, se enlistó con ellos el 2 de julio de 1999. “Fue un orgullo verlos ganar juntos la Serie Mundial de 2003”, se solaza García.

Más de dos décadas después de aquel proceso para transformarlo en pelotero de profesión, Miguel Cabrera camina inexorablemente hacia el frontis de Cooperstown, hogar de las deidades del beisbol. Ningún elogio resultó exagerado ni desmentido por la realidad.

Todavía hoy, Miguel Ángel García (que ahora tiene un alto cargo en los mismos Tigres de Detroit de Cabrera) Germán Robles, Rolando Petit, Enrique Brito y Rodolfo Hernández se sientan a ver jugar este hombre que, a los 38 años de edad, se encuentra en el otoño de su carrera.

“Creo que ya está haciendo un swing diferente”, dice García. “Pienso que sentía presión por superar en hits a Omar Vizquel y que podrá recuperarse”. Lo mismo piensa Petit. Aún en su ocaso, el muchacho que deslumbró a los detectores de talento tiene destellos de esas dotes que lo llevaron a ser, muy posiblemente, el más exitoso de todos los deportistas venezolanos. Hasta en sus horas bajas hay que cuidarse de que nos cruce la cara con una de sus “cachetadas”. 

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