MLB: cuando son los jefes los que meten la pata

Resulta inconcebible que, a este punto en la escala evolutiva de la industria deportiva, haya gente que no entienda que las palabras acarrean consecuencias. Uno puede entender, y hasta disculpar, que a un pelotero joven, inexperto, impulsivo, se le escape alguna necedad de los labios. Ahora bien, que en el siglo XXI haya encumbrados ejecutivos que hablen antes de pensar es, sencillamente, inexcusable. Acaba de ocurrirle al presidente del equipo de MLB, Marineros de Seattle, Kevin Mather. Y pagó cara su liviandad.

Este accionista de uno de los treinta equipos del béisbol de Grandes Ligas creyó que nada pasaría luego de quitarse el filtro al dirigirse a miembros del Rotary Club a través de una conferencia de Zoom. En esa conversación, a Mather pareció gustarle hacer de terrible, a despecho de su edad y posición. Declaró, henchido de orgullo, que su organización manipula el tiempo de servicio de sus prospectos, una práctica extendida entre los clubes de las mayores, pero inadmitida en público.

Palabras de Mather hacen eco en MLB

Para más inri, Mather fusiló por su mal inglés, y luciéndose para el público de galería, al prospecto dominicano Julio Rodríguez, a quien menospreció como jugador en su discurso; y sometió al escarnio público al lanzador japonés Hisashi Iwakuma. “Maravilloso ser humano, su inglés era terrible”, dijo. “Quería volver al juego, vino a nosotros…. Viene a los entrenamientos de primavera. Y voy a decir, estoy cansado de pagarle a su intérprete. Cuando era jugador, le pagábamos a Iwakuma ‘X’, pero también teníamos que pagar 75.000 dólares al año para tener un intérprete con él. Su inglés mejoró de repente. Su inglés mejoró cuando le dijimos eso”.

El aluvión de críticas a estos excesos verbales obligó a Mather a renunciar. Si un presidente comete en semejante dislate, ¿cómo extrañarse de la incontinencia verbal de un Trevor Bauer o un Bryce Harper?

La dueña “trumpista” de los Rojos

Mather no es el primer ejecutivo de MLB que se puso “wild” delante de un micrófono. Y seguramente no será el último. El caso más prominente fue el de Marge Schott, la filonazi expropietaria de los Rojos de Cincinnati que decía cosas que ya, hace treinta años, eran escandalosas y simplemente intolerables.

La señora Shott llegó a referirse a Eric Davis y Dave Parker, dos estrellas afroestadounidenses de los Rojos, como “mis negros de un millón de dólares”. Declaró una vez que “preferiría tener a un mono entrenado que contratar a un negro”. Hizo menciones peyorativas de los judíos y de los hombres con zarcillos. Odiaba a las feministas, y estas a ella por comentarios como el siguiente: “Algunos de los mayores problemas en esta ciudad (Cincinnati) son causadas por mujeres queriendo dejar el hogar para irse a trabajar”. La señora Shott era Donald Trump antes de Donald Trump, pero sin redes sociales ni botón nuclear. Cuando hizo apología a Adolf Hitler (“Todos saben que fue bueno al comienzo”) colmó la paciencia de MLB y tuvo que ceder el control del equipo.

No fue ella la única dueña que hizo ruborizar al negocio del beisbol en Estados Unidos. George Steinbrenner, el irritable propietario de los Yanquis de Nueva York de MLB, hizo las delicias de los tabloides con sus salidas de tono, como cuando llamó “sapo gordo” al pitcher japonés Hideki Irabu o cuando se lio a puñetazos con Billy Martin, el mánager de su novena. MLB tuvo que disciplinarlo también.

George Steinbrenner / AFP

Fred Wilpon exdueño de los Mets en MLB

Hace una década Fred Wilpon, el antiguo poseedor de los Mets de Nueva York de la MLB, tampoco supo coserse los labios y la emprendió contra algunas de las figuras de su novena, entre ellas el jardinero boricua Carlos Beltrán, de quien dijo que, como pelotero, “no era ni el 65% de lo que había sido”.

Y la lista continúa. No han sido pocas las veces en las cuales gerentes y propietarios, supuestamente dotados de sindéresis y en teoría conscientes sobre qué decir y cuándo callar, pierden los papeles y, con ellos, su puesto, o al menos su prestigio. Manejar dinero demanda, entre otras dotes, autocontrol y prudencia porque las destemplanzas e imprudencias cuestan plata. Sobre todo ahora, cuando una palabra mal dicha te pone en la picota en un dos por tres.

Fred Wilpon / AFP

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