La “negra” historia del Terremoto Ascanio

El drama de Carlos “Terremoto” Ascanio me dio la “malvenida” al periodismo deportivo. Marcó mi despertar a la cruel realidad y rompió la idílica burbuja protectora que, hasta entonces, me arropaba. Las lágrimas de aquel anciano desvalido corroían, como ácido sulfúrico, la delgada piel de un pichón de reportero en su pauta bautismal.

Era yo por entonces un pasante recién llegado a la redacción del diario El Nacional, ávido de contar las proezas, hazañas y victorias inherentes al deporte. Pero antes salieron al cruce la perfidia y la infamia.

Un viejo conocido

A “Terremoto” lo conocía desde la niñez. Nos presentó Venezolanos en las Grandes Ligas, el libro de Carlos Cárdenas Lares que relata la vida y milagros de los 54 peloteros nativos que cruzaron el umbral de las mayores entre 1939 y 1989.

En ese medio siglo de presencia nacional en la Gran Carpa hubo también un emisario en las Ligas Negras, el circuito alterno para beisbolistas “de color” en Estados Unidos de cuyo nacimiento se cumplieron cien años este martes. Ese explorador fue Ascanio, a quien el autor dedicó un capítulo en la biografía señera dedicada a la fuerza expedicionaria criolla que desembarcó sobre las costas de MLB.

El pionero en una hora negra

Resultó fascinante descubrir que en 1920 el exjugador “Rube” Foster, aguijoneado por la discriminación de las Grandes Ligas hacia los peloteros de raza negra, decidió organizar un campeonato paralelo a las mayores nutrido con las cualidades beisbolísticas de los afroestadounidenses. Y fue aún más apasionante conocer que en esa pelota cimarrona participó un venezolano que, por cierto, no tenía la tez oscura. Solo que la Negro National League era más inteligente que la MLB. Inclusiva, le abría sus puertas a quienes ayudaran a mejorar el espectáculo. Para eso llegó Terremoto Ascanio a Nueva York en 1946.

En los tres meses que duró su concurso con los Black Yankees, Ascanio frecuentó a personajes como Jackie Robinson, Joshua Gibson, Dan Newcombe y Buck Leonard, para entonces segregados, hoy eternizados. En ese lapso, según su testimonio, ganó cien dólares mensuales, pasó roncha en autobuses destartalados y tuvo que buscarle la comida a sus compañeros cuando tenían que detenerse en algún restaurant que practicara el Apartheid. Las fotografías del libro mostraban a un Ascanio rozagante y lozano, triunfador en la capital del mundo, precursor entre los peloteros de su país en una liga subversiva. Con esa imagen me quedé cuando supe de él en 1989.

Terremoto Ascanio con el uniforme de Black Yankees / Venezolanos en las Grandes Ligas.

Un alma sufriente

Ascanio se hizo noticia porque lo arrojaron al geriátrico de Caricuao. Yo no entendía por qué. En el libro, Ascanio aparece retratado detrás del mostrador de una tienda de artículos deportivos ubicada cerca de su casa en Santa Rosalía, en el corazón de Caracas. Me imaginaba la vejez de Ascanio plácida, bucólica, como asumía yo, desde mi torre de marfil, que debía ser el atardecer de la vida para las glorias deportivas.

La realidad era dolorosamente distinta.

Ascanio en su tienda de artículos deportivos / Venezolanos en las Grandes Ligas.

Aquel venerable octogenario, rodeado del decadente paisaje del geriátrico, miraba con ojos de súplica. Entre sollozos que destilaban angustia, dolor y desamparo narraba su desdicha. Su hijo, que según él andaba en malos pasos, les arrebató su casa, a él y a su esposa. La revelación fue una puñalada al tórax, porque en aquella entrevista donde lo conocí declaró a Cárdenas Lares que predicaba entre los jóvenes la importancia de alejarse de los vicios y acercarse al deporte. 

Por las maniobras de aquel hijo desnaturalizado aterrizó en Caricuao. Gimiente, clamaba por ver a María, su señora, su compañera de siempre, de quien se vio separado por ese desalmado que llevaba su sangre. Era el suyo el llanto de un padre traicionado y de un anciano abandonado. Aquellas líneas sísmicas que le valieron el apodo se habían borrado, como rayas de cal. Ahora era el alma la que le temblaba, y también al cachorro de reportero que intentaba entrevistarlo guardando las formas de la asepsia periodística. Qué lejos quedaba Santa Lucía, donde vino al mundo el 1 de noviembre de 1915.

Ascanio no soportó por mucho tiempo los rigores de aquel trance. Solo, arruinado y olvidado, su vida se apagó el 27 de febrero de 1998, justo cuando un eclipse total de sol le bajaba la persiana a la porción noroccidental del país. Malévola metáfora.

Tenía 79 años de edad.

La rehabilitación

Por fortuna, el beisbol venezolano sacó a Terremoto Ascanio del ostracismo. El 30 de noviembre del año pasado fue exaltado al Salón de la Fama. No hubo en la ceremonia un familiar que recibiera la estatuilla en su nombre y contuviera el llanto en su memoria. No hubo forma de encontrar algún pariente que lo representara en aquel acto de desagravio.

Este martes, 30 de junio, las Grandes Ligas rindieron pleitesía a las Ligas Negras en el centésimo aniversario de su creación. En un emotivo video, ídolos del deporte, y hasta tres expresidentes de Estados Unidos, se quitaron la gorra en señal de respeto hacia esos hombres despreciados por su color, pero bendecidos con un talento casi mitológico que deslumbraba a leguas.

Hoy, les exhorto a sacarse la cachucha en reverencia hacia Carlos “Terremoto” Ascanio; para que, allá donde esté, no se sienta despojado y desprotegido como en aquel deprimente geriátrico donde partió de esta tierra como el único venezolano en las Ligas Negras. 

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