Río 2007 las tragedias de la altura

Los Juegos Panamericanos que se disputaron la «Cidade Maravilhosa» fueron marcados por un accidente aéreo y la venganza de Brasil en el voleibol.

El 15 de julio de 2007, aproximadamente a las seis de la tarde, el árbitro paraguayo Carlos Amarilla sonaba el pitazo final del  partido que le dio a la selección de Brasil su octava Copa América en su historia. Dani Alves corría de emoción junto a Vágner Love por la hoy destruida pista de atletismo del Estadio «Pachencho» Romero de Maracaibo. Mientras que un jovencito, Lionel Messi, derramaba lágrimas en aquel fabuloso engramado que ya tampoco existe. 

Ahí estaba yo (no se rían) cubriendo fútbol. Hice las entrevistas con el tiempo contado, ya que un autobús me llevaría hasta Caracas esa misma noche. Sólo tenía unas 24 horas para lavar la ropa y tomar un avión con destino a Río de Janeiro para encontrarme con los Juegos Panamericanos. Así sucedió. El 17 de julio a las tres de la tarde iba camino a Maiquetía para emprender un viaje que tenía como primera parada la ciudad de Manaos, posteriormente Sao Paulo y finalmente Río.

Final Copa América / Archivo Sayago

Tragedia inesperada

¿Ustedes no han tenido un compañero que habla de tragedias y de cosas malas cuando viaja? Todos lo hemos tenido y esta vez no era la excepción. Sin embargo, en medio de las risas y los comentarios, el silencio nos abrazó. Una locutora dijo, con voz casi quebrada, que más de 150 personas habían fallecido producto de la tragedia del vuelo 3054 de TAM; el cual se estrelló con unos edificios de la propia aerolínea en el aeropuerto de Congonhas. Mi segunda parada.

Tras el accidente / Archivo Sayago

El viaje fue silencioso, triste diría yo. La mayoría de quienes viajaban desde Caracas eran brasileños quienes murmuraban sobre otros accidentes y rezaban por la trayectoria que les tocaba vivir. Al llegar a Sao Paulo, aquello era desgarrador. Cientos de familias apostadas en las instalaciones de TAM reclamaban a los cuerpos de sus allegados. Lloraban desconsoladamente y protestaban en contra de las autoridades aeroportuarias de la ciudad, alegaban que este terminal de transporte era sumamente peligroso. 

Restos del avión / Archivo Sayago

Esa es la noticia que no quieres cubrir: un total de 187 personas murieron en el accidente aéreo más grande de Latinoamérica. Una tragedia que marcó a todo Brasil y que dejó una huella imborrable en medio de la euforia por ser campeón de América, además de tener el evento más importante del ciclo olímpico después de los Juegos de verano. Sin embargo, los juegos no se detuvieron, hubo homenajes en los lugares de competencia y el lunar que dejó el accidente en la candidatura de Río como sede olímpica para 2016. 

Venganza brasileña

Después del fútbol en Brasil todos han jugado voleibol. Es uno de los deportes con mayor cantidad de arraigo por parte de los aficionados y practicantes. Es un público distinto, pero con un sentimiento interminable. Para los brasileños el voleibol es sagrado también, tanto que tienen su pequeño templo al lado del gigante Maracaná. El Maracanazinho es el centro de los deportes de conjunto bajo techo de Brasil, ahí se juega básquet, fútbol sala, pero sobre todo voleibol. 

En ese escenario, el 27 de julio de 2007, escuché la «bulla» más fuerte que mis oídos habían soportado. La pita más prolongada contra un rival, las groserías más extensas en portugués. Ese día Venezuela se enfrentó a Brasil por la semifinal del voleibol de cancha masculino. Los canarinhos tenían la herida abierta de 2003, cuando los dirigidos por Miguel Cambero sorprendieron a todo el mundo llevándose la medalla de oro de los Juegos Panamericanos de Santo Domingo.

En República Dominicana, los criollos dejaron en el camino de la semifinal al poderoso Brasil, dirigido por Bernardinho Rezende, en el cual brillaban Giba y compañía. De hecho en el libro «Transformando el sudor en oro», de Rezende, hay un capítulo especial dirigido a Venezuela, en el que analiza todos los factores que le trajo consigo una de las derrotas más dolorosas del múltiple campeón mundial y olímpico en este deporte. El cual tendría una venganza consigo mismo un año más tarde al coronarse con el oro olímpico de Atenas.

A Venezuela se le respetaba, pero a la vez se le temía. Días antes, en la villa panamericana, me encontré con varios medios impresos del país, pero uno llamó mi atención (lástima que no tengo una foto). La portada era una imagen del equipo de voleibol de Venezuela con un sello rojo encima y un titular que decía «A estos hay que vencer». La presión en ese país por ganar el voleibol era tremenda. Tanta que pasó desapercibido haber perdido el fútbol ahí mismo en Maracaná. A mí me llenaba de orgullo saber que el grupo con el que David Suárez soñó seguía marcando la pauta en el voleibol mundial.

Venezuela en acción / Archivo Sayago

El día del partido todo fue para ellos, ganaron 3 a 0. Recuerdo que Venezuela marcó los dos o tres primeros puntos y no había silencio en el gimnasio carioca. Rezende cumplió la promesa de hacer todo lo que estuviera a la mano con tal de no perder nunca más con Venezuela y lo consiguió. Brasil fue campeón de ese torneo y Venezuela cuarto, tras caer con Cuba en la discusión del bronce, su rival en la final cuatro años atrás.

Tenso regreso

El voleibol fue uno de los últimos eventos en disputarse en los Juegos Panamericanos de Río, por ende el regreso a Caracas en el avión de Varig sería con algunos integrantes de la selección. Lo que no sabía era que me tocaría ir en la misma incómoda fila con Iván Márquez, Fredy Cedeño y Ernardo Gómez. Yo no soy tan bajito, mido 1,92, pero al lado de estos mostros soy un enano. El viaje fue terrible, se pueden imaginar lo que significaba pararse de noche en unos asientos donde con suerte entraba yo. 

En la vuelta hice el papel de aquel amigo que hablaba de tragedias antes de abordar en Maiquetía. A los muchachos les comentaba sobre la cobertura que hice del accidente de Congonhas; del trayecto que hizo el avión para tratar de retomar el vuelo y cómo este se estrelló fuera de la pista.

Justo antes de llegar a Congonhas dicen que la pista está mojada, que el aterrizaje será fuerte. En ese momento el avión levantó su punta una vez aterrizado y el grito generalizado dentro de aquella estructura de hierro me hizo acordar a los fanáticos brasileños que abuchearon a Harry, Tomás y Luis Díaz. Era como estar dentro del Maracanazinho y a la vez tener conciencia de ese fatídico accidente que marcaría mi vida para siempre. Fue aterrador, los minutos más largos dentro de un avión con una selección muy exitosa dentro. Gracias a Dios sólo fue un susto con buena compañía. 

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