Parte II: Diez grandes estrellas de MLB que casi venían a la LVBP (pero no vinieron)

Segunda y última parte 

En la entrega anterior de Con Los Ganchos comenzamos un relato sobre eximios peloteros de Grandes Ligas quienes tuvieron un affaire con la Liga Venezolana de Beisbol Profesional que se quedó en mero flirteo. Referimos los expedientes de un Tony Oliva plantando al Magallanes, de un Curt Schilling apuntando hacia Valencia desde Alaska, de José Canseco indagando sobre el paseo Colón, de Fred McGriff y Dave Stieb avistados desde el Valle del Turbio.    

En esta segunda parte de la historia les contaremos sobre otros cinco connotados bigleaguers que se insinuaron como linajudos importados en la LVBP, pero que al final se volvieron vanas ilusiones. 

Sexto caso: un utility de lujo

En el campeonato 2006-2007, los Leones del Caracas pretendían conservar el trono del Caribe conquistado entre Maracay y Valencia. Para lograrlo precisaban de una importación acorde con tan magna empresa. Yves Hernández, a la sazón ejecutivo de los melenudos, encendió su radar e identificó un blanco.

“Andrés Reiner (santo patrono de los scouts venezolanos) me recomendó un jugador llamado Ben Zobrist”, desgrana Hernández. “A los jefes no les convencía mucho porque en ese momento Zobrist no era alguien especialmente destacado, pero había sido un maestro como quien lo había sugerido, así que busqué el contacto. Zobrist habló conmigo y se mostró bastante entusiasmado. Es tremenda persona, de fuertes convicciones cristianas. Pero lo subieron a Grandes Ligas y hasta ahí llegó la cosa”.

Zobrist se consolidó en la Gran Carpa como un súper utillity, al punto de recibir tres invitaciones al Juego de Estrellas y otras tantas nominaciones a Jugador Más Valioso. Su consagración ocurrió en la postemporada de 2016, cuando fue el mejor pelotero de la Serie Mundial y ayudó a los Cachorros de Chicago a conjurar el hechizo de la cabra.

Séptimo caso: panelas de San Joaquín

En la temporada 2013-2014, los Tiburones de La Guaira y los Astros de Houston se emparentaron a través del Programa de Desarrollo, semillero de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional. “Teníamos dos equipos en la paralela”, expone Richard Sanabria, quien coordinaba los graneros litoralenses. “El equipo A, por decirlo así, lo componían los peloteros con perfil para subir a la LVBP. En el equipo “B” había varios prospectos muy jóvenes de los Astros”. Uno de ellos era un pitcher derecho con 20 años de edad que había sido primera escogencia de los Azulejos de Toronto en el draft universitario de 2011. Su nombre: Joe Musgrove.

Pese a su estatus de prospecto, Musgrove no estaba contemplado en el plantel foráneo de los Tiburones. Hay que tomar en cuenta que venía de lanzar en categoría de novatos. Para la rotación, La Guaira optó por hombres con más cocción, como los estadounidenses Tyson Brummette y Pedro Villarreal (este últimos ya había trepado a las mayores). Además, disponían de nativos como Henderson Álvarez, Edgmer Escalona y Renyel Pinto.

Alejandro Herrera (directivo de los escualos) y José Luis Mora (exejecutivo de los salados) acotan que en las oficinas se discutió promover a algunos de esos forasteros del equipo B en la paralela para reemplazar a importados que se iban en el último mes de calendario. Musgrove no estaba en la lista. “Había lanzando cuatro buenos juegos como abridor en el Programa de Desarrollo, pero era muy joven y venía por tiempo determinado”, apunta Mora. Así que Musgrove echó raíces en San Joaquín, estado Carabobo, donde, según Sanabria, se volvió adicto a la chicha que vendían en la plaza Bolívar. “Era una persona tranquila, cautelosa, conservadora, que vino a lo suyo y se fue en diciembre”, sostiene Sanabria.

En 2016, Musgrove subió a Grandes Ligas. En 2021 lanzó el primer no hit no run en la existencia de los Padres de San Diego. En 2022 tocó el cielo al formar parte del plantel de la Liga Nacional para el Juego de Estrellas en Dodger Stadium. “Cuando Musgrove lanzó el no hit no run, llamé a Sanabria para felicitarlo”, cuenta Mora. “Y Sanabria me comentó: ‘a ese muchacho le di bastante jugo de caña para fortalecerle el brazo’”.

Octavo caso: un saco de 300 jonrones

A comienzos de la década anterior, las Águilas del Zulia y los Cascabeles de Arizona estrechaban lazos de amistad. Los peloteros que firmaban con los rapaces fotocopiaban la rúbrica con los ofidios. Carlos González, Gerardo Parra y Ender Inciarte son fruto de ese casamiento. La importación de los alados venía en maletas de piel de serpiente.   

Desde Maracaibo empezaron a vigilar a un toletero derecho con hechura para convertirse en ese paleador de poder que siempre traían las Águilas como componente de su legión extranjera. Era joven, pero se saltaba la cerca con facilidad: Paul Goldschmidt. Las conversaciones avanzaban y, al final, Arizona puso el semáforo en rojo.

El Luis Aparicio El Grande le hubiera quedado pequeño a este hombre que ya va por 300 cuadrangulares y mil empujadas en las mayores. Un pelotero que está construyendo un caso para el Salón de la Fama con ese OPS ajustado vitalicio de 144. Fue el primera base abridor por la Liga Nacional en el Juego de Estrellas y es firme aspirante a Más Valioso de ese circuito en 2022.

Noveno caso: el zurdo del yelmo

¿Recuerdan la entente entre Cardenales de Lara y Azulejos de Toronto? Estuvo a punto de fecundar el contrato de un joven primera base que pasó de la universidad directo a doctorarse en Grandes Ligas sin antes haber hecho especialización ni maestría en las menores. En 1990, ese joven bateador fue declarado por Baseball America como uno de los tres prospectos con mayor proyección entre las treinta organizaciones de MLB.

“Estábamos bastante avanzados con John Olerud, un pelotero que no pasó por las menores y llegó a ser un excelente bateador y primera base”, apunta Humberto Oropeza, presidente de la divisa centro occidental. No obstante, cuando parecía un hecho que vendría a degustar una tostada caroreña, Olerud se quedó en Estados Unidos.

En sus 17 temporadas como bigleaguer, Olerud ganó una corona de bateo (1993), tres Guantes de Oro como inicialista y dos anillos como campeón de Serie Mundial. Dos veces citado al Juego de Estrellas, Olerud plasmó en su hoja de servicio un promedio vitalicio de .295, porcentaje de embasado de .398 y OPS ajustado de 129. Muchos lo recuerdan por salir a defender con un casco, mientras el resto usaba gorra para fildear. No era una excentricidad de su parte. Se le descubrió un aneurisma cerebral y por eso debía protegerse la cabeza.    

Décimo caso: oro en los bosques de Caracas

El periodista José Manuel Fernández no recuerda con exactitud en qué temporada fue, si en la 2013-2014 o en la 2014-2015. Lo que jamás se le olvida al entonces gerente deportivo de los Leones del Caracas es que Kevin Kiermaier ya tenía contrato firmado para reforzar a los Leones del Caracas. Tampoco se le borra cuánto sufrió por el derrumbe de aquel movimiento.

“Estaba todo listo, todo acordado, la oferta económica ya había sido aceptada”, explica Fernández. “Y luego alegó que, por situaciones personales, no podía venir. Esa caída de la contratación de Kiermaier, y la de Kevin Pillar, fueron las que más sufrí mientras estuve como gerente del Caracas”, lamenta Fernández, ahora ejecutivo de Bravos de Margarita.      

 Seguramente hay más casos como estos. También están los mensajes embotellados arrojados al océano. Como cuando Luis Blasini solicitó a MLB desde las oficinas de los Navegantes del Magallanes permiso para negociar con el pitcher zurdo Randall Johnson. La solicitud, cursada en 2009, sería intrascendente de no ser porque Randall Johnson ganó 303 juegos en Grandes Ligas, ponchó a 4.875 enemigos y ganó cinco premios Cy Young en su trayecto hacia Cooperstown. “Randy Johnson estaba libre y contacté a su agente”, comentó Blasini en su oportunidad. “Muy amablemente, me respondió que su cliente no tenía planes de lanzar en el Caribe”.

¿Se imaginan a La Gran Unidad trajeado de bucanero? Con su look, le habría lucido perfecto un parcho en el ojo izquierdo.   

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