Policías buscan entrenador

Se levantó bien temprano en la mañana, se miró al espejo, vio un rostro juvenil que estaba madurando rápido, la vida fuera de la puerta va adelantada, o mejor dicho, el tiempo es volátil. Dentro de aquella casa prestada, el tiempo cruzaba las piernas un instante para tomar café y aquella breve calma, se reflejaba en el rostro de su madre, en esa mirada de amor y fe por un hijo.

Salió luego de la bendición, fue a la estación de policía. En su cabeza estudiaba aquel discurso, lo cambiaba varias veces, improvisaba, repetía, dramatizaba.

“Buen día señor policía, mi nombre es…” Decía en voz alta, y luego negaba con la cabeza. “Buen día señor oficial, vengo a proponerle lo siguiente…” miraba al cielo, miraba al suelo, miraba el horizonte y volvía a ensayar con otra frase, se apuraba. No pudo desayunar, o es que quizás, es que no había. Apenas, una taza corta de café.

Al salir de aquella casa prestada, volteó atrás, lo único propio era el amor de la familia, sus pagos estaban atrasados, los que debían hacerle por sus servicios y los que debía hacer con normalidad por los servicios básicos de aquella casa, que no era de él.

Se decepcionó, no fue lo que esperaba cuando le prometieron un hogar, vivían en medio de un taller. Le hablaron de trabajo, de ese trabajo que amaba, ese que lo llevó a recorrer el mundo. Pidió una casa como forma de pago y una lavadora y una secadora, para ver si le cambiaba la fisionomía a las manos de su mamá. Le dijeron que si, pero la teoría jamás se casa con la práctica.

Se acordaba mientras seguía caminando, de aquella vez cuando su papá invadió una casa en el barrio Terraplén en Caracas. La premura por no dormir mirando el cielo estaba en la mente de su viejo, un techo, un techo desesperadamente para él y los suyos. Disminuyó el ritmo de sus pasos y recordó cuando aquel viejo sufrió de Parkinson, a la vez veía las casas alrededor, siempre soñó con comprar una y darle calidad de vida a sus viejos. 

-Buenos días señor oficial, dijo.

-Si, a la orden joven. Dijo el de seguridad.

-Soy entrenador, tengo estudios en educación física, puedo entrenar a los oficiales, necesito trabajar.

Le dijeron que sí, de esta forma jugaría baloncesto profesional por cuatro meses y los demás entrenarían a los señores de la seguridad pública de aquella calurosa ciudad.

“No debo perder la fe, no debo perder la fe”, se repetía. Contratado por el organismo, su rutina comenzaba a las seis de la mañana. Se iban a trotar por los alrededores, regresaban para ejercicios y deportes. Les cumplía a ellos y les cumplía a los suyos en aquella casa prestada, mitad taller, sin muebles, sin nevera.

Reunía monedas para llamar a sus amigos, pidiéndoles trabajo, hizo aquello como por 45 días, hasta que uno de ellos atendió, o mejor dicho, hasta que uno de ellos lo ayudó.

-Chamo te tengo una buena noticia, siéntate.

-¿Qué tienes para mí? 

-Debes irte a Estados Unidos, vas a estudiar y jugar.

El recién contratado entrenador de los policías, un par de meses después, tenía otra propuesta laboral. Pobres policías, volverían a su nada envidiable y poca resistencia física.

Los reunió en la sala prestada, de la casa prestada. “Yo me voy fuera del país, pero voy a estudiar, para prepararme y ayudarlos de mejor manera, pronto nos iremos de aquí, estudio, juego y luego vengo para ser profesor de educación física” trató de calmarlos con aquellas palabras.

Las esperanzas volvían a la estación policial.

Pero aquel joven con estudios en educación física, atleta, fue a Jacksonville, fue a Texas, fue a Madrid, volvió a Guanare, buscó a sus viejos, se compró una casa, una lavadora, una secadora y emprendió otro camino a Houston. Su vida cambió para siempre.

Gracias Carl Herrera, gracias por ayudar a aquellos policías y por lo que hiciste por todo un país.

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