El primer Clásico Mundial: a 15 años del mayor frustre del deporte venezolano

Han pasado 15 años desde el mayor fiasco del deporte venezolano: la prematura eliminación del equipo que se uniformó de país para el primer Clásico Mundial de Beisbol.

Aquella selección que congregó a la más esplendorosa conjunción estelar que se haya visto en este cielo se ahogó en el Mar Caribe el 14 de marzo de 2006. Hundida por una bala de cañón disparada desde República Dominicana que hizo zozobrar a la flota criolla fondeada en el Hiram Bithorn de San Juan. El único combinado nacional aclamado como favorito para ganar una competencia internacional de prestancia –en cualquier disciplina de conjunto- naufragó en segunda ronda luego de batear para un harapiento .186 de average colectivo.

Tres lustros después, esa debacle es llaga ardiente. Estamos en 2021 y Venezuela es la única potencia productora de beisbolistas que no ha disputado la final del Clásico, como sí lo han hecho Japón, República Dominicana, Estados Unidos, Puerto Rico, Cuba y hasta Corea del Sur.

Armada Invencible se le llamó a la omnipotente flota que el rey Felipe II de España desplegó para invadir Inglaterra en el verano de 1588. Se le consideraba invulnerable, con sus más de cien navíos formidablemente apertrechados y sus casi veinte mil hombres curtidos en combate. Por eso se le consideraba imbatible. Así lucía la Vinotinto en 2006. Eso aparentaba.

A bordo de esa pretendida Armada Invencible iban genuinas estrellas de las Grandes Ligas, la mayoría de ellos en el apogeo de sus carreras. La fanaticada llevaba años esperando que Venezuela pudiera emplazar sus armas de destrucción masiva en su deporte predilecto. Este certamen brindaba esa posibilidad, pues nació para poner a competir a lo más granado de la disciplina a escala global, que jamás se verá ni en Mundiales ni Juegos Olímpicos. Había una enorme ilusión de ver, juntos, a todos esos astros trajeados de tricolor, sojuzgando al mundo entero.    

Roster de las mil y una noches

En la cubierta aguardaban, prestos al combate:

  • Miguel Cabrera, quien a sus 22 años ya formaba parte de la aristocracia del bateo con sus dos cosechas de treinta jonrones y cien remolcadas y un par de llamados al Juego de Estrellas.
  • Bob Abreu, considerado uno de los peloteros más completos de la Gran Carpa con sus dos colectas de 30 cuadrangulares y 30 robos, su Guante de Oro y su Bate de Plata.
  • Magglio Ordóñez, cuatro veces All Star y con tres nominaciones a Jugador Más Valioso.
  • Omar Vizquel, capitán de la escuadra y tenido como un Salón de la Fama en ciernes por sus diez Guantes de Oro (el undécimo estaba por llegar) y un porcentaje de fildeo que, a la sazón, era el mejor de todos los tiempos.
  • Edgardo Alfonzo, infatigable chocador, convocado a un choque astral y uno de los más finos infielders de su tiempo.
  • Ramón Hernández, uno de los receptores más completos del Big Show en aquel momento y también seleccionado al clásico de luminarias.
  • Víctor Martínez, Bate de Plata y con dos postulaciones al Más Valioso.
  • Carlos Guillén, otro All Star de fina defensa y amenazante madero.

La Armada Invencible portaba mucho de todo. Además de fieros artilleros llevaba en sus bodegas brazos de prosapia para abrir y relevar:

  • Johan Santana, quien meses después ganó su primer Cy Young.
  • Carlos Zambrano, pitcher élite, postulado al Cy Young y con invitaciones al Juego de Estrellas.
  • Kelvim Escobar, brazo potente y figura del Circo Máximo.
  • Freddy García, en aquellos días el lanzador del patio con mejor currículo a cuenta de sus dos candidaturas al Cy Young y un anillo de Serie Mundial recién calzado.
  • Francisco Rodríguez, fulgurante cerrador que venía de salvar 45 juegos para los Angelinos de Anaheim.

Jamás hubo un equipo venezolano, de ningún deporte, con ese apresto operacional. Era una constelación irrepetible, aparentemente bendita por Dios.

Mas tuvo el santo de espaldas.

Mar de leva  

A nuestra “Armada Invencible” no parecía faltarle nada para navegar a toda vela en el primer Clásico Mundial. De buen carbón iban repletas sus calderas. Estaban todos los que eran y eran todos los que estaban. Solo hubo dos bajas de consideración: una, Melvin Mora, quien declinó participar porque lo querían enrolar como jardinero central siendo él ya tercera base consagrado (en la antesala nacional se empinaba Miguel Cabrera, nada menos). La otra ausencia fue la de Alex Cabrera, quien se negó a ir de suplente siendo, como era, un astro del beisbol japonés.

Los escarceos públicos entre Alex Cabrera y el mánager Luis Sojo fueron el primer nubarrón en el horizonte, pero el grupo rezumaba optimismo. Tal vez demasiado.

Ya en los juegos de fogueo se notó que a los insignes bateadores nativos todavía les goteaban los carámbanos del invierno. “En esta época nadie está en forma”, se quejaba Ordóñez. El swing se demoraba. “Estoy jameado”, le dijeron varios al piloto Sojo, quien de todos modos se mostraba convencido de que los palazos brotarían en el torneo.

Se quedó esperándolos.

Venezuela zarpó con mar de leva hacia la edición primogénita del Clásico Mundial. El 7 de marzo de 2006, en el complejo deportivo que Disney construyó sobre la península de Florida, la novena fue abatida 11-5 por el fuego nutrido de Quisqueya. Hubo reproches a Sojo por traer en las postrimerías del careo al zurdo Carlos Enrique Hernández para enfrentar a David Ortiz, quien se la mandó al castillo de la Cenicienta con las bases congestionadas. De todos modos ya el escuadrón suramericano iba perdiendo cuando el Big Papi violó los derechos humanos de Hernández.

El triunfo sobre Italia al día siguiente (6-0) debió disipar la niebla. Por el contrario, la volvió más espesa. Esa noche se firmó el divorcio entre plantilla y ciudadanía cuando un grupo de aficionados empezaron a silbar a Robert Pérez, quien fue jardinero titular. “¡Compadre, compadre!”, escarnecían a La Pared Negra para espetarle que solo estaba ahí por amigo del mánager. Una enorme desconsideración y una gigantesca injusticia para con uno de los mejores peloteros en los archivos de la Liga Venezolana de Beisbol Profesional.

La atmósfera se tornaba cada vez más irrespirable.

Venezuela clasificó a segunda fase con un triunfo sobre Australia que provocó más aprensión que aliento. Dos carreras le pudo hacer un lineup cuajado de costosas joyas a los oceánicos, que subieron a la loma a Phil Brassington, un nudillista casi cuarentón tomado del campeonato local australiano. Ese Cocodrilo Dundee expuso la avitaminosis de la alineación criolla. Y venían Cuba, Puerto Rico y, de nuevo, Dominicana.

En mi viejo San Juan

Ahora, con el Hiram Bithorn de San Juan como sede, Venezuela reñiría con Cuba aún con la ilusión de triunfar en el Clásico Mundial. A los antillanos se les debía respeto por su trayectoria internacional, pero no tenían un bateador como Miguel Cabrera ni un pitcher como Johan Santana. Esa Cuba endogámica, cuyo yugo en torneos mundiales y olímpicos no había sido contrastado frente a jugadores como los de la Vinotinto, debía ser superada.

Cuba estuvo a ley de un batazo para el nocaut.

Venció a los orondos grandeligas venezolanos el 12 de marzo, día de nuestra bandera, que quedó hecha jirones.


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Fue esa tarde infausta de la pelota que se le incrustó en la camisa de capitán a Omar Vizquel, la del jonrón de tres carreras de Frederich Cepeda contra Giovanni Carrara. La de la derrota inesperada y potencialmente fatal, pues ahora resultaba imperativo ganarle a Borinquen en su patio y replicarle a Quisqueya.

Puertas adentro, el descontento burbujeaba tanto como en las tribunas. Hubo peloteros que se quejaron de la logística. “Nos tocó ir a comer una vez en un Burger King”, se quejó luego Carlos Guillén.

El categórico blanqueo de 6-0 contra Puerto Rico el 13 de marzo en un parque atestado de entusiastas boricuas pareció reflotar al pelotón patrio, que de seguidas confrontaría a los David Ortiz y los Albert Pujols. Los batazos habían salido frente a los anfitriones y existía la esperanza de que no pararan la noche siguiente contra un tirador errático como Daniel Cabrera, que lanzaba duro, pero a cualquier parte.

¡Oh, vana ilusión!

Epitafio

Ocurrió que Daniel Cabrera fue poseído por Pedro Martínez esa noche del 14 de marzo, fría en todos los sentidos para Venezuela. Una sola carrera fabricaron los criollos contra dos confeccionadas en La Española. Hubo un intento de motín en el noveno contra Duaner Sánchez, quien sofocó la revuelta al deshacerse de Edgardo Alfonzo con globo al right.

“Yo me sentía con confianza para tomar ese turno”, contó luego Edgardo Alfonzo. “De verdad que me sentía bien, listo para un buen batazo. Pero cuando vi la bola en el aire entendí que sería yo el último out de Venezuela en el Clásico Mundial”, dijo Alfonzo en una entrevista posterior. La Armada Invencible, como la de Felipe II cinco siglos atrás, se fue a pique y desde 2006 yace en el lecho marino junto con los anhelos de millones.    

La más enceguecedora ilusión se volvió el más desgarrador desengaño para el deporte venezolano. Y quince años después esa deuda sigue generando intereses de mora. Porque si el Covid hubiera permitido la realización del Clásico esta primavera, como correspondía, la Vinotinto no hubiera aparecido en pizarra como uno de los principales aspirantes. ¿Habrá sido 2009, cuando llegó a semifinales, el último tren para Venezuela en el Clásico Mundial? Ojalá no.

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