El punto de encuentro entre dos mundos

Ya se ha vuelto costumbre para mí sentarme los martes al final de la tarde para escribir esta columna. No por esa típica costumbre de las personas en dejar todo a última hora, digo “última hora” porque mi columna se publica los miércoles al mediodía. El motivo es que en esta dinámica particular del Torneo de Normalización y toda la interna de la supuesta “burbuja”, vivimos a la velocidad de la luz, a pesar de que estamos encerrados y sin vida social. Las noticias vienen y van de manera vertiginosa, cada partido de fútbol que vemos en la TV tiene una ocurrencia diferente.

El estatus actual del fútbol nacional en general genera incertidumbre y nuevos planteamientos a cada momento; muchas incertezas del futuro a corto y mediano plazo. Es por eso por lo que espero hasta el último momento para plasmar en el teclado todas esas ideas que voy acumulando en la semana.

Esta semana me ha costado un poco darle sentido a todo este torbellino de ideas. No tiene nada que ver con el hecho de que no tenga algo en mente o me falte inspiración. Todo lo contrario, son muchas las cosas de las que me gustaría escribir. Que suelen ser incómodas, pero que no tengo temor a plasmarlas en mi columna. Creo que de una manera muy diplomática he dejado claro mis puntos de vista con respecto a lo que se vive y a lo que vivo en este particular contexto en estas extrañas circunstancias. Dentro de mis críticas siempre he procurado generar espacio de encuentro.

En fin, he pasado estos últimos dos días preguntándole a mis compañeros y algún personal de la delegación que se encuentra en esta concentración sobre lo que debería escribir. Le pregunto a aquellos que me han leído, que me dan sus feedback de una manera grandiosa, cosa que les agradezco y que me honra. Muchos se animan a darme algunos temas que ya tengo en mente; pero esta vez, hablar de la mayoría de esos temas sí me dan cierto temor.


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No se trata de mí, se trata de las repercusiones que mis líneas puedan tener en los intereses de mi equipo y de mis hermanos. Porque no quiero que lo que diga en un espacio muy personal, que se trata de mí y de mi pensamiento crítico, tenga alguna repercusión en nuestros objetivos deportivos. Si hay algo que he aprendido con las decepciones de la vida, es que las personas no somos capaces de diferenciar los espacios íntimos con los públicos; las decisiones individuales con las empresas colectivas.

A medida que pasan las horas, los niveles de tensión y de estrés en el torneo son cada vez mas caldeados. Ya había comentado en mi publicación anterior que los niveles de tolerancia son cada vez mas bajos. Cada vez se leen más comentarios agresivos en las redes sociales, subidos de tono, ofensivos y sin sentido. Los resultados negativos, los errores de los protagonistas del espectáculo y los intereses particulares de cada equipo, son un caldo de cultivo para generar un marco en donde todos estamos a la defensiva. Los amaños de partidos, las inclinaciones arbitrales, las conveniencias dirigenciales y un sinfín de especulaciones negativas; que en vez de ayudar a que el torneo pueda llevarse con cierta armonía, lo que hace es dañar un espectáculo que desde el comienzo estuvo condicionado.

Paremos un poco…

Este mundo llamado fútbol

Quien no ha vivido dentro del mundo del fútbol no sabrá nunca de las particularidades de esta forma de vida. De la estructura de pensamiento; del mindset popular, de nuestra postura ante las relaciones interpersonales; de sus códigos de ética y moralidad; de nuestro manejo de la individualidad en un mundo en el que puedes sentirte solo, aunque físicamente no lo estás. Inclusive, para nuestros familiares más cercanos les es difícil entender las decisiones que tomamos, cuando en la mayoría de los casos esas decisiones son pensando en ellos.

Es muy difícil de explicar cómo es que hacemos para levantarnos todas las mañanas; cuando las noches no son lo suficientemente largas como para mitigar todas esas injusticias morales y dolores físicos con los que debemos lidiar. Pero aún así, todos los futbolistas se levantan y salen a trabajar. Con meses de deudas, con maltratos a su profesionalidad, con dolores físicos, contracturas o desgarros que escondemos para poder formar parte o quizás olvidar los tobillos inflamados para no perder ni un entrenamiento que nos pueda alejar de la competencia. Ilusiones que son muy difíciles de derribar. A pesar de todo esto, el futbolista y los que pertenecen al día a día en este mundo, se levantan y continúan.

Cómo explicarle a un amigo que el 1 de enero de todos los años te tienes que acostar temprano para retornar a los entrenamientos el día siguiente. O que no puedes programar tus vacaciones, ni saber cuánto durarán, porque no sabes hasta cuando durará el torneo. O si se te acaba el contrato, esperar a que te llamen de otro equipo en otra ciudad para mudarte en seguida. Se va desintegrando ese vínculo lindo que hay entre los seres humanos llamado amistad, porque por más que aparezcamos en los medios, nuestra identidad en el mundo real va desapareciendo. Nuestras agendas pertenecen a otro mundo, en otra dimensión con tiempos muy diferentes.

No te lo puedo explicar…

El punto de encuentro

Desde que se supo cómo iban a ser los últimos tres meses del año en nuestro fútbol, que pudimos entrar en contexto a cómo se iba a disputar el torneo con la supuesta burbuja; con toda esa montaña rusa de emociones y pensamientos a los que íbamos a ser puestos a prueba; lo tomé como un periodo contemplativo de aprendizaje en temas de convivencia humana, liderazgo y, mas importante aún, el autoliderazgo. No voy a negar que sentí mucha predisposición e incomodidad con respecto a lo que se nos venía; pero mi mejor decisión fue aceptar este nuevo reto que nos propuso el Universo.

A falta de dos semanas para terminar este confinamiento futbolístico sin sentido; tomando lo que expuse en las peculiaridades de este mundo llamado fútbol anteriormente, concluyo en que hay algo mucho mas fuerte, más real y mas auténtico que une al mundo real con el mundo del fútbol. Algo simple, que está al alcance de las manos; pero que por darlo por sentado no lo cuidamos y tergiversamos sus formas en función del egoísmo de nuestros intereses. Los cimientos más fuertes para pisar firme en estos mundos en los que nos toca orbitar son: los valores.

Sin lugar a duda, esta experiencia ha sido una cátedra in situ del comportamiento humano; de las variables para que la convivencia entre personas sea exitosa o no. Poder determinar las razones de que surjan momentos críticos desagradables entre nosotros y cuáles son los comportamientos ideales para la armonía entre un grupo de personas, es una de tantas enseñanzas que atesoraré por siempre. El ser humano está en cada momento en una postura de negociación. Cuando el marco legal de esos intercambios está sujetos a los valores todo fluye con coherencia.

Esta experiencia ha sido una epopeya en donde sus protagonistas, para poder triunfar, están llamados a danzar entre la tolerancia, el respeto, la empatía, el servicio, el reconocimiento, la compasión y la libertad. Donde el principal indicador para determinar el plano en donde se encuentra la convivencia es la calidad de la comunicación entre sus pares. Cualquier disposición colectiva que esté fuera de este marco está destinada al fracaso.

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