¿Quieren acortar el beisbol? Entonces tengan coraje

El beisbol no es el primer deporte sin reloj en verse urgido a reducir su duración y sacrificar su reglamentación ante el altar de las audiencias. El voleibol lo hizo y le funcionó.

Es legítimo, y hasta obligante, que MLB, como industria, se adecúe a los gustos y preferencias de las nuevas generaciones, que se proponga conquistarlas hasta hacer de ellas el mercado cautivo del mañana, los futuros consumidores que garantizarán la perdurabilidad del negocio.

El comisionado Rob Manfred recibió la instrucción de acelerar el juego. Pero corresponde a sus jefes, los dueños de equipo, los que le dieron la orden, tomar el toro por las astas y animarse a impulsar una reforma constitucional del beisbol. Sin modificaciones de fondo será imposible complacer a su nuevo público objetivo ¿Quieren apresurar al beisbol? Háganlo. Eso sí: asuman que deberán perforar el juego hasta las profundidades.

Las medidas que se han tomado desde Nueva York, entre ellas la regla panamericana, resultan a todas luces epidérmicas e insuficientes para apurar sustancialmente la pelota. Con la panamericana, el boleto intencional automático y la regla de los tres bateadores por pitcher, las mayores pretenden arponear un cachalote con alfileres.  

Boleto a ninguna parte

La automatización del boleto intencional ha resultado inefectiva en la misión de comprimir la duración del beisbol. El año pasado se ordenaron 753 transferencias en 2.430 juegos. La tramitación de las cuatro malas tardaba, aproximadamente, minuto y medio. Partiendo de esa estimación, ¿saben cuánto tiempo economizaron las Grandes Ligas al sellar pasaportes por decreto en 2019? 29 segundos por encuentro. Ni medio minuto. El analista Devan Fink calculó que, entre 2017 y 2018 el ahorro fue de 40 segundos. No se pretende desde aquí restaurar un rito insulso que aportaba muy poco, pero sí precisar que su supresión es inútil para salir antes del estadio.

La panamericana tampoco alcanza

La consagración de la regla panamericana para propiciar desempates en el beisbol es otra medida superficial ¿Por qué? Porque el extrainning es un mero accidente. Entre 2015 y 2019 solo 15% de los juegos se resolvieron en entradas adicionales. Una norma que se aplica a solo 15% de los casos mal puede causar una transformación apreciable del todo. Otra “solución” epitelial que saluda respetuosamente a la bandera.

Para lograr la reducción apreciable del tiempo de juego que exigen los nuevos aficionados, las Grandes Ligas habrán de horadar hasta llegar al hueso y alterar aspectos constitutivos del beisbol tal como lo conocemos. Una de las alternativas es, si se quiere, inocua: convertir el tercer foul en ponche. No debería ser una alteración traumática. Después de todo formó parte del cuerpo normativo de MLB en el pasado remoto. En cambio sí puede ser de gran ayuda para aligerar el proceso, pues los terceros, cuartos, quintos y décimos fouls sí forman parte del diarismo beisbolero y sí que lo ralentizan.

El séptimo de la suerte

Y, ahora sí, la única decisión que, por dolorosa que fuese, sería capaz de aminorar, de verdad, la tardanza del juego: amputarlo. Bajar de nueve innings a siete. Así las nuevas audiencias se desocuparán en poco más de dos horas. A esta medida le vendría bien complementarla con una norma sacada del mismo pozo de la panamericana: la “mercy rule”, sentenciar nocaut cuando un equipo le saque siete, o diez carreras de ventaja a otro. 

Esto supondría una herejía que violenta el viejo dogma de Yogi Berra, según el cual el juego no se acaba hasta que se acaba. Pero el cliente siempre tiene la razón; y al cliente le parece demasiado lento el producto que está consumiendo. No quiere arroz a la marinera, sino fast food.

Festival de jonrones

¿Quieren ganar tiempo, no? Perfecto. Entonces no recorten los extrainnings. Elimínenlos del todo ¿Y entonces? ¿Empates en el beisbol? Para nada. Ese día sí es verdad que desertará toda la vieja guardia, y a ella también la necesita el suculento negocio de las Grandes Ligas. En vez de regla panamericana sería mejor resolver las igualdades con un derby de jonrones. Luce un método menos caprichoso que el antojadizo corredor en segunda, amén de más emocionante y efectivo.

¿Cómo se aplicaría? Si para el cierre del noveno no hubo un vencedor, los managers escogerían a su bateador más apto (uno al que no hayan sacado del juego) acompañado de su mejor pitcher de práctica. Ambos artilleros, luego de sesenta segundos de práctica, se enzarzarían en una competencia a ver quién da la mayor cantidad de tablazos a las gradas en el menor tiempo posible. El que bote más pelotas al término de tres minutos proclamará vencedor a su elenco; y si todavía no se destraba la correlación de fuerzas se procede al siguiente criterio: la distancia recorrida por los batazos. El sistema que provee esa información lo tienen todos los clubes de las mayores.

Los derbys jonroneros cronometrados han demostrado ser un éxito de taquilla. Se apela al jonrón, la principal fibra nerviosa de este deporte, sobre todo en la actualidad. Y se garantiza un desenlace en cosa de diez minutos, a diferencia de lo que pasa con la regla panamericana, que no necesariamente resuelve la paridad de inmediato.

Ya pasó esta temporada: hubo tres innings extras entre Dodgers de Los Ángeles y Astros de Houston el pasado 30 de julio, con todo y corredor paracaidista. No habría, obvio, pitcher ganador y perdedor, pero eso le importa a cada vez menos gente. Pudiera existir, en su lugar, un toletero ganador. ¿No estamos en un onda de cambios, pues? Si necesitan cambiar el beisbol, háganlo en serio. No se queden en el relato gatopardiano que nos leen hoy con cambios que nada cambian.  

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