Un recuerdo del Inca, el que dejaba el alma entre los puños

A 11 años de la muerte de Edwin Valero, el Inca, mi mente viaja al momento que lo vi lo vi pelear. Mis sentimientos más profundos afloran. Mi modo de ver la vida, tras convertirme en padre, no lo puedo ocultar.

Andrés Eloy Blanco el ilustre cumanés citó una vez en su famoso poema Los Hijos Infinitos, la siguiente frase: “Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera“, sin dudad es verdad. Cuando mi hijo mayor Juan David vio la luz por primera vez un día de noviembre de 2009 aprendí a mirar con los ojos desde el pecho.

En el año 2009 pasaron muchas cosas. Por primera vez Venezuela decía presente en un Mundial de fútbol (sub-20). Río de Janeiro obtuvo la sede para los Juegos Olímpicos de 2016. Japón demostró ser potencia en el Clásico Mundial de Béisbol. Mientras que la delegación olímpica venezolana ganó los Juegos Bolivarianos de Sucre. También, los Tigres de Aragua ganaron la Serie del Caribe en México.

En ese año, repleto de logros deportivos, en Venezuela parecía que diciembre iba a dejar un espacio para el descanso previo a 2010. Sin embargo, había tiempo para más. El 19 de diciembre, en el Gimnasio José María Vargas de La Guaira, se montó la cartelera “La noche del campeón“. Un espacio para que Edwin Valero hiciera su estreno por una corona mundial en su patio, en la Venezuela que sólo por televisión había visto como tumbaba rivales a placer, con una técnica no muy buena, pero con una contundencia letal.

En el entorno del boxeo algunos murmuraban sobre las posibilidades que tenía el Inca de medirse con Manny Pacquiao. Otros, como yo, teníamos el recuerdo vivo de estar cerca de una medalla olímpica en Beijing 2008, donde Alfonso Blanco y Héctor Manzanilla por muy poco quedaron fuera del podio. Al mismo tiempo, todavía muchos recordaban con asombro cómo se había retirado unos meses antes Óscar de la Hoya en los Ángeles.

Sin duda, esa era una noche especial.


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Después de una larguísima cartelera llegó el momento de la verdad. El Inca Valero se midió a Héctor Velásquez, un mexicano de experiencia envidiable encima del ring, la cual comenzó a labrar desde el año 1994. El azteca llegó con el aval de tener una pegada de mano derecha extraordinaria y la capacidad para aguantar golpes muy típica de sus coterráneos. Edwin, por su lado, tenía la presión de los asistentes en el caluroso coso de la Guaira, quienes corearon su nombre desde que sonó la primera campana.

El combate fue raro. Desde el principio, el mexicano, apostando a su experiencia, cortó a Valero en la frente de un cabezazo, técnica que continuó empleando a medida que avanzó la friega, para ver si sacaba de control al de El Vigía. Sin embargo, el Inca, a pesar de tener espacio para más de cuatro puntos de sutura y un sangrado evidente, nunca pidió que se parara la pelea. Por el contrario, mientras más sangre corría desde la cara hasta el cuello, Valero tomaba la delantera del combate.

A mí me tocó hacer el trabajo de cobertura de la pelea, en vivo, para la televisión, desde el ring. Impresionado, vi como Edwin Valero comenzaba a respirar sólo por la boca como una especie de pez fuera del agua. Tragaba aire fuertemente y se iba en contra de Velázquez con ganchos de izquierda y de derecha que en el estómago del “Manito” se escuchaban como cuando lanzan un saco de cemento al piso desde un camión.

Nunca había visto a alguien recibir tanto castigo como al mexicano y mucho menos por deporte. Aquella golpiza era tan brutal, que muchas veces cerré los ojos y pensé que si mi hijo quisiera ser boxeador y le toca uno como el Inca, no lo toleraría. Pensé que mejor debía ser periodista o mejor ingeniero, médico o qué se yo. Me imaginé por un momento a los padres de Velázquez, quien debían estar horrorizados por televisión viendo aquella carnicería. 

Así pasaron los rounds, entre los gritos del público varguense y los golpes de Valero, que cada vez eran más certeros en la humanidad del mexicano. Velásquez no se rendía y como buen mexicano aguantaba más. En el quinto asalto, puso una rodilla, era evidente que Edwin terminaría con todo antes de la media noche. Y así fue. En el séptimo Héctor Velásquez no pudo más. No tuvo fuerza para salir de la esquina y, del otro lado del ring, con los brazos arriba, Edwin Valero y su equipo de trabajo gritaban a puro pulmón que eran campeones del mundo.

Un recuerdo del Inca, ese que dejaba el alma entre los puños.

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