Ricardo Andreutti: Ir y venir, estar y no pertenecer

Hoy escribo desde mi habitación del hotel en Caracas. Estoy a cuatro cuadras de mi hogar sabiendo que no puedo volver sino hasta dentro de 45 días. Primero tengo que transitar algunos kilómetros para luego, por fin volver. Estoy en mi cuarto hotel hospedado en dos semanas, mi quinta ciudad transitada, mi tercer país de estadía y mi sexto partido ¿Cuánto se puede vivir en trescientas treinta y seis horas?

Han sido muchos kilómetros, junto a muchos sellos en las páginas de mi pasaporte, algo grandioso. Infinidad de quejas por la postura de mi columna en los asientos de los bus camas, que tienen una precisión inequívoca para caer en los huecos mas profundos de las carreteras de nuestro país.

Una autopista regional del centro que involuciona año tras años, como la dureza de mi rostro por toda esa descarga de energía física, mental y emocional que demanda mi amada profesión. Mi ceño que se frunce por un sol que se empeña en ser cada día mas vigoroso. Cuantas calorías gastadas para no poder ser recargadas debido a esos insomnios cada día más presentes. Es como si la condición que existe para cumplir años de vida sea depositar en un sobre las horas de sueños con fecha de caducidad que al final nadie consume y terminan perdiéndose.

Juegue bien o juegue mal, gane o pierda. Mi mente no para en esas noches solitarias en vela. En vez de mis párpados, es mi mandíbula la que se cierra fuertemente con recuerdos de jugadas y todos esos sacrificios que me ha demandado mi profesión. Mi intestino tarda horas en relajar un estrés que consume esta vida.


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Mis ojos se achinan cuando veo venir un faro incandescente por la famosa recta de El Tigre cuando voy a Puerto Ordaz. Como autómata giro para ver sus luces de stop; como si estuviera en un bar viendo a una chica venir y al pasar, voltee para ver su caminar. Intento recrearme esta última imagen que nunca viví. Bar, fiestas o reuniones familiares son experiencias que solo conozco por historias de terceros.

Mi realidad: ver nubes por la ventanilla, si es que el ala del avión me lo permite. Pedirle una manzanilla a la aeromoza que pasa por el pasillo a las dos de la mañana para tranquilizar mi insomnio es, tal cual, pedir un trago al bartender para silenciar la mente atormentada que todo ser humano con avatares comunes tiene.

Me permito escribirles, no desde un artículo deportivo que pretende generar una matriz de opinión para la crítica; que abra un debate virtual que logre generar mayores visitas y tráfico a esta dinámica de la información. Escribo desde una burbuja que desgasta y aísla del mundo real. Que nos saca de la intimidad de la rutina, ese espacio al que a uno acude para desvestirse de todas esas quejas que cargamos producto de esta matrix en la que vivimos.

Escribo para expresar mi pasión por el movimiento, por estar y no pertenecer. Por la dicha de poder ir y venir. Por manifestar las consecuencias de vivir de lo que te apasiona. Del aprendizaje recibido al salir de mi zona de confort a un lugar incómodo pero cargado de nuevas experiencias.

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