¿Sigue siendo la LVBP el primer pasatiempo nacional?

Este martes llegó diciembre, el mes mimado del beisbol venezolano. El público, oh tristeza, no vino con él. En el estadio Universitario, menos de 900 personas presenciaron la vibrante remontada del Caracas frente a Bravos de Margarita.

Si la de los Leones fuese una causa perdida sería natural tanta desolación. Pero con ese triunfo los melenudos nivelaron su récord  y se arrimaron a un juego del cuarto lugar. Así que es otro el motivo de esa velada intimista donde antes olía a delirante multitud. Hay un inquietante mar de fondo tras la falta de quorum.  

Ni siquiera en los dos juegos contra los Navegantes del Magallanes, el otro imán de masas en la pelota profesional venezolana, la boletería del Caracas alcanzó el 40% máximo de ocupación previsto en la regulación anti Covid para la temporada 2021-2022.  Antes, la venta de entradas para ver en persona la gran rivalidad del deporte nacional se tornaba asunto de orden público por la frenética demanda que desbordaba la oferta.

Ahora sobran sillas.

Las heladas se extienden más allá de la UCV. En Valencia ha habido partidos con 200 entradas vendidas. “Y eso que hemos hecho promociones sobre promociones, con rebajas en el precio de la cerveza”, confiaba días atrás un directivo del Magallanes, la divisa más popular del país y, para más etcétera, la puntera del certamen. Hemos visto el José Pérez Colmenares de Maracay transformado en gélidas estepas. Bajo el agobiante calor caribeño del Forum La Guaira penden del techo las estalactitas. Hasta en Barquisimeto, donde los Cardenales de Lara se han vuelto un modelo de efectivo marketing deportivo, la abstención supera las estimaciones, aunque ha habido cierto repunte.

Estamos experimentando un periodo glaciar en las gradas de la pelota local.

Hay distintas hipótesis para explicar que el campeonato se quedase tan solitario. Una es el temor a contagiarse con el coronavirus, que sería plausible de no ser porque la realidad la desmiente. Con datos obtenidos de la telefonía inteligente, el periodista Arnaldo Espinoza comprobó que, en Venezuela, la cuarentena se cumplió hasta mediados de mayo de ¡2020! Basta pasarse por los atestados lugares públicos, inclusive los espacios cerrados, para comprender que es otro el origen del problema.  

Las penurias económicas podrían ser otra causal y seguramente inciden en que la ciudadanía se haya alejado de los estadios, pero tampoco explican suficientemente el fenómeno. Hace cinco años aquí no se conseguía harina, ni azúcar, ni papel sanitario; cientos de miles escapaban del infierno en el cual se les convirtió su patria. Y de todos modos los estadios se poblaban. Menos que antes, pero bullían de fervor. En toda crisis, aún las peores, hay capas sociales inmunes a la destrucción y dispuestas a gastar en el entretenimiento de su preferencia. Muchos de quienes entran en esa categoría han tachado la pelota de su lista.

Y así nos enfrentamos a una perturbadora posibilidad: que el beisbol profesional venezolano, considerado por siete décadas el primer pasatiempo nacional, esté perdiendo su encanto y saliéndosele del corazón a los fanáticos.  

Estoy cada vez más convencido de que haber afrontado la temporada 2018-2019 sin acceso a jugadores ni técnicos afiliados al consorcio MLB causó un grave perjuicio, ojalá subsanable, a la LVBP. La decisión de la Casa Blanca de poner en la lista negra a los equipos los privó de contar con lo mejor de su nómina.  

La coyuntura de aquel torneo de emergencia, para el cual se acudió a jugadores limitados que ya habían sido descartados, consolidó en un sinnúmero de amantes del beisbol la percepción de que el circuito había perdido su prestancia de antaño y por tanto no valía la pena invertir tiempo, ni dinero, en acercarse a la boletería o comprar un abono.  Esa creencia ya venía larvándose, pero lo ocurrido en la 2018-2019 desencadenó, a mi juicio, una cuantiosa deserción de aficionados. La zafra 2020-2021, que se libró a puertas cerradas por el Covid, enfrió todavía más la relación. Y el certamen 2021-2022, con un pitcheo que permite más de cinco carreras limpias por cada nueve innings, poco contribuye a reconquistar a los decepcionados, pese a que en esta edición han reaparecido los bigleaguers y se han exhibido brillantes prospectos. Aun así, cuesta sacarle de la cabeza a los desencantados la idea de que este se ha vuelto un beisbol en do menor.

Llegar a esta conclusión echa por tierra una tesis que sostuve hasta hace poco: que la inmensa mayoría de los aficionados iban al parque a ver equipos, no peloteros; que el sentido de identidad y pertenencia prelaban sobre cualquier otra consideración.   

Por los vientos que soplan, no era tan así.

 A estas alturas tengo cada vez menos dudas de que la intromisión gubernamental ha lastimado el prestigio de la liga. Los dueños de equipo lidian con la injerencia del Estado y la administran ante el temor de ser despojados, pero el golpe de imagen ante los ojos de un sector considerable de la fanaticada es inocultable.  

Corresponde a los clubes, y a la Liga, ingeniárselas para recuperar las almas perdidas. Es su responsabilidad, y su vital interés. Nadie está obligado a pagar por una entrada al estadio, de modo que es tarea de la propia industria seducir a la gente que se ha alejado. El porvenir de la LVBP pasa por frenar la desafección. “Hay que entender que se necesita emocionar a las personas. Si no las emocionas no te van a ir al estadio, ni que pongan las entradas gratis”, comentó un experto en mercadeo que trabaja para una de las ocho organizaciones.

Mal haría la liga fiándose de la fidelidad de marca que construyó por 75 años, durante los cuales ha coadyuvado a forjar la identidad nacional contemporánea.  La Liga Profesional de Baloncesto (LPB) caló hondó, llenó gimnasios a reventar y hoy en día es un recuerdo brumoso. La LVBP debe mirarse en ese espejo. Lo dice alguien que creció viviendo intensamente el beisbol profesional venezolano y ahora vive de él, como otros tantos miles quienes han hecho de esta pelota su modo de llevar pan a la mesa.

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