Trocador de oficio

Trocador. Jean Carlos camina por Copacabana con la cabeza alzada. La mayoría de los que anda así está buscando compatriotas, fanáticos que vistan la misma camiseta que él, a quienes  pueda ir a saludar con alguna expresión autóctona y luego abrazar mientras comparten alguna cerveza. Él, sin embargo, busca todo lo contrario. Rastrea la playa para intentar conseguir fanáticos de otros países. Mientras más lejanos y exóticos mejor. A su lado va sonriente Paul, un catire de ojos claros que lleva orgulloso una camiseta de Ecuador. En la selección ecuatoriana hace años que no juega ningún futbolista con esos rasgos. Pero lo realmente extraño es que Paul no habla español.

Ambos son noruegos. Viven al norte de Oslo en un pueblo donde, dicen, hay sol y noche a partes iguales. Seis meses y seis meses. Allá lo que conocen como playa no se parece en nada a lo que tienen frente a sus ojos. En la maleta trajeron una decena de camisetas de su selección. Un par de ellas las guardaron para llevarlas al estadio cada vez que la economía se los permitiera. El resto van en un bolso a la playa. Ahora quedan nueve, luego que Paul cambiara una suya con un ecuatoriano que ahora va por ahí con la misma camiseta que algún día defendió Tore André Flo u Ole Gunnar Solskjær. Trocador.

No son los únicos. Son casi un centenar los que recorren la playa ofreciendo cambiar su camisa. En un bar un grupo de estadounidenses beben de unas cervezas. Uno de ellos está sonriente con una camiseta de Ghana encima. Es probable que sea incapaz de ubicar al país en el mapa pero él está feliz de su nuevo tesoro, uno que difícilmente hubiera conseguido en alguna tienda en su país.

En Oslo tampoco venden muchas camisetas de Japón o de Irán. Pero sí bastantes de Noruega, por eso Jean Carlos y Paul decidieron alimentar su colección en Copacabana en medio de una tradición que parece tener buena aceptación entre el público. Trocador.

Al borde de donde rompen las olas, un alemán mira con incertidumbre. El uniforme que carga puesto fue comprado en una tienda oficial. Frente a él, un mexicano espera que decida sobre su oferta. Las reglas son las mismas que utilizaron hace años para comerciar bajo la figura del trueque. La barrera del idioma tampoco les permite margen para negociar. La señal de cambio la conoce cualquier fanático del fútbol. Y después solo hay dos opciones: sí o no.

En Brasil, la palabra trocar se utiliza para cualquier cambio. Desde el que entrega dólares esperando recibir reales. O el que paga y espera el cambio de regreso. Hasta el que ofrece su camiseta por la de cualquier otro país. Un recuerdo de la convivencia entre cientos de nacionalidades diferentes que permite un evento como este, un Mundial de fútbol. Un souvenir que no tiene etiqueta del fabricante pero que el sentido común indica que, antes de utilizarlo, es buena idea meterlo a lavar. Trocador.

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