Un tributo a la memoria de Omar Malavé

De Omar Malavé eran admirables su gentileza, caballerosidad, conocimiento del juego y éxitos, pero, por encima de todo, su entereza ante el fracaso. El carácter de un hombre se mide en la derrota y Malavé siempre la miró de frente, sin esconderse, con la serenidad del valiente.   

Cada vez que un mánager de por estos rumbos se ocultaba de la prensa cuando perdía, pensaba uno: ojalá hubiera más como Omar Malavé. Por desgracia, hoy hay uno menos. Malavé, piloto bicampeón en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional, coach en Grandes Ligas y un señor en la acepción más elevada del término, murió prematuramente a los 58 años de edad.

Su partida deja consternada a la pelota y a todos quienes le conocieron. Si usted encuentra a alguien que malponga a Omar Malavé en este negocio, sospeche. “Trataba a sus peloteros como hijos. Es, y seguirá siendo, un señor del beisbol. Como mánager te brindaba seguridad y te hacía disfrutar el juego”, dijo sobre él Henry Blanco, uno de sus más connotados dirigidos.

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Omar Malavé vino al mundo de la pelota dotado con el don de la ecuanimidad y la decencia de los justos. Ni en los peores momentos se salía de sus cabales. Era un cumanés estoico y de hablar pausado que, sin embargo, conservaba la afabilidad y chispa del oriental. Podía hablar con augusta seriedad sobre lo que le pasaba a su equipo y de inmediato bromear con un reportero porque arrastraba unos ruedos largos.

En su clan beisbolero (sus hermanos José Francisco y Benito se destacaron en la LVBP y José Francisco pudo llegar a la Gran Carpa), Omar Malavé fue el menos bendecido para jugar.  Lo descubrieron los Cardenales de Lara en una gira por los estados orientales en busca de nuevos peloteros criollos que convirtieran a los Pájaros Rojos en una divisa ganadora. “Creamos la escuela Cardenales de Lara de la mano de Domingo Carrasquel y Epy Guerrero y del recorrido por Sucre trajimos a varios muchachos, entre ellos Malavé, un outfielder espigado y que podía correr”, describe Humberto Oropeza, presidente de los crepusculares. “Si bien nunca fue un pelotero regular, sí fue útil, inteligente y de buen carácter. Era lo que se denomina pelotero de organización”

Efectivamente, en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional fue un perenne suplente con Cardenales y en Estados Unidos solo bateó para .258 en nueve temporadas. No tenía poder, tampoco velocidad. Lo que le faltó en dones como pelotero le sobró en lucidez y humildad para entender que, mientras más corta fuera su carrera como beisbolista, más larga sería su estadía en la industria.

“Cuando empezó el proyecto de tener una liga paralela a la nuestra para desarrollar peloteros (la recordada Liga Andina) armamos un equipo con sede en San Antonio del Táchira y necesitábamos un mánager”, recuerda Humberto Oropeza. “Pensábamos que la carrera de Malavé iba más hacia ser técnico y le planteamos que se retirara y fuera a dirigir a San Antonio del Táchira. Él aceptó y fue el primer piloto de ese equipo. Además, se lo recomendamos a Pat Gillick, el gerente general de los Azulejos de Toronto, una organización con la cual Cardenales tenía un convenio de trabajo. Le dije que era serio, prudente, inteligente, responsable, capaz de ejercer disciplina y aflojar la cuerda cuando hiciera falta. Ellos lo firmaron”.    

A los 28 años de edad, cuando el pelotero está en el cénit de su potencial, Omar Malavé estaba dirigiendo a los novatos de los Azulejos de Toronto, la organización con la que estuvo casado por más de tres décadas.  Malavé no se aferró a su anhelo de dar un jonrón en las Grandes Ligas. Renunciar a esa vana ilusión le permitió prepararse para ascender a las mayores por el pasadizo de los adiestradores. “Finalmente pude llegar, mi hermano”, decía orgulloso cuando los Blue Jays lo nombraron coach de primera base en 2010. El mesurado análisis de su propia realidad, deslastrado de soberbia y terquedad, le permitió transformar lo que para cualquiera sería un revés en victoria. Una de muchas en su vida profesional.  

Cuando Malavé se graduó en el Big Show como técnico había construido un robusto resumen curricular, que incluyó dos coronaciones seguidas como timonel de Cardenales de Lara en las campañas 1997-1998 y 1998-1999. “Fue nuestro primer mánager bicampeón”, apunta Humberto Oropeza. Este doble triunfo lo introdujo en los libros del beisbol venezolano como uno de tres dirigentes criollos capaces de conducir a una misma novena al título dos veces sucesivas (teniendo el mando de principio a fin). A los 36 años unía su nombre a los de Pompeyo Davalillo y José Antonio Casanova, dos divinidades de la estrategia en el país. En ese instante de gloria, el rumor del río Manzanares arrullaba su henchido corazón de campeón. “¡Ay, Cumaná, ¡quién te viera!”, suspiró cuando le ganó esa segunda final sucesiva a los Leones del Caracas, a quienes poco después dirigiría.  

Su paso por la capital puso a prueba su estabilidad emocional y realzó la dignidad antibalas de Omar Malavé.

Corría la temporada 2005-2006 y los Leones, todavía en la clasificación, empezaron a perder repetidamente. El público se impacientó y encauzó su cólera maldiciendo al mismo mánager que venía de llevar a la divisa al séptimo juego de una final ¡Fuera Malavé!, dictaba sentencia la implacable tribuna cada vez que el dirigente salía de la cueva a remover a un pitcher en aprietos. Aquello fue demasiado para él. En un país donde nadie renuncia (y menos quienes deberían hacerlo) Malavé tampoco quiso mando. Emuló a Vicente Emparan, aquel gobernador español de Cumaná que luego prefirió desprenderse del título de Capitán General de Venezuela al sentir el repudio de la multitud caraqueña el 19 de abril de 1810.

Malavé no se enconchó. En una hora aciaga, cuando nadie desea ser interrogado, respondió sin acrimonia las preguntas de la prensa. No era personaje de reproches públicos, como lo demostró tiempo después al ser despedido por los Navegantes del Magallanes o ver cortada su relación con Caribes de Anzoátegui. Siempre administró el fracaso con altura. El decoro y la gallardía fueron la divisa de este amable señor que el beisbol ha perdido antes de tiempo.  A esta hora debe estar viendo a Cumaná desde bien arriba.  

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