El futuro de Messi se decidió como en un juego de póker

El póker es el arte máximo del engaño, convertido en juego de azar. Apostar todo, sin tener a veces nada, para tratar de ganar un duelo contra un rival al que debes leer para entender el riesgo que asumes.

Y aunque el juego de cartas más famoso ha limpiado su fama de juego mal habido, gracias a su globalización como disciplina lúdica profesional, con premios millonarios y eventos llenos de lujo, no deja de ser una disciplina para timadores de oficio. Tipos como el presidente del Barcelona, Josep María Bartomeu.

Puede que el actual mandamás del cuadro catalán no sea un dechado de virtudes. Cómo dirigente, de hecho, ha dejado mucho que desear. Y más aún cuando Lionel Messi lo expuso, ante la ausencia de un proyecto deportivo sólido, que pueda brindarle al conjunto azulgrana una nueva Liga de Campeones.

Pero, Bartomeu, es un extraordinario jugador de póker. Las últimas dos semanas, jugó la mano de su vida. Una victoria, por pírrica que fuese, representaba no cargar en su espalda con el legado de la partida de Messi, del mejor jugador de la historia de la institución, tal vez, del planeta. Era algo que su ego no podía soportar.

Estrategia en el póker

Bartomeu hizo la tarea perfecta. Se burló de las intenciones del rosarino de abandonar Can Barsa, pidiéndole tiempo hasta el final de la temporada. Final que, para sus efectos, tenía una fecha distinta a la que Messi y sus asesores leyeron en el contrato.

Por lo tanto, su estrategia estaba clara: Recibe el golpe, espera, y contraataca. Dejó que Messi mostrara primero sus dos ases. «Le dije al presidente del club que me quería ir. El burofax fue la forma de hacerlo legal, de dejar todo claro. Pero era algo que tenía decidido mucho antes, y siempre que pedí hablar, me dijeron que lo hiciéramos al final de la temporada. Él no cumplió con su palabra», expuso Messi en una entrevista a Goal.com, en la primera vez que hablaba desde el envío de aquella carta notariada a las oficinas del Camp Nou.

Contragolpeó Bartomeu, pasando, y esperando la reacción de su rival. No habló. No dijo nada. Grave error. Al Messi pasar, forzó el ataque. Y Bartomeu, fue «all in». Todo o nada. «Que Messi diga si quiere que me vaya del club. Si lo dice públicamente, dimitiré del cargo», dijo escuetamente el presidente del cuadro catalán tres días después del polémico burofax, poniendo la pelota en la cancha del ariete argentino.

Era una lucha de poder a poder. Si lo decía públicamente, Messi quedaba cómo un «monstruo omnipotente»», por encima del club que dice ser «Más que un Club». Había caído en la trampa.

Y al no presentarse a los exámenes médicos de la pretemporada, y no iniciar los trabajos bajo la disciplina de Ronald Koeman, el argentino comenzaba a perder el crédito. Su mano, que era mejor y más rica en opciones, comenzaba a verse mala, después que las cartas fueron virándose en su contra.

Amor

Desde la salida de Ernesto Valverde en enero de 2020, de forma abrupta y poco clara, con un acercamiento desleal de Bartomeu en Qatar con Xavi Hernández mientras el otrora estratega del Barsa aún estaba en el banquillo, el poco cariño que tenía Messi por la directiva del Barcelona se terminó. Una relación desgastada por la poca claridad de conducción del presidente blaugrana.

El argentino adora a la institución, pero no puede convivir con quién la regenta. Es la historia que lleva a la gente al exilio. Adoran su país, pero no pueden con el gobierno de turno y su nefasta gestión. «No hay un proyecto», expuso Messi a Goal.com. «Se ponen paños tibios, se tratan de tapar huecos con algunos fichajes, pero no existe un verdadero proyecto. Quedó claro, no sólo con lo de la última Champions, también en Liverpool, en Roma», dijo.

«Son los últimos años que me quedan en el fútbol, y quiero aprovecharlos disfrutando, y competir por ganar la Champions. Pero en este tiempo no me he sentido feliz», añadió. La siguiente jugada del juego de póker era para Messi, que con el paso de los días, veía desvanecerse su salida al Manchester City.

Su padre y agente, Jorge Messi, fue a las oficinas del Barcelona para hablar con Bartomeu, para intentar negociar la salida. Ahí, el presidente hizo el último movimiento. Reiteró su apuesta total. O el City paga la cláusula de 700 millones de euros, o nos llevan al TAS, Tribunal de Arbitraje Deportivo Internacional.

Messi es un extraordinario regateador en la cancha, y una persona que ha mostrado la misma habilidad para intentar esquivar los conflictos cada vez que se le presentan. Los detesta. Eso explica, tal vez, su incomodidad al jugar con tanta presión en Argentina, o la inhabilidad de declarar cuando la derrota es tan lacerante que provoca dolor agudo.

Bartomeu, a sabiendas de eso, entendía que tenía la batalla ganada. Un habilidoso jugador de póker. «¿Cómo voy a ir a llevar a juicio a la institución que amo, que me dio todo? No puedo. He decidido quedarme este año. Mis hijos me lo pedían, mi familia sufrió mucho con todo esto. Yo espero competir con todo, prometo dar lo mejor de mí, para tratar de volver a lo más alto», expuso Messi, mientras el presidente del Barcelona, ponía sus manos sobre la mesa, y se llevaba el botín ante la historia.

    Victoria pírrica

    El triunfo de Bartomeu, aunque pírrico, mantendrá a Messi al menos un año más en el Barcelona. Un matrimonio por conveniencia, para que los hijos no vean que la casa se quemó hace rato. Eso sí: el presidente del Barsa celebra para su ego, el sólo hecho de saber que no será él quien tenga que dejar ir al argentino, algo inevitable, bien sea en junio de 2021, o más pronto que tarde.

    Y ahora habrá que esperar a una nueva partida de la Serie Mundial de Póker, a ver qué pasa cuando a partir de enero, el astro argentino tenga permiso para negociar abiertamente con otros clubes, y qué harán los candidatos a la presidencia del Barsa con Lionel, al que habrá que ofrecerle un proyecto ganador, para evitarse líos en el futuro con él.

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