La superclásica violencia pudo más que el fútbol

Todo estaba listo para definir la Superfinal entre River y Boca. El partido de vida o muerte, el último día o el apocalipsis. Esos eran los términos que usaban los argentinos y extranjeros para definir esta final de Copa Libertadores. Sin embargo, nada de eso pasó. Los protagonistas nunca salieron a jugar, la violencia se impuso en los alrededores del Monumental y las autoridades, después de dos reprogramaciones, decidieron cambiar el encuentro para este domingo 25 de noviembre.

Desde tempranas horas de la mañana, funcionarios de la policía colocaron vallas de seguridad para prevenir ataques contra el Mcdonald’s que está cerca del Obelisco. Un lugar incónico donde se esperaban a los hinchas del equipo ganador para festejar el título.

Al otro lado de la ciudad, justo a las afueras del estadio Monumental, los fanáticos de River Plate se concentraban en la avenida Libertador, con entradas o sin ellas, para alentar al equipo. Por ese mismo lugar pasó el autobús de Boca Juniors con un operativo de seguridad que falló al no despejar la zona y dejarle la mesa servida a unos inadaptados que aprovecharon para agredir al rival.

Los funcionarios de seguridad, pocos para ser un evento de gran magnitud, reaccionaron con gas pimienta. Los futbolistas del xeneizes se vieron afectados y hasta agredidos físicamente, ya que rompieron los vidrios del transporte que los trasladaban y Pablo Pérez tuvo lesiones en su rostro.

Este hecho dejó en evidencia que nada estaba bien en la final del mundo, como le colocaron algunos medios de comunicación. Lo verdaderamente mundial fue la vergüenza. Hasta jugadores internacionales como Carles Puyol opinaron del papelón que hizo el fútbol argentino.

Las horas pasaban, la «fiesta» continuaba en la avenida Libertador. Algunos no sabían lo que había ocurrido. No tenían ni idea que adentro se discutía si jugar o no el partido histórico. En una de las entradas, varios voluntarios cristianos identificados con remeras que invitaban a la no violencia se encargaban de ayudar a organizar el ingreso. «Estamos aquí por la paz. Queremos que esto se juegue con tranquilidad, que se viva el fútbol. Hace dos semanas estuvimos en la Boca y todo funcionó muy bien», declaró uno de los participantes mientras dividía las filas.

Hay quienes llevaron a sus hijos, se pintaron los rostros para la celebración, cantaban con emoción y hasta jugaban al fútbol para esperar la anhelada hora del pitazo inicial. Los noventa minutos más importante de la vida, según sus palabras. Alegría, eso había ante de la segunda batalla. «El juego queda 3-1», afirmaba un chico con su camisa de River y una pelota verde con la que se entretenía en compañía de sus hermanos.

El entorno cambió en cuestión de segundos, lo lindo se tornó en feo porque a alguien se le antojó lanzar una botella. ¿El objetivo? Lo sabrá él.  Este sonido movilizó a todos los que estaban en ese cordón, el gas pimienta se expandió y las balas de goma tomaron protagonismo. Un grupo de personas corría para protegerse, otros rompían lo que tenían a la mano para seguir la fiesta de lo absurdo. «Aquí no se toman fotos», le dijeron con voz amenazante a un fotógrafo.

Los negocios cercanos cerraron sus puertas. «Tengo boletos», se escuchó en medio de una guerra entre objetos contundentes. Pocos le prestaron atención, en ese momento solo querían salvarse para no salir heridos. Algo que no todos pudieron. Ya a las 17:00 horas la sangre había dejado su huella en las aceras.

¿Se juega o no? La pregunta. Conmebol retrasó dos veces el compromiso dejando en evidencia sus intereses por lucir una cara radiante, la cual estaba tristemente manchada y sin poder maquillarla.

El ambiente en la avenida Libertador pasaba de festivo con cantos y bailes a lo agresivo.  Se calmaba por minutos y al rato volvían a enfrentarse. Un baile sincronizado que dejó heridos y detenidos.  El anuncio oficial aún no se había dado cuando las motos negras empezaron a rodear la zona, el gas ahogaba a las personas que se protegían detrás de los autos, las botellas seguían volando y los delincuentes sellaban esta película de terror con hurtos a sus «compañeros» de equipo. Absolutamente nada era normal en el evento más importante del fútbol local.

Desde un auto se escuchó que suspendieron el partido. «La puta madre», expresó un joven consciente que todo era bochornoso y esa era la decisión que debió darse horas atrás. A pocos metros la policía realizaba una requisa, la gente se retiraba de Núñez, algunos llevaban sus cabezas abajo producto de un día para el olvido. Claro, también estaban los que a pesar de todo, seguían cantando. Este domingo 25 de noviembre la función continuará, veremos cómo concluye la final que nunca se pudo jugar un sábado como lo planificó la Conmebol para seguir los pasos del fútbol europeo.

Un comentario

  1. 127146 180423Right after examine a couple of with the weblog posts on your internet site now, and I in fact like your way of blogging. I bookmarked it to my bookmark internet site list and shall be checking once again soon. Pls try my website online as nicely and let me know what you think. 115963

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba