Lionel Messi: Un legado entre gloria y desazón

A Michael Jordan le preguntaron al final del documental The Last Dance, sí creía que los Bulls hubieran ganado una vez más, si regresaban todos, una séptima vez, un último año, una temporada final. «Creo que lo que más me duele, es no haberlo podido hacer. Aún me persigue. Creo que habríamos podido ganar», dijo el mítico 23 de los astados de Chicago, antes de irse de la pantalla, acompañado por el ocaso visto desde el balcón de su casa. Probablemente, a Lionel Messi le preguntarán en algunos años, por lo que pasó por su cabeza el 25 de agosto de 2020.

Ese día, el rosarino decidió terminar con el club que lo vio crecer, y convertirse en una leyenda. En ese día, Messi le dijo al Barcelona, hasta aquí llego, no sigo.


Cuando la institución azulgrana lo descubrió en Rosario, en las categorías menores de Newells, el club era dirigido por Joan Gaspar, y acababan de clasificarse a la Champions League por un milagroso gol de Rivaldo de chilena desde el borde del área.


Eran años duros, de sufrimiento para el fanático catalán, días donde  Real Madrid comenzaba a configurar un equipo galáctico, que eventualmente se estrelló, justo cuando el chico argentino de la cantera, que firmó un compromiso para su contratación en una servilleta que le pasó Carles Rexach, debutaba en el primer equipo, que terminaba de recomponerse después de años de inestabilidad.


«Él era muy bajito. Menudo. Se veía frágil. Nadie se imaginaba la que iba a liar», contó Gerard Piqué, compañero de Messi desde que eran canteranos. Joan Laporta, el nuevo presidente, había traído a Ronaldinho, Deco, y con ellos, comenzaba otra era. Esa primera vez de Messi, fue en un ya lejano año 2003, en un amistoso de pretemporada. En La Liga, debutó contra el Espanyol, en 2004, de la mano de Frank Rijkaard, y comenzó a escribir una historia, cuyo legado va de la gloria al dolor de su turbulenta despedida.


«Nunca olvidaré a Frank Rijkaard», dijo un joven Messi, de apenas 17 años de edad en una entrevista concedida al diario catalán Mundo Deportivo por aquellos días. «Tuvo el atrevimiento de confiar en mí, y de darme esta oportunidad de estar en el primer equipo. Le estaré agradecido siempre», comentó.

Amanecer

El albor de Messi dejó perlas brillantes. Su explosión absoluta es recordada por todos, ya en 2006: Un gol «maradoniano» al Villarreal en un partido de Copa Del Rey, casi calcado del que Diego Armando le hizo a los ingleses en México 86; que alebrestó la eterna comparación entre el rosarino y «El Pelusa».

«Este debe ser el mejor gol que he visto alguna vez en mi vida», dijo el portugués Deco, quien miró atónito el tanto que se inventó «La Pulga», que para muchos ya era uno de los mejores jugadores del mundo.

También fue memorable el partido que hizo cuando el Barsa goleó al Real Madrid en el Camp Nou, flanqueado por Ronaldihno y Deco. Todo esto, justo antes de que el equipo azulgrana lograse la Liga de Campeones en 2006, el primer título europeo de Messi, en el que no participó en las etapas finales por estar lesionado.

Desde entonces, sus goles en Champions y en La Liga, comenzaban a catapultar su carrera a los 19 años, a la élite del mundo. Fue notable aquel triplete en un partido de locos 3-3 contra Real Madrid, donde todos los focos comenzaron a apuntarlo. Ese día, Ronaldinho Gaucho, que ya comenzaba a dar visos que dejaría al Barcelona pronto, le entregó el testigo. Era su momento

Messi no es de este mundo

En 2008, con la llegada de Josep Guardiola al banquillo catalán, comenzó el aplastante dominio del cuadro azulgrana; y la irrupción de la mejor versión de Messi en su carrera. Su rendimiento ya no era el del típico jugador escorado a la banda, que se internaba a contra pierna haciendo diagonales.

Ahora gravitaba por todo el ataque. Era temible. Tan feroz que era capaz de anotar de cabeza, cómo se lo hizo al Manchester United en Roma, en la final de 2009, donde le dejó al Barcelona su tercera Champions, la segunda de su mano, y comenzaba la seguidilla de títulos que terminó con la gloria en los seis trofeos que disputaron; logrando un sextete único en la historia.


Su reinado, competido ferozmente por el portugués Cristiano Ronaldo, quien se forjaba a base de trabajo contra el talento innato del argentino, era una oda al fútbol champagne, ese que tanto gustaba en Barcelona, y del que no disfrutaban desde los días del equipo de Johan Cruyff. Ninguno había logrado tal brillantez, ninguno tenía a Messi.

En 2011, tras una liga más y otra Copa del Rey, repiten en la Champions, de nuevo contra Manchester United, pero ahora en Wembley, en la que se recuerda cómo una de las mejores exhibiciones del equipo de Guardiola, quien, a pesar de liderar la nave, estaba a punto de dejar el timón y perderse en Nueva York en un año sabático, tras ganar 14 títulos.

Pero Messi andaba en automático. Era capaz de anotar 40 y 50 goles por temporada, sin chistar. Era lo normal para él. Se mal acostumbró la afición del Barcelona, y casi dependió de él en los momentos de dificultad, para luego gozar con él en la gloria. Era una máquina de trofeos individuales, también, dejando claro que en la mesa de los mejores del mundo, sólo había espacio para él y para Cristiano, estrella además del rival, Real Madrid.

Eran rendimientos sobrenaturales. No eran de este mundo. A Barcelona llegó Neymar en 2013, y en él, junto al uruguayo Luis Suárez, encontró dos socios extraordinarios. Con ellos, cabalgaron nuevamente por Europa para ganar su cuarta Champions, la quinta del club, ya bajo el comando de Luis Enrique en 2015. Un triplete, con el añadido de un Mundial de Clubes más, que eran toda la felicidad posible para la feligresía azulgrana. Los de esos días fueron, quizás, los últimos recuerdos alegres de Messi con la camiseta del Barcelona.

El ocaso

A partir del año siguiente, en 2016, comenzaron las decepciones y los desencantos. Si bien es cierto que su rendimiento individual seguía siendo de otra dimensión, Messi comenzaba a dar señales de una cierta fatiga con las formas en las que se gestionaba el club.


Junto a esa sensación de empacho, también llegaban los resultados negativos en lo deportivo. En ese 2016, el Barcelona se quedaba fuera de la Liga de Campeones en cuartos de final, después de que Atlético de Madrid le remontó una serie que habían comenzado ganando por 2-1, y terminaron perdiendo con el conjunto colchonero, por 2-1.

El desgaste comenzaba a hacer mella, y ya el equipo punzante de Luis Enrique, que era distinto al de Guardiola, no podía venir de atrás en series importantes y en partidos claves, y aunque les daba para ganar la Liga; se quedaban en el camino en Champions.


Así, llegó el incidente de Roma en 2017, cuando se fueron goleados por 4-0 en el Olímpico de la ciudad eterna por La Loba; después de haber ganado la ida en casa por 3-0. Luis Enrique dejó el mando, llegó Ernesto Valverde, y aunque Messi ya no estaba rindiendo al mismo nivel de hace diez años; seguía siendo el mejor jugador del mundo. Aún y cuando ya no lo acompañaba Neymar, quien se fue al PSG a tratar de ser rey en otro feudo.

El 2018 tajo consigo otro chasco en la Champions, con una nueva derrota en cuartos de final incluída, y un tercer título para Real Madrid que alebrestaba aún más el animo competitivo del rosarino, cansado de ganar en España, hastiado de quedarse corto en Europa.

Pero si una caída es recordada en Barcelona y por Messi por ser particularmente dolorosa, fue la de 2019, ante Liverpool, en una serie de semifinales que tenían en el bolsillo tras ganar de nuevo en la ida por 3-1; y perder en la vuelta hundidos en errores mentales por 3-0 en Anfield.

«Es hora de ir y buscar ese trofeo, esa Copa linda, que todos queremos volver a tener aquí», dijo Messi en la pretemporada de su última temporada en Barcelona, ya con barba, algunas canas, y sin la frescura de sus años mozos; asumiendo el rol de capitán del club donde dejó hasta lo último.

Mucho se le había acusado en Cataluña de haber influído en las decisiones de la plantilla, en la designación de técnicos, y hasta en la exigencia de algún fichaje para poder competir al nivel. Además, también se hicieron recurrentes, año a año, los amagues de salida, las renovaciones que le dejaron un contrato blindado; y que hoy cuesta 700 millones de euros para que otro club lo pueda rescindir.

Sin contar con el escándalo fiscal que terminó con el rosarino pagando 4,1 millones de euros a Hacienda en España, por supuesto fraude de impuestos.

Todo sumó, pero él seguía hablando con la pelota en los pies. Jugó 728 partidos, el segundo con más duelos en Barcelona detrás de Xavi, anotó 631 goles; el máximo artillero (por largo, además) de la plantilla azulgrana, todo en 16 años con el club. Ganó de todo: nueve ligas, cinco Copas del Rey; cuatro Champions, y tres Mundiales de Clubes

«Es un jugador que no se puede describir, sólo hay que verlo, maravillarse y admirarlo. Messi es un jugador con un nivel por encima de todos los demás», dijo sobre el artillero argentino Óscar Washington Tabárez, DT de Uruguay, después del clásico del Río de La Plata entre Uruguay y Argentina por eliminatorias suramericanas en Montevideo; de camino al Mundial del 2018.

Día inolvidable

El 25 de agosto de 2020, será recordado cómo el día de la puesta de sol definitiva. La campanada de la última hora de la estancia de Messi en el Barcelona, la dio el 8-2 con el que el Bayern los sacó de la Champions, impotentes, sin atenuantes, sin que el rosarino pudiera hacer su magia de siempre. Enzarzado en una refriega con la directiva del club, era cosa de tiempo para que saliera. Todo se había consumado.

Si le preguntan a Lionel Messi en unos años, si hubiese querido terminar su carrera vestido de azulgrana, seguramente dirá que sí. Más allá que ahora lo esperan en Inglaterra (Guardiola y el City lo recibirían con los brazos abiertos) en Italia, o hasta en Francia; su legado en la Ciudad Condal es tan profundo que hasta el Presidente de la Generalitat de Catalunya lo despidió con palabras afectuosas. Su reino no fue de este mundo, más allá de que tuvo un final mundano. 

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