El combate de María Verónica en su pedana de la vida

No lo recuerda, pero María Verónica Colmenares se acostó luego de desayunar el miércoles 8 de octubre de 2014. Su sueño fue tan profundo que reaccionó dos años después, aunque tampoco lo recuerda. Tampoco aquello fue un sueño sino más bien una pesadilla, había sufrido un derrame cerebral que hizo todo para causarle la muerte. Tampoco explica por qué no lo logró.

En la cabeza de María Verónica aún hay lagunas. Hay demasiados episodios antes del colapso que simplemente se borraron. Muchos, menos aquel combate ante su gemela, María Victoria, en la final de florete en la Sala de Armas Jacinto Lara de Barquisimeto cuando buscaban el cupo a los Centroamericanos de esgrima en Puebla.

“Solo había dos cupos para el Centroamericano. Nosotras hablamos antes de la competencia y dijimos que debíamos hacer buena esgrima para llegar a la final; era la única forma de que el cupo fuese para nosotras. Así pasó, nos conseguimos en la final y ella me ganó 15-13, pero los boletos fueron nuestros”, contó.

María Verónica y María Victoria en el Mundial de Bakú / María Colmenares

A ese combate asistió lo que tiempo después llamaría “su acompañante”. No podía verlo, tampoco sentirlo. Así lo llevó por varios países a los que asistió defendiendo los colores de Venezuela. Peleó junto a ellas en otras pedanas en el mundo. Pero ese miércoles 8 de octubre ese acompañante no quiso ser más silente y se presentó con toda su ferocidad.

María Verónica sufría de una malformación congénita llamada ictus. Es una enfermedad cerebrovascular que afecta a los vasos sanguíneos que suministran sangre al cerebro. Tan cobarde como violento, ese acompañante decidió ese día dejar de esconderse entre las sombras. Solo le permitió desayunar para luego comenzar un combate en lo que ahora llama “la pedana de la vida”.

Una pedana mide solo 240 centímetros de largo, pero la suya es más extensa. Cuando ya han pasado siete años de aquel colapso, María Verónica está aprendiendo a hablar, comer, caminar, vivir. Al lado tiene a sus padres, Juan e Irma; también a su hermana gemela María Victoria con quien ha compartido más que un vientre.

Fueron selección de Lara y Yaracuy. Integraron la selección de Venezuela y en la misma arma, florete. Representaron a Venezuela en eventos internacionales escolares y del ciclo olímpico. Todo lo hicieron juntas. Quizás eso le permitió a María Victoria evitar que a su hermana la desconectaran cuando le dieron plazo de 24 horas para hacerlo.

El día que María Verónica colapsó

“Me dice mi familia que esa mañana me levanté, me cepillé, me vestí y salí a desayunar. Luego sentí dolor de cabeza y mareo. Mi hermana me acostó en el mueble y me suspendió las piernas, ahí vomité como un proyectil”.

María Verónica Colmenares

Esa mañana María Verónica se preparaba para ir a sus clases en la Universidad Yacambú en Barquisimeto. Allí cursaba cuarto trimestre de Ingeniería en Computación, pero el camino que tomaron no fue al centro de estudios, sino a una clínica.

María Verónica representó a Venezuela en eventos internacionales / María Colmenares

“Mi mamá es médico intensivista por lo que mientras mi papá y mi hermana pensaban que era algo que me había caído mal, ella sabía que no era así. Cuando el vómito sale con presión es porque tenía algo que ver con el cerebro”, relató María Verónica con un tono pausado. Aún dice que está aprendiendo a hablar.

La llevaron a la clínica IDET, la más cercana a su casa. Allí le practicaron los primeros auxilios pero el doctor Carlos Angulo pidió trasladarla a la Clínica Canabal. Al entrar al centro médico tenía cabello, cuando la bajaron de la ambulancia estaba rapada y conectada a diferentes cables.

“Me hicieron una tomografía y detectaron un derrame cerebral. En la Canabal estuve los próximos tres meses hospitalizada”.

Las apariciones que muchos no pueden entender

María Verónica no recuerda ni la noche anterior a ese miércoles 8 de octubre de 2014. Pero en su mente sí están un par de imágenes que aún la acompañan y que de solo escucharlo erizan la piel.

“Mientras estuve en terapia intensiva no podía pasar nadie a verme, pero allí trabajaba un enfermero especial. Y cuando te digo que es especial es porque él podía ver a gente que ya se ha ido. Una vez le contó a mi familia que todas las noches iba un señor mayor vestido de blanco. Preguntaba por mí y luego se sentaba a mi lado en la cama. Mi mamá le mostró una foto de mi abuelo Raúl y lo reconoció. Mi abuelito murió hace muchos años”.

Pero esa no fue la única vez que María Verónica sintió presencias. “Yo veía por la ventana una valla publicitaria donde estaba un Jesucristo. Cuando mi mamá se acercaba yo trataba de hacerle señas para decirle que él me visitaba. Lo veía vestido de blanco, el tronco y la cara”.

La conexión de las hermanas Colmenares va más allá de un simple vínculo de sangre / María Colmenares

Mientras batallaba por su vida los médicos manejaban una teoría, María Verónica ya no respondía. Decidieron aplicarle la Escala de Glasgow, una herramienta para saber el nivel de conciencia que tienen los pacientes. La evaluación es de 3 a 15, entre más bajo peor. El resultado de la esgrimista resultó ser 4.

“Los colegas de mi mamá le aconsejaron desconectarme porque prácticamente tenía muerte cerebral. Eso fue el 18 de octubre, día del cumpleaños de mi madre. Ella habló con mi papá y le dijo Dios no las dio y nos las está quitando. Mi papá le dijo que no era momento de llorar sino de orar, que yo estaba allí, que no iba a morir”.

María Verónica Colmenares

Entonces los médicos intentaron el último recurso, acudieron a su gemela. “Le dijeron que me hablara, que intentara provocarme una reacción. Vicky entró a la habitación y me cuenta que me dijo que le apretara la mano, que no la abandonara, que luchara. Salió diciendo que yo estaba ahí, que no me desconectaran”.

Luego de dos horas los mismos médicos que habían dado 24 horas de compás de espera para desconectarla cambiaron el rumbo. “Le dijeron a mis padres que era un milagro, que algo pasó y que había mostrado reacción”.

Luego de tres meses hospitalizada fue dada de alta, pero aunque abría los ojos no reaccionaba. Allí recibió otra visita. “Puedo asegurar que se me apareció la Virgen de la Inmaculada Concepción, patrona de El Tocuyo, me tocó la cabeza”.

La mente, su peor enemigo

Luego de los tres meses en la clínica comenzó otra lucha, una de tantas. Mucho más rudas que las batallas contra su hermana María Victoria sobre las pedanas. Esas eran difíciles porque ambas conocían demasiado sus fortalezas y debilidades. Pero las que tendría por delante serían duras porque jugaban con su mente.

“Creo que fue lo más complicado. Después de dos años recobré la conciencia pero no quería verme, pensaba que era un monstruo sin cabello y en silla de ruedas. No coordinaba el habla por lo que si quería que me pasaran un vaso de agua les decía que me pasaran una ventana. Tampoco podía levantarme”.

Para ese momento la vida de todos había cambiado de manera radical luego de esos dos años de inconciencia. Su padre ya no trabajaba, su madre estaba jubilada y su gemela tuvo que paralizar los estudios. Todo giraba en torno a la recuperación de la niña. Sus demás familiares se encargaron de los gastos.

Pero comenzó la recuperación. Para ello contó con alguien muy especial, Jesús Guacarán. El mismo fisioterapeuta que trabajó para el Deportivo Lara y la vinotinto que fue asesinado en Barquisimeto en un hecho que enlutó al fútbol venezolano.

Mimo, su primo, fue la primera palabra que pronunció luego de recobrar la conciencia dos años después / María Colmenares

“Él fue mi primer fisioterapeuta y gracias a él di mis primeros pasos. Iba a mi casa a hacer trabajos conmigo y era tan especial que al poco tiempo ya lo consideramos como uno más de la familia. Me puso muy triste cuando supe que lo habían matado”.

María Verónica tuvo que pelear hasta con Dios. Se alejó de él hasta que dice haberlo entendido. “La gente me decía que era un milagro pero no lo creía. Pensaba en que yo era hija de Dios, no era posible que estuviese en las condiciones en las que estaba, así que me desconecté de él. Cuando pasábamos por una iglesia todos de persignaban menos yo”.

Pero todo cambió. “Una Semana Santa mi abuela Bolivia me leyó un libro del padre Linero que se llama Señor Sáname, ahí recuperé la conexión con Dios. Una mañana en el desayuno le dije a mi familia que quería ir a misa y todos dejaron hasta de comer para salir corriendo antes de que me arrepintiera.

María Verónica junto a su padre (Juan), su hermana y su mamá (Irma)

El caso de María Verónica es curioso. Los médicos siempre fueron pesimistas por la gravedad, pero a pesar de ello se ha ido recuperando de a poco. Le dijeron que era probable que no volviera a caminar, ya da pasos. También decían que quizás no hablaría más y ahora lo hace.

“Los médicos decían que era normal que yo peleara con Dios porque era un duelo que estaba viviendo. Una muchacha esgrimista que ahora no pudiera ni amarrarse los zapatos es algo traumático; pero Dios me eligió como instrumento para llevar un mensaje de fe y esperanza. Así lo asumo y por eso quiero contar mi historia”.

Llegó la hora de dejar cosas atrás y comenzar una nueva vida

Su hermana María Victoria retomó sus estudios y se graduó en 2019 en Ingeniería en Computación. Su gemela tuvo la dicha de asistir al acto contra todo pronóstico.

“Ella dio el discurso porque se graduó cum laude. Dijo que su mejor regalo había sido que yo estuviese ahí. Siempre dice que ella se graduó en la Universidad Yacambú y yo lo hice en la universidad de la vida”.

En febrero de 2020, la familia tomó maletas y se marchó a vivir a Granada, España. Allí María Verónica tiene una atención acorde a su condición y se libró de tener que ser subida ocho pisos cuando se iba la luz en la zona donde vivía en Barquisimeto.

María Verónica pudo asistir a la graduación de su hermana ya recuperada

“Aquí estoy mejor atendida. Mi hermana tiene un campo laboral más amplio que allá, pero extraño mucho mi ciudad. A la familia que tuvo que quedarse allá, pero es un nuevo comienzo. España es muy especial para mí porque en Madrid hice mi última base de entrenamiento antes del accidente y ahora vivo en Granada”.

Ahora, con 27 años, disfruta más los pequeños detalles, esos que se habría perdido si todo salía mal, como normalmente salen en estos casos.

“Durante años no me bañaron, sino que me limpiaron en la cama y el día que volví a la regadera y sentí correr el agua por mi cuerpo fue extraordinario. Me sentí muy feliz también cuando por primera vez tomé agua sosteniendo el vaso yo sola y cuando pude amarrarme los zapatos”.

La esgrima ya es pasado para ella. No pudo cumplir su sueño de ir a unos Juegos Olímpicos, pero el poder contar su historia en franca recuperación es la medalla más preciada que tiene.

Su madre, en 25 años de trabajo en la medicina, jamás había conocido de un caso similar en el que la historia terminara con un final feliz.

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