El salto perfecto para Robert Páez fue aceptar su sexualidad

Desde los siete años, Robert Páez sintió atracción por el agua. Ya nadaba a diario, pero le gustaba más lanzarse en clavado. Su mente de niño ya tenía un gran desafío; comprender que anhelaba practicar saltos ornamentales y digerir el por qué miraba a otros varones.

Recuerda ser siempre extrovertido. “Yo decía que quería ser animador de televisión”, recordó. Su carácter siempre lo ha diferenciado del resto. Alegre, bromista, dedicado pero disperso. El cumanés representó a Venezuela en dos Juegos Olímpicos en clavados y, muy joven, decidió no vacilar y decirle a todo el mundo que era homosexual.

La sexualidad sigue siendo un tabú, a pesar de que cada día la sociedad se ha abierto más. Para Robert Páez ya no es un tema prohibido. Proclamar su independencia como persona lo llevó a aceptarse como es y a que los suyos lo hicieran.

Su historia, aunque parezca incongruente, no es tan particular. Hijo de un militar consumido por el trabajo y de una madre que se quedó en casa entregada a sus hijos. Compitió en los Juegos Olímpicos de Londres 2012 y Rio 2016; enfrentó sus inseguridades al borde del trampolín y en su vida personal hasta que ya no tuvo miedo. “El día que le dije a mi mamá que era homosexual me entendió a tal punto que se convirtió en mi mejor amiga”.

Robert Páez era el niño que hacía reír a todos

Robert Páez fue un niño hiperactivo, de esos que hasta pudiesen llamarse necios. Siempre tenía que estar en algo, por eso su mamá lo llevó a practicar natación. Pero desde pequeño ya sabía lo que era trazar estrategias.

“Estar en natación fue una especie de estrategia para llegar a mi meta que eran los saltos. Yo me la pasaba saltando y mi entrenador me regañaba. Un día decidió dejar de hacerlo y llevarme a los clavados. Me hicieron pruebas físicas y le dijeron que yo era un diamante en bruto que había que pulir”.

Así conoció la disciplina a la que le dedicaría 18 años de su vida. Esa que le haría viajar, conseguir triunfos, sufrir fracasos y hasta enfrentar un gobierno.

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“Los saltos ornamentales son pura adrenalina. Es un deporte súper activo, para perfeccionistas. Yo creo que 70% depende de lo psicológico y 30% lo físico. Por eso es que ha sido mi pasión”.

Robert recuerda haber sido un niño que se diferenciaba de los demás. Era el encargado de echar los chistes cuando se requería ser serio y estar concentrado, no podía evitarlo.

“Una vez, a los siete años, estaba junto al grupo con un psicólogo. Nos preguntó sobre cuándo nos contraíamos. Yo levanté la mano sin saber qué iba a preguntar; le dije: yo me contraigo solo los miércoles. En realidad, no sé qué quise decir pero todos se empezaron a reír. Mi entrenadora y el mismo psicólogo me regañaron porque él se refería a contraer los músculos”, contó entre risas.

Desde pequeño su madre tuvo que escuchar la sentencia de muchos a su alrededor. Unos decían que Robert no tenía futuro en los clavados, otros le aseguraban que sería homosexual. “Mis rodillas estaban un poco flexionadas y por eso pensaban que no iba a poder seguir entrenando, pero fíjate, callé muchas bocas”.

El miedo fue su sombra

A los 14 años tuvo que afrontar una vida de adulto. Tuvo que mudarse de Cumaná a Barquisimeto para concentrarse con la selección nacional. La constancia le fue dando frutos a pesar de que la inseguridad se paraba a su lado en el trampolín.

“Fui tres veces campeón panamericano y dos veces suramericano en juvenil. Fui campeón suramericano y centroamericano de mayores. Soy el primer venezolano en clasificar a unos Juegos Olímpicos de la Juventud y gané tres veces el campeonato nacional; todo a pesar de ser miedoso e inseguro”.

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En 2012 estando en un Grand Prix en Canadá se enteró que el cupo país para los Juegos Olímpicos de Londres era suyo. “Me sentí brutal, es de las mejores cosas que me ha dejado el deporte. Quizás ahora diría que debí cambiar mi mentalidad para meterme en una semifinal de esos juegos. Pude ganar una medalla en los Olímpicos de la Juventud, que se me escapó de las manos. Pero eso no tiene marcha atrás”.

Llegó la hora de aceptar lo que era obvio, su sexualidad

Quizás por ser un niño inseguro, a Robert Páez se le podía hacer igual de difícil enfrentar a la altura que a la sociedad. “A los siete años me sentía diferente. No podía explicarme por qué miraba a los niños. Creo que eso me hizo madurar y entender que esa era mi inclinación sexual”.

A pesar de lo que sentía, Robert inició una especie de lucha interna. Aunque no siente haber sufrido discriminación, sí tuvo que aprender a manejar ciertas situaciones y hasta intentar ser lo que la sociedad podía tomar como correcto.

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“Nunca sentía rechazo, aunque en el colegio sí se metían conmigo. Yo sabía que se burlarían de mí y a veces me tocaban, rozaban sus partes íntimas sobre mí; yo no hacía nada porque si lo hacía podía ser peor”.

Así, en un momento apareció una mujer en su vida. “Tuve una novia dos años, creo que era más por miedo a lo que dijeran mis padres y mis amigos. Ella hacía muchas cosas por mí, era muy dulce y eso me gustaba, su trato conmigo. Pero en un momento decidí que no era lo que yo quería».

Cuando Robert Páez hizo la llamada que lo cambió todo

“Un día llamé a mi mamá llorando y le dije que estaba enamorado. Ella me preguntó que si era de un chico o una chica y eso me tranquilizó un poco porque se lo tomó con calma. Le dejé muchas cosas claras y desde ese momento se convirtió en mi mejor amiga”.

Robert tuvo que trabajar la paciencia y la pedagogía. La noticia que debía darle al resto no prometía ser digerida fácilmente, menos por su padre militar. “Pero al final me dijo que me amaba y me apoyaba”.

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La calma era su gran aliada. De ella tuvo que echar mano cuando su hermana le dijo que lo apoyaba y que si quería le podía prestar tacones. “Tuve que explicarle a mi familia que ser homosexual no quiere decir que me vista con ropa de mujer. Yo no uso tacones y menos para salir a la calle. Eso tuve que dejárselo muy claro a todos”.

La lucha contra el gobierno precipitó su retiro… ¿Definitivo?

Ahora Robert Páez tiene tres años viviendo en Miami. Con 25 años decidió que su carrera había terminado alegando que el gobierno de Nicolás Maduro y el IND le quitaron apoyo por pensar distinto.

“El primer año aquí entrené, pero el IND me quitó el apoyo porque no soy del gobierno. Ellos me sacaron de las competencias internacionales y no me daban permiso para competir. Me ofrecieron dinero para que me callara y no lo acepté. En Venezuela hay niños muriendo en los hospitales, que usen ese dinero para ellos”.

Como inmigrante ha hecho de todo. Lavó baños, limpió casas y mesas, ahora espera en casa que la cuarentena pase. La tienda donde trabajaba como cajero cerró.

Mientras se imagina lo que sería su regreso a la selección nacional. “Mi entrenador asiático que está en Canadá y el de toda la vida, que está en Seattle, me han dicho que comience a entrenar. Sé que con Venezuela solo podré competir cuando este gobierno caiga, por eso la meta de París 2024 es la más lógica. De aquí a allá no deben estar”.

Robert Páez espera un cambio de gobierno en Venezuela para poder tener apoyo y buscar su clasificación a los Juegos Olímpicos de París 2024 / AFP

Por ahora Robert no tiene pareja, desde hace cinco años no la tiene. El mundo ya conoce su verdad, su familia lo aceptó tal y como es. “Mi proceso fue tranquilo, sin traumas. Llevo con valor y orgullo lo que otros llaman mariconería”.

Su madre lo amó a pesar de algunas críticas, siempre estuvo a su lado. Incluso, tuvo la dicha de verlo competir en los Juegos Olímpicos de Rio, meses antes de morir.

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