Luymar Hernández y la leyenda del espadachín milagroso

Cuando Luymar Hernández abrió los ojos después de un mes, vio un hermoso color azul claro. Así como el cielo que describen en las películas. A menudo veía imágenes de personas que eran como ángeles, vestían de blanco y no tenían rostro. Era como un sueño que le daba paz, uno tan grande como el sueño olímpico del que estaba a punto de despertar.

No estaba muerto, tampoco era el cielo lo que su precaria vista divisaba; era la habitación 212 de la Clínica Razetti de Barquisimeto. Allí había sido llevado y mantenido un mes en coma inducido luego de haber tenido uno de los accidentes más sorprendentes que la esgrima recuerda.

Los ángeles que creía ver era su madre, Lucía, además de su esposa para ese entonces, María José. En su vientre traía a María Fabiola, su primogénita, que con cinco meses se había convertido en la principal motivación para que día a día Luymar José le fuese ganando combate a combate a la muerte.

Hasta ese 23 de noviembre del 2007 Luymar Hernández, de 25 años, fue el tercer tirador del equipo venezolano de espada. El negro de Coro solo estaba por detrás de Silvio Fernández y Rubén Limardo en aquel team que era número uno de América y que tenía prácticamente amarrado el cupo a los Juegos Olímpicos de Beijing; una clasificación que lo único que le faltaba para concretarse era que transcurrieran los días.

Pero ocurrió lo impensado. Ese curioso día todo el entrenamiento transcurrió con normalidad, hasta que la hoja de la espada de su sparring traspasó su careta, se introdujo por la cavidad ocular y entró hasta 30 centímetros, dañando todo lo que se encontró a su paso. Ese oponente era José Pastor Escobar, su cuñado.

“Desde los 11 años cuando comencé a entrenar esgrima soñé ir a unos Juegos Olímpicos. Faltaba muy poco porque éramos los primeros en América. Para nosotros ya la meta no era clasificar sino ganar una medalla, creo que teníamos todo para ganarla porque ya habíamos obtenido medallas en todo el ciclo olímpico”, contó Luymar.

Pero ese sábado 23 de noviembre los planes cambiaron de manera radical. El equipo de espada tuvo que variar y continuar; Luymar comenzaría a luchar por lo que sería su medalla de oro, vivir unos años más.

Un equipo de peso que podía conquistar el Olimpo

En los tiempos anteriores a la gran crisis venezolana, el mundo tenía que pararse firme ante la esgrima tricolor. El talento se formaba tanto dentro como fuera del país, por lo que Venezuela era una potencia en la disciplina.

“Ese equipo dejó de soñar en clasificar a los Juegos Olímpicos porque nuestra meta era una medalla. Lo supimos desde aquel Grand Prix en Qatar donde fuimos sextos y peleamos el pase a semifinal. Éramos los primeros de América, por lo que ya ir a Beijing era prácticamente un hecho”, contó Luymar.

El equipo venezolano de espada fue campeón de los Juegos Suramericanos en Buenos Aire 2006 / COV

Silvio Fernández era el líder de ese equipo, ya con una experiencia dilatada en las pedanas del mundo. Rubén Limardo lo seguía, cuatro años después se colgaría el metal dorado en Londres. Luymar era la tercera espada y Wolfang Mejías el suplente.

“Yo era el número uno de espada en Venezuela porque Rubén y Silvio no participaban en los campeonatos nacionales y yo sí. En algún momento me plantee la posibilidad de irme a Europa con ellos para consolidar aún más al equipo”.

En el ranking individual, Luymar Hernández se ubicaba entre los puestos 80 y 90 del mundo. Sus compañeros estaban más arriba, estando en Europa tenían la posibilidad de viajar más y así participar en una mayor cantidad de eventos internaciones.

El día que ocurrió lo impensado

Ya Luymar estaba de regreso en Venezuela con las energías renovadas. En el vientre de su esposa venía María Fabiola; los planes daban para que primero para que fuese padre y luego atleta olímpico. Solo tenía que entrenar y seguir aumentando el nivel.

Ese sábado 23 de noviembre tenía doble turno, pero en la mañana se fue de Barquisimeto a San Felipe a llevar una donación de uniformes de esgrima. Por la tarde regresó y se fue hasta la Sala de Armas Jacinto Lara a recuperar el tiempo.

José Pastor, su cuñado, era seleccionado de Lara en espada. Formaba parte de una generación que se abría camino y que aprovechaba el nivel de Luymar Hernández para foguearse. Tomaron sus uniformes, sus espadas y se fueron hasta la pedana, era un buen día para hacer volumen de combates con un atleta que traía ritmo internacional.

Lo que pasó después es difícil de explicar, todo estaba en orden, nada tuvo que salir mal.

“José Pastor y yo estábamos en un combate. Él intentó hacer un toque en la careta y yo en el muslo; los dos íbamos en ofensiva, pero la hoja de su espada rompió la careta de visor y la penetró; así como entró salió. Ingresó 30 cm por el globo ocular dañando el tallo cerebral, el hipotálamo y parte del cerebro”.

Ahí se desató el terror en una Sala de Armas acostumbrada a los gritos pero de alegría. El horror tomó posesión de todos aquellos atletas, que boquiabiertos, presenciaban una escena dantesca adornada por el rojo de la sangre.

“Me cuentan José Pastor que luego de que se da cuenta que la hoja rompió la máscara me tira al suelo, me quita la careta y me saca la lengua porque me estaba ahogando en sangre. Eso no lo recuerdo”.

Luego de superar el accidente, Luymar regresó al Cristo Redentor en Brasil / Luymar Hernández

Entre gritos, llanto e incredulidad, algunos tuvieron el valor de actuar. Montaron a Luymar Hernández en un carro para llevarlo al hospital del Seguro Social cercano a la Sala de Armas.

“Tengo varias lagunas, recuerdos incompletos. Estando en el carro le pido a Moisés Requena (entrenador) que me diga qué tenía en la cara. Después vuelvo a tener conciencia y aparezco en una camilla y luego en una ambulancia. Me habían trasladado a la Clínica Razetti”.

El horror y la incertidumbre continuaron. “Volví en sí cuando llego a la clínica, ahí me pasaron un recipiente porque estaba vomitando sangre. Recuerdo que a mi lado estaba Carlos Rodríguez, otro esgrimista, que esperaba mientras buscaban al neurocirujano de guardia”.

El doctor apareció y puso manos a la obra. No había tiempo que perder, un segundo más, era un segundo menos de vida para Luymar, el gran atleta que luchaba contra un enemigo desconocido y poderoso.

“El doctor Luis Nelson López actuó rápido. Me mandó a hacer una tomografía y allí recuerdo cuando me metieron en el tomógrafo, me sentía como dentro de una tumba, que estaba muerto. A pesar de la gravedad escuché cuando el médico le dijo a la enfermera que me inyectara algo, me agarró la vena y desperté un mes después”.

Su accidente, por más sorprendente que suene, no fue inédito. En 1982 el campeón mundial de florete soviético, Vladimir Smirnov, tuvo un episodio similar. A pesar de usar una careta oficial y homologada por la FIE (Federación Internacional de Esgrima), al igual que Luymar, la misma se rompió en medio de un combate en el Mundial de Roma por lo que el florete penetró la boca y llegó al cerebro.

Su equipo ganó el combate ante Alemania mientras a Smirnov lo trasladaban a un hospital en Roma. Los entrenadores le ocultaron a sus compañeros la condición de Vladimir hasta que se alzaron con la medalla de oro. Nueve días después del accidente el tirador murió.

A Luymar Hernández le tocó nacer de nuevo

Al despertar del coma inducido vio un hermoso color azul cielo. A su lado había personas de trato dulce, sin rostro. “Pensaba que eran ángeles porque vestían de blanco, luego desaparecían; no me permitían sentir que estaba en la tierra”.

Luymar estaba acostado en aquella cama clínica de la habitación 212, esa misma que tiempo después de su recuperación seguiría visitando como aquel soldado que regresa al que fue su campo de batalla para tratar de recordar.

“No sentía miedo, más bien motivación y alegría, aunque no se pueda creer. Tenía a mi madre cerca, a mi familia y sabía que mi hija venía en camino. Tenía que vivir por ella, ya la medalla que quería no era la olímpica sino tener a mi niña en los brazos”.

Al despertar no tenía conciencia sobre la magnitud del accidente. No sabía que fecha era, tampoco reconocía a las personas, hablaba con dificultad; mucho menos caminaba y le impresionó el primer vistazo que le dio a su cuerpo.

El primer entrenamiento que tuvo luego del accidente, aunque al poco tiempo se retiraría de la disciplina / Luymar Hernández

“Yo tenía un performance atlético. Estaba entre los 85 y 90 kilos de masa muscular porque era lo mejor para ganar explosividad y velocidad. Al verme y pesarme estaba en 45 kilos, era más hueso que carne”.

El diagnóstico fue reservado. Había que corregir los daños en el cerebelo e hipotálamo. Le colocaron una válvula que drenó la hemorragia para evitar un accidente cerebrovascular.

“Me dijeron que había que extirpar el cerebelo para salvarme la vida, el doctor no lo hizo porque era una persona joven, atleta y si lo hacía quedaría en vida vegetal. Prefirió repararlo”.

Luego de dos meses del accidente, ya Luymar estaba caminando, cuando el pronóstico era para que lo hiciera en 10 años. Primero tuvo que aprender a gatear, a sostener los cubiertos para comer solo; después, con ayuda, logró también aprender a cargar a su hija.

Una vida lo más cercano a lo normal

13 años después Luymar Hernández vive una vida plena en Madrid. Emigró de su país hace un par de años buscando la tranquilidad que no conseguía y que había sido ordenada por los médicos. Siente que es un hombre más religioso y amante de los pequeños detalles de la vida.

“Desde que llegué a Barquisimeto me convertí en creyente de la Divina Pastora. Ella me acompañaba en cada competencia a la que iba. Pero creo que fui más devoto cuando vi a esas personas vestidas de blanco, sin rostro. Dios me acompañó en mi proceso de salvación”.

En la capital española aún sigue con sus rutinarios chequeos médicos. Su habla ha mejorado de manera extraordinaria hasta el punto de que asegura ser más comunicativo ahora. No ejerce el derecho, carrera en la que se graduó en Venezuela, pero sí forma a nuevas generaciones de esgrimistas.

“Trabajo en el Club Leganés, allí soy entrenador de las categorías juvenil, cadete e infantil. Estoy llevando a cabo un programa que se llama Esgrima Sin Fronteras con el que quiero fomentar la práctica de la disciplina. Me encantaría hacer en Venezuela lo que estoy haciendo ahora, pero no pierdo la esperanza de que algún día sea posible.

Su vida transcurre ahora en compañía de Moraima, su nueva esposa. Los hijos de ella también son los suyos. En Bruselas, a solo una hora y media en avión, está María Fabiola, por lo que se llevó a Europa lo que más atesora.

Sintió el abandono del equipo

Aquel sueño olímpico es un recordatorio de lo que pudo ser y no fue. La generación más importante de la espada venezolana siguió adelante sin él. Pero la cohesión de equipo, al menos así lo siente, no fue tal fuera de la pedana.

“Silvio y Rubén estaban fuera del país por ser parte del equipo nacional, pero más que acompañamiento de su parte lo que sentí fue ausencia. Silvio mostró algún acercamiento en algún momento y Rubén estuvo ausente, quizás Wolfang. Luego que yo me recupero y tomo labores dirigenciales afloraron las diferencias entre nosotros porque yo quería trabajar por las nuevas generaciones y ellos se querían mantener como una monarquía. Muchos atletas de espada son intocables”.   

Apenas salió de la clínica, Luymar Hernández aseguró que trabajaría fuerte para mantener ese tercer puesto en el equipo de espada e ir a los Juegos Olímpicos. Ese deseo no fue posible, sus compañeros, con los que luego tendría fuertes diferencias, asistieron a Beijing y Francisco Limardo terminó ocupando su lugar. Fueron sextos.

Luymar intentó concertar una indemnización de la empresa PBT Fencing, quien confeccionó la máscara, pero no fue posible; tanto la FIE como los húngaros se negaron. La Federación argumentó que esa máscara había sido limpiada con un químico, lo cual él niega.

Mirando hacia atrás, Luymar no logró ser indemnizado pero la vida le regaló más tiempo, una hija propia y otros de su nueva esposa. “Son como mis hijos. Tengo una familia bonita”.

Su historia es particular. Cada día sigue disfrutando lo que se hubiese perdido si aquel 23 de noviembre la espada entrababa un poco más. Su nombre es Luymar José, pero desde ese día también es conocido como el “espadachín milagroso”.

Luymar junto a Moraima, su esposa. Ahora viven una vida tranquila en Madrid / Luymar Hernández

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