Migración venezolana enriquece el nado de los vecinos

Cuando se piensa en nado sincronizado, la mente se dirige inmediatamente a los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. En la pista del estadio Lluís Companys, en plena inauguración, salió la delegación de Venezuela encabezada por una jovencita de nariz respingada y brazos largos. Elegante y extremadamente sonriente. Su nombre, María Elena Giusti.

Maracucha de nacimiento, María Elena puso al nado sincronizado en el tapete. Cuatro años antes, en Seúl, había terminado en el puesto 13, mientras que en la cita española fue novena. Ella abrió el camino para que muchas niñas vieran que sobre el agua, y debajo, también se pudiera bailar.

Casi 30 años después de aquellas magníficas presentaciones de María Elena Giusti, nuevamente el nado da pasos hacia el oscurantismo. ¿La razón? Una crisis sin precedentes en Latinoamérica que ha obligado a cientos de atletas y entrenadores a buscar otros caminos, lejos de la Venezuela donde nacieron y donde se formaron.

De izquierda a derecha Kimberlin Riveros. Jackeline Simoniu atleta olímpica, campeona Panamericana y Alejandra Armas deportista de mi club / Kimberlin Riveros

Y es así como desde hace un buen tiempo es común ver nombres conocidos pero con otras banderas. En todas las disciplinas y el nado no es una de las excepciones. Por eso un grupo de atletas emigraron a China para trabajar en circos y ahora son figuras del entretenimiento en Asia.

Sin ir muy lejos, recientemente se conoció el caso de Kimberlin Riveros, nadadora tachirense que tuvo que emigrar a Colombia. Estando en Cúcuta decidió formar su club y ahora entrena a niñas venezolanas y colombianas. También le pasa a la zuliana Ritalú Fuenmayor, que tomó camino hacia el sur y ahora también es encargado de impartir conocimientos en Chile.

Kimberlin Rivero enseña nado en Cúcuta

Cúcuta solo está a 50 kilómetros de San Cristóbal. El nombre de la ciudad colombiana era famoso en décadas anteriores porque los venezolanos iban allá a realizar compras baratas, ahora es al revés. Ahora Cúcuta es una ciudad que significa migración.

Esos 50 kilómetros los recorrieron Kimberlin Riveros y su esposo, Rubén Ojeda. Ella, licenciada en Enfermería de la ULA, él fisioterapeuta. Con la ventaja de tener nacionalidad colombiana, buscaron allí una mejor vida, cerca de Venezuela pero con otra realidad.

Kimberlin comenzó a entrenar gimnasia desde los 2 años, pero cuando tenía 10 era muy alta. “Los entrenadores le dijeron a mi mamá que me llevara al Metropolitano de San Cristóbal, que allá había un club de nado. En ese tiempo entrenaban Eglen, Nineth y Anabel Martínez, por lo que al verlas me gustó el deporte”.

En conjunto con su madre decidieron comenzar a entrenar bajo el mando de la estricta Johana Montenegro. “A los meses de comenzar participé en mi primer campeonato. Luego me gané un puesto en la selección de Táchira, por mis habilidades gimnásticas era la saltadora”.

El club Sincronorte es pionero en Cúcuta en el nado sincronizado / Estoy en la Frontera

Así se ganó una oportunidad de ser llamada a tres chequeos con la selección nacional a los 14 años. Con mucha ilusión acudió al llamado, pero al final una decisión le terminó produciendo amargura.

“Ibamos a un CCCAN y necesitaban experiencia. Entonces trajeron a unas morochas que vivían en Estados Unidos y sacaron a otra muchacha y a mí. Eso me afectó mucho porque había sacrificado hasta mi graduación de bachiller. Entonces me enfoqué solo en entrenar con mi estado y comencé a ser monitora del club de nado. Luego entré a la universidad y no pude seguir entrenando”.

Precisamente esa experiencia como monitora le serviría para más adelante. “Le enseñaba a las niñas chiquitas a nadar y viajaba por toda Venezuela compitiendo”, cuenta la muchacha que entrenó en el Club Latino, Tamá y también fue entrenadora en el Acuadance y Sincrodance.

Llegó la hora de fundar Sincronorte

Del lado de la frontera donde Kimberlin venía, los clubes de nado eran comunes, más no tanto en la capital del Norte de Santander. Por eso, la tachirense decidió fundar Sincronorte, a pesar de tener pocas niñas.

“Al principio no me prestaron mucha atención, pero me dieron la oportunidad de empezar con tres niñas. Asistía todos los días con mi esposo con mucha puntualidad para atenderlas”, le contó al portal mevoyacolombia.com.

Allí también contó que le tocaba caminar 32 cuadras de ida y otras de vuelta luego de los entrenamientos, recibiendo una paga de 10 mil pesos al día (2.89 dólares). “Con eso desayunábamos, almorzábamos y cenábamos”.

El desarrollo del club no ha sido sencillo pero ha ido creciendo. “Estuve en el nacional de Colombia con las niñas de Lara y vi que tiene un grupo bueno. Comenzó con niñas chiquitas y ya tiene más de 200. En varias categorías ha ganado medallas”, aseguró Nineth Martínez, entrenadora de la selección nacional de Venezuela.

Recientemente fueron invitadas a un evento mundial en Coral Spring, Miami, y sus niñas ganaron 14 medallas.

Ritalú Fuenmayor, ve con dolor el presente de su deporte desde Chile

Una historia diferente, pero el mismo motivo. Dificultades económicas en el hogar y en la piscina arrojaron a Ritalú Fuenmayor a tomar la decisión de hacer maletas y partir de Maracaibo hacia Chile. Sí, la tierra donde salió la pionera María Elena Giusti, ya no contaba con piletas en buen estado como para seguir apostando por el futuro.

Igual que Kimbelin, Ritalú se inició en la gimnasia artística a los tres años hasta los ocho. En nado se mantuvo 10 años y representó a Venezuela en un invitacional en Perú (4to lugar), Centroamericano en Barquisimeto (oro), Suramericano en Chile, invitacional en Argentina; además de un Centroamericano en Chile. Ganó tres medallas de oro en los Juegos Nacionales del 2013 y participó en campeonatos nacionales.

“A los 18 comencé a ser entrenadora hasta casi los 20 años. Allí dejé todo para terminar mi carrera de psicología hasta los 21 que lo retomé estando acá”. En Santiago entrena en el club Stadio Italiano, a donde llegó gracias a una recomendación de Patricia Camarán, otra inmigrante venezolana.

Ritalú Fuenmayor es entrenadora en Chile y fue seleccionada nacional de Venezuela / Ritalú Fuenmayor

Ritalú decidió emigrar a Chile donde estaba su familia, también por buscar la estabilidad económica que no tenía en Venezuela. “Me recibieron súper bien. Comencé haciendo suplencias largas en todas las categorías, luego me colocaron como encargada del equipo máster, el único en Chile para el momento”.

Al inicio hubo barreras que creía tendría en contra. Su nacionalidad, tener 21 años y entrenar a mamás de atletas. “Pero no, el grupo ha sido súper bueno. Sobrevivimos a la pandemia con clases online, competimos así mismo contra clubes internacionales. También hago escuelita de formación”.

Desde la distancia, Ritalú ve con dolor lo que fue su centro de entrenamiento en San Francisco. “Viví el deterioro de las piscinas, fue tan grave que nos obligó a abandonar el deporte. Ojalá algún día retomaran las actividades normales pero no sé en qué condiciones están las piscinas. Creo que mi club allá desapareció por completo. Eso me da mucha tristeza porque se perdieron grandes talentos”.

El mismo camino que Ritalú recorrió con 21 años lo siguió su entrenador y varias de sus excompañeras. “Intentamos mantener el club vivo pero sin piscina fue muy difícil mantenerlo activo. Es tan lindo el deporte y la unión que se logra en los equipos que puedo decir que luché para que no desapareciera el Club Albatross, pero fue imposible”.

Lo que Ritalú aprendió en Venezuela, el dinero y el tiempo que se invirtió en su preparación, así como en Kimberlin no perduró en el tiempo para el país. La crisis humanitaria las obligó a buscar otros horizontes. Ahora atletas, con otros acentos, escuchan atentamente sus indicaciones. Son talentos que Venezuela les regaló a otros países. ¿Pero a qué costo?

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