Ramiro Cattani: inclusión y alegría en el running

Ramiro Cattani marca sus pulsaciones con cada zancada y su alegría contagia a quienes recorren las calles de Buenos Aires. “¡Vamos, vamos!”, grita en medio de la multitud. Todos lo saludan y sonríen. En cada kilómetro recibe un abrazo y él lo devuelve con amor. Con su extraordinario cromosoma, le ha enseñado al mundo del running argentino la palabra inclusión.

Luego de una intensa búsqueda de Enrique Cattani y María Zarza, el 28 de noviembre de 1998 nació Ramiro Alberto. Unos meses antes, el médico les había advertido la compatibilidad con el Síndrome de Down. “Yo le dije al médico que estaba esperando a un hijo y lo único que podía hacer era recibirlo para ser felices los tres”, recordó Enrique con un tono bajo y los ojos cristalinos. Aquel día le dio un abrazo a su esposa y le aseguró que tendrían un ángel en casa.

Kike, como le dicen sus amigos, estaba seguro de la decisión y al ver a su hijo solo sintió felicidad. Era el primero, el único. Por su parte, María vivía momentos de confusión. Ramiro tuvo que pasar 17 días en terapia, un tiempo en el que su madre se debatió entre deprimirse o seguir. “Ante lo desconocido uno no sabe qué hacer. Esos días me sirvieron para pensar. Yo hoy no concibo la vida sin Ramiro”, confesaba Zarza entre un suspiro de emoción.

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Aunque los primeros días hubo confusión, la pareja cree que Dios sabía a qué hogar estaba mandando al nuevo ángel. Para ellos, Ramiro es una bendición que les enseña todos los días. “Ha sido un aprendizaje compartido; nosotros lo educamos y él nos ha enseñado a vivir. No hay día que no nos motive. Hace que todo cambie”, contó el hombre de 64 años que al hablar de su hijo sonríe y derrama lágrimas de orgullo.

El recibir a un niño con un cromosoma extraordinario significó un reto, la aventura que lleva 21 años. Enrique estaba preparado. En su familia no había un caso parecido. Sin embargo, le tocó vivir la enfermedad de su hermano Alberto, quien murió a los 33 años de poliomielitis. “Todo eso me preparó para lo que viniera. Veía todo con otra mirada”, dijo Kike mientras recordaba a su hermano menor. Sin conocerse, Ramiro lleva su nombre y hasta hace gestos que lo hacen parecerse a su tío.

Correr por la inclusión 

Ramiro Cattani siempre se ha impuesto ante los obstáculos. Su distinción ante el mundo va más allá de un cromosoma. Es diferente por su manera de ser, de ver el mundo y enseñarle a otros. Poco habla, lo hace con pausas y un tono elevado porque es hipoacúsico. Su amor por el running comenzó al ver a su papá entrenar en la pista del Parque Chacabuco. Al caminar se caía constantemente por su desviación en los pies, pero se levantaba y volvía a intentarlo.

Cuando apenas tenía 6 años y medios participó en la carrera del Hospital Italiano por los niños curados de cáncer. Su padre Enrique Cattani se había inscrito para correr 10 kilómetros, pero Rami no se le despegó en ningún momento. El llanto desgarrador hizo que le dieran un número y así pudo correr sus primeros 2 kilómetros como equipo. “La llegada fue una alegría bárbara porque todos lo aplaudían. No creo que exista algo más lindo que disfrutar una pasión con tu hijo”, aseveró el mayor de los Cattani.

Desde aquel momento no han parado de correr. Enrique cambió su rol, ahora también es el fotógrafo de su hijo y va con la cámara para capturar los momentos. En cada carrera recuerdan la inclusión; siempre de la mano con otros deportistas de discapacidad y personas que luchan por la igualdad. Son sus amigos del asfalto y la montaña, una familia que cosecharon en el running. “A mí me hace muy feliz correr y ver a mis amigos”, contestó Rami sobre qué siente al despegar sus zapatos del suelo.

Ramiro ya ha corrido carreras de montaña, media maratón y ha hecho asistencia a otros corredores en maratones. El running es la profesión del carismático chico que se ha convertido en un motivador. Él va a la par de quien lo necesita y se encarga de darle fuerza. Tal es el caso de Marcela Geinetti, una corredora que sufre de lupus y a la que ha acompañado en múltiples competiciones. Cuando el dolor la tumba, Rami la levanta con su ánimo.

Y si de inclusión se trata, Ramiro Cattani también ha sido los ojos del primer triatleta no vidente argentino Martín Kremenchuzky; y las piernas de los chicos con parálisis que van en sillas de ruedas. Además, fue el envión anímico del atleta uruguayo, Martín Cuesta, cuando sus cuádriceps se le paralizaron en el maratón de Buenos Aires 2014. Ahí estuvo Rami para darle energía y ayudarlo a cruzar la meta.

Abrazos de alegría 

El dueño de los abrazos sinceros y sanadores, como le dicen en el running argentino, se gana a todos con su alegría. Su pureza se ve en los ojos y en cada gesto. Muchos saben su nombre sin conocerlo, muchos lo quieren sin ser amigos. “Todo el mundo lo hace resaltar. A veces lo saludan y no sé quién es. Él irradia alegría porque tiene una luz especial”, resaltó su madre mientras pasaban la cuarentena obligatoria del Coronavirus en casa.

Sin embargo, su alegría no es eterna, a veces se enoja. Como todas las personas. Es un amante del fútbol, especialmente del Boca Juniors y cuando pierde se molesta. Su mamá le enseñó el amor por ese club y también le inculcó que no siempre se gana.  El 7 de marzo de este año festejó por un nuevo título. “Yo lo hice socio del equipo y a veces vamos a la cancha. Somos futboleros los dos”, relató la madre.

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La agenda de Ramiro está llena de compromisos: running, fútbol, colegio, fotografía y teatro. Es un diamante en bruto que día tras día demuestra de lo que es capaz. “Mi hijo no es especial, mi hijo es extraordinario”, recalcó Enrique, quien sabe el valor de ese joven que brilla con luz propia y al llegar a casa le pregunta: “¿Papi, estás feliz?”

La felicidad con Rami está más que garantizada. No importa si llueve o hace sol, él tiene ese don de reír para alegrar el momento. A sus 21 años no se coloca techo y cada día en su casa hacen espacio para todos los reconocimientos que recibe. Sus padres más que sus progenitores, son su equipo y están listos para seguir dando zancadas que ayuden a fomentar la inclusión.“Todos somos diferentes y únicos”, Ramiro Cattani.

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